La candidata de Vox a la Presidencia de la Comunidad de Madrid, Rocío Monasterio, en una intervención en el acto electoral del partido en Fuenlabrada (Madrid). - Ricardo Rubio / EUROPA PRESS
La candidata de Vox a la Presidencia de la Comunidad de Madrid, Rocío Monasterio, en una intervención en el acto electoral del partido en Fuenlabrada (Madrid). – Ricardo Rubio / EUROPA PRESS

 

“Sin seguridad no hay libertad”. Es el leitmotiv de la campaña electoral de Vox en la Comunidad de Madrid, y detrás de él podría estar uno de los saltos definitivos en la homologación de Vox al resto de partidos radical-populistas de Europa. La frase la ha utilizado Santiago Abascal, Ortega Smith y Buxadé en diferentes mítines de las últimas semanas, pero el más claro ejemplo ha sido Rocío Monasterio en su minuto de oro del debate de Telemadrid: “ellos protegidos y ustedes abandonados”.

Por primera vez, el conflicto catalán, paradigma discursivo de Vox en los últimos años, y ola que les sirvió para crecer elección tras elección, ha desaparecido prácticamente de sus mensajes de campaña. En su lugar, la mayoría de eslóganes y proclamas han sido reemplazadas por la seguridad y la inmigración. El broche ha sido el cartel que pusieron en la estación de Sol donde, a través de datos falsos, generaban una comparación entre lo que recibe un Menor Extranjero No Acompañado (MENA) y la pensión de muchos mayores en nuestro país. Una performance que busca integrar un problema en un marco de seguridad; vincular la inmigración no solo como un problema cultural, sino también como uno que afecta a nuestra seguridad.

La polémica puede tener algo de novedoso en nuestro país, pero de ninguna forma lo es en el resto de países europeos. En Francia, el padre de Marine Le Pen, Jean-Marie Le Pen, ya aludía a “la libertad de las seguridades“. También en Alemania, donde Alternativa para Alemania utilizó, para las elecciones federales del 2017, el lema “más seguridad para nuestras esposas e hijas”. Pero el mayor maestro en esta dicotomía inmigración-seguridad es probablemente Matteo Salvini, que lleva más de un lustro pidiendo ciudades más seguras para los italianos, y cuya medida estrella fue precisamente un “Decreto Seguridad“. ¿Qué ha cambiado para que Vox otorgue tanto protagonismo a estos temas?

Sería coherente pensar que un evento electoral tan poco favorecedor para Vox como la Comunidad de Madrid es la excusa perfecta para experimentar con nuevas fórmulas. A diferencia de regiones como Catalunya, Murcia o el territorio nacional, el partido de Abascal se tiene que enfrentar el próximo cuatro de mayo a una adversaria muy fuerte, Isabel Díaz Ayuso, que domina la mayor parte de temas en la derecha. De hecho, y según la última encuesta flash del CIS, los votantes de Vox valoran más positivamente a la candidata del PP (8,7) que a la suya propia (8,1). Por lo tanto, una candidatura adversaria muy fuerte y unas estimaciones de voto que, en el mejor de los casos apuntan a la conservación de escaños, podrían representar una oportunidad para que Vox se asemeje más a sus compañeros radicales europeos.

Aunque la conozcamos en los medios como ultraderecha, los partidos radical-populistas aluden a un tipo muy concreto de partidos que, desde comienzo del siglo actual, y con una fórmula ganadora que combinaba seguridad con demandas económicas cada vez más proteccionistas, han ido creciendo en buena parte de los países europeos hasta situarse en una media del 15% nacional. Aunque cada uno presente particularismos, sus características fundamentales son el nativismo, el autoritarismo y el populismo.

Vox ha crecido al calor de un realineamiento de la derecha española y gracias a un fuerte clima de hartazgo político; una suerte de movimiento pendular que siguió al que representó Podemos (pero que nada tiene que ver). Y siempre con dos características fundacionales: reclamo centralista y discurso populista, al que últimamente, y de forma cada vez más intensa, está vinculando al nativismo (esto es, la creencia que sostiene que los estados deberían ser poblados, exclusivamente, por miembros del grupo nacional, y no por miembros no-nacionales). El nacionalismo centralista puede empezar a virar hacia un nacionalismo xenófobo ya presente en muchas opciones políticas de Europa.

A ese populismo nativista se une ahora la cuestión securitaria: “Protege Madrid. Vota seguro”, es el lema de su campaña. Muy distinto a los que ha empleado anteriormente (“España Siempre”, “Por España”, “Recuperemos España”). Mientras que la cuestión nacionalista e independentista catalana podía interpelar a importantes segmentos de la población, sobre todo en momentos cálidos políticamente como 2017 y 2018, su capacidad de ir más allá del bloque de la derecha siempre ha sido limitada. En España la cuestión territorial está fuertemente vinculada a la ideológica. El asunto migratorio y de seguridad, por el contrario, pueden ser transversales e interpelar a numerosos y diversos estratos de la población.

Matteo Salvini, uno de los hombres más fuertes de Italia y de la Europa radical de los últimos años, utilizó precisamente la cuestión migratoria y de seguridad para el proceso de nacionalización de su partido, la Liga (antiguamente Norte), llevándola del 4% en la que se la encontró al 23% actual. El líder italiano en 2014, meses después de comenzar a implementar su nueva estrategia, repetía en mítines y medios que los inmigrantes clandestinos en Italia se llevaban 30€ al día de las arcas públicas. “1000€ al mes que muchos italianos no consiguen ganar”, decía Salvini, que fue plenamente consciente de cómo la cuestión territorial (la Padania en Italia, Catalunya en España) no era suficientemente atractiva para conseguir ser un partido de gobierno.

Desde su nacimiento, Vox siempre ha tenido un serio problema de definición. ¿Derecha radical o extrema derecha? La diferencia no es menor. Académicamente, sabemos las formaciones de derecha radical son profundamente críticas con la democracia liberal (de hecho, atacan sus fundamentos), pero no quieren acabar con ella, como sí pretenden las formaciones de extrema derecha. Vox lleva años debatiéndose entre ambas posiciones, presentando características en ocasiones contradictorias entre ambos tipos. No representa lo mismo Amanecer Dorado en Grecia que el Frente Nacional en Francia. Las declaraciones de Vox sobre la ilegalidad o ilegitimidad de distintos gobiernos, sus alabanzas a la dictadura franquista o poniendo en duda la existencia de las últimas amenazas a Pablo Iglesias, hacen pensar que tienden más a Amanecer Dorado. Sin embargo, discursos nativistas como los que está desplegando esta campaña apunta más a su aliada francesa.

Ser ala extremista del Partido Popular o derecha radical autónoma. Quizás un ejemplo similar lo podamos hallar en Italia, donde recientemente el partido de Abascal ha establecido buenas y fructíferas relaciones con la presidenta de los Conservadores Europeos y líder de Hermanos de Italia, Giorgia Meloni. Una política a los mandos de un partido heredero del Movimiento Social Italiano, formación neofascista y de extrema derecha de la posguerra italiana. Hoy día, Meloni ha sido capaz de transformar unos escombros posfascistas en un partido con claras posibilidades de gobierno. Por el camino se halla, de nuevo, una fórmula ganadora radical que combina ataques a los extranjeros, tintes proteccionistas y fuertes críticas a la clase política (actualmente Hermanos de Italia es el único partido de los grandes que se halla fuera del gobierno de Mario Draghi).

Sin embargo, existen todavía varios elementos sobre los que Vox sigue dudando. La preferencia por gobiernos franquistas, una agenda económica de corte neoliberal (y no proteccionista, como muchos de sus aliados en Europa) y el euroescepticismo. Sus alusiones a la dictadura entran en claro conflicto con las derechas radicales europeas, críticas, pero no opositoras de la democracia. Su impronta neoliberal va contra el chovinismo del Estado de Bienestar que cada vez más promocionan sus compañeros europeos. Y el euroescepticismo, que si bien puede tener sentido en algunos países como Italia o Francia, que han experimentado importantes agravios comparativos desde su entrada en la Unión Europea, en España va contra el sentir común de una población que, en su mayoría, entiende el proceso de integración europea en términos de modernización.

Vox sigue sin saber qué quiere ser de mayor. Un pastiche ideológico que se ha nutrido fundamentalmente del Partido Popular y de otras facciones extremistas, que a pesar de comentarios y alusiones no consigue penetrar entre la clase trabajadora, como sí lo consiguen otras derechas radicales. Fidel Oliván, en su libro El toro por los cuernos. Vox, la extrema derecha europea y el voto obrero, explica precisamente cómo el partido de Abascal se halla muy lejos de otros como Alternativa para Alemania, Demócratas Suecos o la Liga (todos ellos con un porcentaje de clase trabajadora entre el 50 y el 40% sobre el total de su electorado). El tamaño de la clase trabajadora que apoya a Vox (37,9%) se hallan por debajo del total en España (42,4%). No se ha dado, por tanto, ninguna proletarización.

Aunque este proceso no se haya producido, y en España el PSOE siga siendo el partido faro de este electorado (algo que no se da en la gran mayoría de partidos socialdemócratas europeos), se abre ante Vox una ventana de oportunidad para intentar ser algo más que una simple facción ultra del Partido Popular. Ante ellos hay un mensaje peligroso que ya ha dado réditos electorales muy importantes en otros países, y que hasta ahora en España nadie se ha atrevido a abanderar. El nativismo y la securitización de la inmigración han podido llegar para quedarse, e independientemente de los resultados del 4 de mayo, Vox debe decidir qué quiere ser de mayor. Su respuesta determinará el funcionamiento de nuestra democracia.

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