Nuestras sociedades han perdido en buena medida el sentido del agradecimiento, lo que no significa que sus miembros se hayan convertido en unos desagradecidos, pues en verdad quien no se siente inclinado a otorgar favores tampoco espera demasiadas recompensas.

Pero esto, que nosotros hemos olvidado, es lo que tenían bien presente nuestros bisabuelos, y por eso no concebían que nadie se considerase completo en su merecimiento, cuando todo el mundo tenía que agradecer a Dios y a los hombres lo que se había recibido y no enteramente merecido. Este mutuo reconocimiento entre seres incompletos que se completaban los unos a los otros ante la mirada de Dios, tejía profundos lazos entre ellos, sancionados y expresados a través de una serie de dones y de hospitalidades que unos y otros se intercambiaban sin cesar.

Esta profunda conciencia de la insuficiencia con la que cada ser humano llegaba al mundo, fue interpretada por la tradición cristiana occidental como la huella de un pecado original que sólo Dios y los hombres podían curar. Todos quedaban, pues, obligados por lo que les había sido otorgado, sintiéndose así obligados a otorgar; extendiéndose esa obligación en el tiempo, toda vez que se agradecía lo que uno había recibido, y que a buen seguro no se había merecido del todo, al tiempo que se proyectaba esa gracia sobre los descendientes.

Hasta se podría decir que la misma conciencia sociológica sólo pudo emerger cuando toda esta realidad comenzó a ser cuestionada. Cuando se quiso mostrar que toda herencia anterior no era sino el fruto de la impostura y del velo de la ignorancia, y que la sociedad no era sino el producto de un único mérito, el del propio ser humano. Esta sospecha con la que nació la sociología, y de la que jamás se desprendió, era imposible que se despertase en el mundo anterior, porque, irónicamente, daba por sentado lo que esta disciplina se empeñó en demostrar, a saber, la condición profundamente social del ser humano; lo mucho que unos y otros se deben agradecer.

A diferencia de nuestros ancestros, a nosotros se nos ha inculcado, pues, la conciencia del propio mérito, haber nacido con la potencialidad de ser enteramente completos, y los únicos llamados a desarrollar esa potencialidad innata. Una llamada que tuvo, como se sabe, un primer sentido religioso (protestante calvinista), que llevó a quienes se creían los verdaderos destinatarios de la Gracia que Dios les había otorgado, a creerse también sus verdaderos merecedores, proyectando ese merecimiento sobre su labor cotidiana.

Ese orgullo por el propio mérito se ha manifestado posteriormente de varias formas; frente a quienes quieren invocar una determinada herencia; ante los demás sujetos que reclaman soberanamente el mismo mérito; y, asimismo, a través de la comunidad de individuos libres y autosuficientes, que no quieren reconocerse en ningún principio que no sea el que ellos soberanamente, y por su propio mérito, se han impuesto.

Ahora bien, este enérgico afán por exhibir el propio mérito frente a todos aquellos que quieran relativizarlo bajo distintas invocaciones; esta profunda conciencia, que casi nos posee, de creernos seres completos destinados a completarnos, nos lleva, no pocas veces, a la sensación contraria, a nunca creernos del todo completos.

No obstante, no sintiéndonos ya desagradecidos ni teniendo nada que agradecer, nos entregamos a los únicos que pensamos que pueden curarnos de nuestros propios males, sin que les quedemos nada a deber. Pagamos así, una y otra vez, a nuestros terapeutas para que nos digan lo único que estamos dispuestos a creer, que somos también dignos de mérito, y que esta dignidad sólo a uno mismo cabe agradecer. Quizás por esta razón nos rodeamos cada vez más de perros; ellos jamás nos reclamarán, en efecto, ninguna deuda, ni cuestionarán nuestro propio mérito; son en verdad los únicos que nos entienden.

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