Las cartas-bala y el voto por correo

Contenido de las cartas con balas vistas por escáner.- EUROPA PRESS
Contenido de las cartas con balas vistas por escáner.- EUROPA PRESS

El arte postal está disfrutando de un breve período de esplendor después de un largo eclipse provocado por el auge de los dispositivos portátiles y las redes sociales. Nadie o casi nadie escribe ya cartas, con lo hermosa que era la parafernalia de la pluma, el tintero, el papel, los sobres y los sellos de correos. Hace muchos años yo mismo llegué a escribir cartas de amor y recuerdo la ceremonia de buscar un buzón y depositar la carta en sus entrañas como si uno fuese, no sé, Lope de Vega, más la ceremonia inversa de revisar cada día el correo por si llegaba una respuesta perdida entre facturas del banco y folletos de la peluquería. El correo tardaba lo suyo, no crean, y cuando la carta de amor quería llegar a su destino el amor ya se había enfriado, la peluquería había cerrado y el banco había embargado la casa con buzón y todo. Ahora parece que la comunicación postal se ha contagiado de la velocidad de la era digital y Correos va como una bala.

Puesto que del amor al odio sólo hay un paso, el género epistolar ha dado una enorme zancada adelante y lo que triunfan hoy día son las cartas de odio, misivas anónimas con objetos punzantes y taladrantes en su interior, lo que supone también un gran adelanto respecto a la carta-bomba, que es una metáfora grandiosa, algo así como el Quijote del aborrecimiento. Respecto a la retórica gastada y pomposa de las epístolas amorosas, las cartas-bala que han recibido varios miembros del gobierno resultan tremendamente gráficas y explícitas: no hacen falta dibujos, ni esquemas, ni siquiera palabras para imaginarse lo que haría el remitente con el destinatario de la carta.

Es curioso que, según cuentan tantos españoles residentes en el extranjero, sea tan angustiosamente difícil cumplir con la obligación cívica del voto por correo y en cambio resulte tan sencillo enviarle unas cuantas balas al ministro del Interior, a la directora de la Guardia Civil y a un candidato a la presidencia de la Comunidad de Madrid. Tan sencillo que ayer mismo la ministra de Industria, Reyes Maroto, recibió un paquete con una navaja ensangrentada, una curiosa variación del género epistolar en boga en la que el odio se muestra de una forma todavía más íntima. ¿Qué será lo siguiente? ¿Que Díaz Ayuso reciba por correo postal una gramática y un cuaderno de ortografía Rubio para que aprenda a puntuar, a poner comas y a escribir “libertad” con minúsculas cuando la palabra no va al principio de la frase?

Correos ha decidido escarmentar a la empresa subcontratada que clasifica y escanea la correspondencia, además de pedir el despido inmediato del vigilante de seguridad al que se le colaron las tres cartas con su correspondiente mensaje de plomo. Es una tradición muy española la de culpar al último mono en la cadena de mando cuando falla todo el entramado de responsabilidades; se vio, por ejemplo, en el accidente ferroviario de Galicia, en una situación en la que había un solo maquinista sin recambio humano a cargo de un tren de alta velocidad con todas las vidas que llevaba dentro. A saber la de horas que llevaba el vigilante de seguridad delante del escáner y a saber cuántos protocolos sindicales se habría saltado a la torera la empresa subcontratada. Subcontratada es una palabra que lo dice todo, casi tan eficaz como una bala.

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