El botellón es la religión del pueblo
Varias personas se amontonan en la Puerta del Sol de Madrid en la noche de este sábado. SUSANA VERA / REUTERS

 

A Karl Marx le hemos citado mal tantas veces que al final hemos acabado por ficharlo como el suplente de los hermanos Marx, lo cual no está nada mal para los hermanos Marx, no digamos para Karl Marx. Por ejemplo, la frase célebre que abre el Manifiesto Comunista, la del fantasma que recorre Europa, venía a pelo para el coronavirus, pero después de una pandemia mundial, de los aplausos en los balcones, de las manifestaciones negacionistas y de las entrevistas a Miguel Bosé, es muy posible que el fantasma haya cambiado de bando. A la pandemia había que combatirla mediante el confinamiento, la mascarilla y la distancia social, pero después de un año todas esas estrategias han quedado obsoletas y hemos decidido cambiarlas por la aglomeración, la francachela, el abrazo de borracho y el beber a morro. Es el mismo principio médico según el cual lo mejor para combatir el resfriado es un buen lingotazo de whisky. Antes salíamos a la calle como tragedia y ahora salimos como farsa.

El fantasma de Marx y Engels también ha sufrido estas inquietantes metamorfosis: primero vino vestido de sindicalista, después de cayetano y por último de borracho. Resulta un tanto extraño contemplar estas multitudes de jóvenes desafiando a la autoridad, saltándose las normas básicas sanitarias, uniéndose en una muchedumbre alcohólica que clama libertad y que esa libertad sea exclusivamente la de ponerse ciego a copas. Uno hubiera esperado que, además de la libertad, la juventud tomara las calles en nombre de la igualdad y la fraternidad, de las reivindicaciones sociales, de un trabajo y una vivienda dignas, no sólo por el derecho a una cogorza al aire libre. Sin embargo, con unas cifras de paro juvenil espeluznantes y unas perspectivas de futuro terroríficas, tal vez emborracharse sea la única opción sensata. Y con una libertad limitada a beber, a cantar y a hacer el tonto en la vía pública, también es lógico que Ayuso haya barrido en las elecciones.

Lo más extraño de todo es que estas multitudes de beodos no la hayan nombrado santa en vida, la hayan montado bajo palio y hayan desfilado con ella en procesión por toda España. Entre los diluvios torrenciales, las canículas mesetarias y las señoras que hacen milagros al frente del gobierno de la Comunidad, Madrid siempre está muy cerca de ambientar una novela de García Márquez o una película de Berlanga. Un poco más allá se encuentra Cuenca, donde el Jueves Santo tiene lugar la llamada Procesión de los Borrachos, uno de esos cruces folklóricos donde se vislumbra que la devoción está a un paso del alcoholismo y a dos del delirium tremens.

En cuanto veo juntas Madrid, la devoción, las muchedumbres y el alcoholismo, me acuerdo de inmediato de Mongo, un mítico personaje de La Elipa que se pasaba las tardes en el bar de los salesianos entre cerveza y cerveza. Mongo nos contaba que en su pueblo había una ermita a la que unos penitentes llegaban arrastrándose, con las rodillas sangrando, mientras otros llegaban haciendo eses, borrachos perdidos. “Ponerse pedo es la devoción más bonita que hay” decía Mongo. Ya Marx había avisado que la religión es el opio del pueblo, aunque hoy a lo mejor podríamos darle la vuelta a la frase y decir que la verdadera religión del pueblo es el opio, o sea, el botellón. Con tanto botellón y tanta libertad, con esos borrachuzos que cantan en plan orfeón donostiarra que el resultado les da igual y que la calle es toda suya, a ver si lo que va ser suya al final es la UCI. Gilipollas del mundo, desuníos y que corra el aire. No vayamos a rizarle el rizo de la barba a Marx y la farsa de ahora se repita mañana como tragedia.

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