Cuando lloran los hombres

Cuando lloran los hombres

Moisés Butze “Los guerreros legendarios del pasado heroico solían llorar a moco tendido…” escribió recientemente Irene Vallejo en un artículo que se publicó en este diario. “Llorar y llorar, llorar y llorar…”, pero si los hombres no lloran, aunque su anatomía los provee de lágrimas, la cultura los reprime dictando normas y conductas que descalifican el llanto masculino.

Si podemos leer en distintos pasajes literarios o etapas de la historia el llanto derramado por Aquiles, Odiseo, Orfeo, Heracles, el caballero Tristán o el Cid campeador… por el lamento de sus penas y pérdidas, ¿por qué la sociedad les niega ese derecho a los héroes contemporáneos?

La figura del macho se fue perfilando de tal manera que se impusieron como características masculinas algunas inhibiciones que, a juicio de la cultura, aparecían como debilidades. Sin embargo, la valentía no se quiebra por los sollozos o el lloriqueo. Destaco que en las canciones de corte bravío, el charro tenía que ser representado con los atributos del superhombre que prefiere morir que gimotear.

De alguna manera, en este círculo tan hermético, brotaron voces que se atrevieron a romper con el esquema establecido dando cabida al lamento en sus canciones.

“Estoy a punto de llorar por tanto recordar las horas que vivimos…”. A veces, las lágrimas quedan escondidas en el discurso, pero el lector/escucha las puede observar: “Por eso fue que me viste tan tranquilo caminar serenamente bajo un cielo más que azul; después, ya ves, me aguanté hasta donde pude y acabé llorando a mares donde no me vieras tú…”. Los demás pueden enterarse, pero tú, la mujer amada que me abandona, no.

Dos canciones de José Alfredo que quedan enlazadas por el llanto y por la fuerza que el nombre imprime a la persona: “La noche de mi mal” y “Por mi orgullo”. La primera comienza cantando: “No quiero ni volver a oír tu nombre, no quiero ni saber a dónde vas…”. La segunda es un proferimiento que expresa: “Destrozado por la ausencia repitiendo voy tu nombre, llorando triste, llorando, yo que siempre fui tan hombre…”.

Chevalier, el gran estudioso de los símbolos, señala que “(…) nombrar una cosa o un ser equivale a cobrar poder sobre él”. La aniquilación surge cuando alguien no quiere ni siquiera recordar tu nombre. Y es que recordar es enlazar los corazones, se recuerda con el corazón, por eso en oriente no pueden estar separados mente y corazón.

Proferir, en cambio, es como escuchar un mantra, un eco que no permite salir de ahí, es recordar instante a instante. En el primer ejemplo, el protagonista se esconde, no permite que ella perciba y vea su llanto, se aguanta “como los machos”. En “Por mi orgullo”, cierra con una estrofa que afirma: “Pa’ que sepa que la quiero y que estoy aquí llorando, que mi alma triste y rebelde todavía la está esperando…”. Pareciera que nuestro autor canta para no llorar, o llora cantando, y se atreve a mostrarlo en el recinto sagrado de los bohemios, delante de su cofradía, frente a sus músicos, después de que “Ella” le ha lanzado un: “Ya no te quiero”, cuando afirma: “Quise hallar el olvido al estilo Jalisco, pero aquellos mariachis y aquel tequila me hicieron llorar”. El trovador se arriesga a desafiar el mundo de la secrecía masculina al cantar: “Me cansé de rogarle, con el llanto en los ojos alcé mi copa y brindé por ella…”. 

La canción que encabeza el artículo, “Cuando lloran los hombres”, dio título también a un LP de los años 60. El ruego se asemeja mucho al de “Ella”, sin embargo, penetra en los misterios del alma: “No te me vayas, ¿qué no tienes corazón?, te estoy queriendo con toda el alma y tú no entiendes mi amor”. De alguna manera, encuentro que en este tema hay un presentimiento más que una certeza, pues algunas de las primeras estrofas comienzan con una interrogante: “Quién iba a decirme que noche con noche te me iba olvidando, mientras que mi pecho, segundo a segundo, te estaba adorando…”.

Los hombres lloran por amor, no pueden cancelar el llanto, los poetas también, aunque, a veces, prefieren cantar para expresar doblemente su dolor: “Yo no sé qué pase después que te vayas, que agarres tus cosas y al fin me abandones; yo no sé qué pase, pero hay un momento que lloran los hombres”. 

https://www.milenio.com/opinion/paloma-jimenez-galvez/columna-paloma-jimenez-galvez

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