Hacen falta millones de valientes

“Yo nací -dice César Vallejo en ‘Los heraldos negros’- un día que dios estuvo enfermo”. Eso pensaba yo de mí mismo, de mi generación, de quienes llegamos a esa Ciudad Universitaria sombría y triste dos años después de la masacre de Tlatelolco.

Éramos hijos -los que hoy estamos cerca de los 70 años- del silencio y la derrota. Cuando tuvimos la osadía de volver a las calles, aquel jueves de Corpus de 1971, a balazos nos recibieron.

Mas de cuatro décadas tuvimos que esperar para, en El Zócalo, celebrar una victoria contundente; para quitarnos de encima la pesada lápida de ese régimen corrupto bajo el cual crecimos y que hoy pretende volver por sus fueros.

¿Cómo y por qué logró mantenerse en el poder ese atajo de ladrones durante tanto tiempo?

¿Por qué no logramos derrotarlos antes, pese al sacrificio de tantas y tantos mexicanos que fueron masacrados, desaparecidos, perseguidos, encarcelados?

¿Por qué se vinieron abajo dictaduras en toda América Latina mientras el PRI y el PAN continuaron, impunemente, la masacre y el saqueo de esta nación?

¿Qué les permitió sobrevivir y -peor aún- reagruparse y creer que pueden, de nuevo, someter al país?

La cauda de destrucción y sufrimiento que dejó tras de sí la Revolución de 1910 hizo a muchas y muchos temer los cambios radicales. De ese miedo ancestral se aprovechó -y se aprovecha- el viejo régimen.

Después de una historia de levantamientos, asonadas, cuartelazos, insurrecciones, México vivió en paz (hasta los tiempos de Felipe Calderón). Una paz similar a la de los sepulcros, de Porfirio Díaz.

Pese a que la desigualdad social, la corrupción, la impunidad, la falta de democracia, de derechos y libertades cívicas cobraron con el paso de los años una dimensión apocalíptica; pese a que todos estos males llevaron al país a un estado de completa degradación, el régimen autoritario encontró la manera de simular estabilidad y democracia.

Cómplices en esta mentira, que sirvió de coartada para la represión, fueron -salvo honrosas y contadas excepciones- los medios de comunicación masiva.

Cómplices, socios y patrocinadores de los que sometieron al país fueron y son el puñado de oligarcas que aún se creen los dueños de México.

Con plata amansó, el priismo primero y el régimen neoliberal bipartidista después, a quienes dentro del sistema se inconformaban.

Con plata del erario compraron voces y voluntades. Seducidos por el poder fueron cayendo a su servicio intelectuales y periodistas.

Con plomo -y en sangre- ahogaron a los intentos revolucionarios y también (aplicando la represión abierta o selectiva) a los movimientos sociales.

Con fraudes, persecución y un feroz y continuo linchamiento mediático contuvieron a los opositores que, por la vía pacífica y electoral, buscaban el cambio.

En 1994 la insurrección zapatista fue el puntillazo para el sistema que, en lugar de venirse abajo, dio el más perverso de sus giros: para prevalecer el PRI decidió compartir el botín y el poder con el PAN.

Ya se habían robado juntos la Presidencia en 1988. Lo hicieron de nuevo en el 2006 y la compraron el 2012. Hasta ahí llegaron.

Para cambiar un país con las armas en la mano se requiere un puñado de valientes; para hacerlo pacífica y democráticamente se necesitan millones de valientes.

El proceso de acumulación de fuerzas fue cruento, doloroso y largo. No es el hartazgo sino la conciencia y la esperanza las que han de movernos a millones de personas -como en el 2018- a ratificar con nuestro voto, este 6 de junio, la voluntad de liberarnos, definitivamente, de uno de los regímenes más longevos, represivos y perversos de la historia moderna.

https://www.milenio.com/opinion/epigmenio-ibarra/itinerarios

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