Mucho se habla del daño que están haciendo a la información las redes sociales, con esa constante avalancha de titulares donde resulta difícil distinguir la falacia y la mendacidad de los intentos objetivos de acercarnos realidades. Pero (creo que ya lo he apuntado alguna vez) el culpable del bulo no es tanto el que lo difunde como el que se lo cree, pues en estos tiempos cualquiera está a un clic de verificar una información.

O sea, que no comparto la idea de la perversidad intrínseca de las redes. Si uno no echa mano de las redes y centra su atención solo en los periódicos tradicionales y en nuestras televisiones y radios, no se enteraría jamás de los constantes abusos policiales que suceden en España, de los desahucios cotidianos de ancianos y dependientes que permite nuestro gobierno progresista, o de los crímenes de Estado que esta cometiendo hoy el gobierno neoliberal colombiano contra el pueblo. Aterradoras son las imágenes de una patrulla policial abatiendo a tiros a un particular que caminaba tranquilamente por la rúa y después huyendo hacia la noche. Colombia no es Venezuela. Los líderes colombianos son “nuestros hijos de puta”.

En El Mundo de hoy, por ejemplo, se dedica una página al regreso de José Luis Rodríguez Zapatero a Caracas: “El antiguo líder del PSOE suele acudir a los llamados de Nicolás Maduro en los momentos más peliagudos, ya sea para apoyar las elecciones del fraude el año pasado como para dar su visto bueno a las negociaciones con la falsa oposición”, relata empavorecido el cronista del periódico de la bola.

De lo otro, de lo de la masacre a los ciudadanos por parte del gobierno de Iván Duque, ni una línea. “Guerra de estatuas en Colombia”, titula una breve pieza para contarnos que los misak han ido a derribar una estatua del adelantado Gonzalo Jiménez de Quesada, conquistador granadino del XVI muy amigo de masacrar indígenas en busca de oro, y famoso por quemar el Templo del Sol y por perder la chaveta en busca de El Dorado. “Los indígenas se unieron así al paro nacional que continúa en Colombia”, relata la corresponsal sin hacer la mínima alusión a los muertos indiscriminados que está dejando en las calles la policía de Duque. O sea, que en Colombia lo que hay es una simple huelguecita. Ya os dije que no es Venezuela. Que son “nuestros hijos de puta”.

A Venezuela se la tilda con alegría en nuestros medios como narcoestado, mientras Colombia, qué risa, no merece tal calificativo. A pesar de que el ex presidente Álvaro Uribe sí fue investigado por las autoridades estadounidenses por financiar sus campañas con dinero de los cárteles de los Ochoa (sus primos) y del mítico Pablo Escobar. Uribe, en aquellos tiempos, se hizo muy amiguito de personajes como Felipe González y José María Aznar, lo que explica muchas cosas de este silencio sobre lo que sucede hoy allí. Uribe es el gran valedor de Duque. Pero el narcoestado es Venezuela. Los bolivarianos, es evidente, no son “nuestros hijos de puta”. Leña al mono hasta que aprenda el catecismo, que se decía antes.

Sin duda es más temible la desinformación sistemática que propalan los viejos medios tradicionales, respetables por antonomasia para el lector clásico y clasista, que las chorradas que nos inundan desde facebookinstagram o twitter. Sin embargo, poca gente pone el acento en actuar sobre ellos, de denunciar su inexistente deontología. Son los dinosaurios que cuando despertamos todavía estaban allí. Y uno, que ya tiene cierta edad, sabe lo difícil que es enfrentarse a un dinosaurio. Yo espero sentado. Las redes sociales, mucho más efectivas a la hora de difundir esos mismos bulos, están siendo ya su glaciación.

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