La libre y luminosa locura del libro

Galería : Bradbury ilustrado : Un Placer Especial

“Era un placer quemar. Era un placer especial ver cosas devoradas, ver cosas ennegrecidas y cambiadas”. Así inicia Bradbury la primera página de Fahrenheit 451. Para quienes aman los libros, esta frase provoca una especie de escalofrío al recordar la advertencia: el fuego-censura, como anatema-símbolo, que no descansará hasta destruir y dejar en cenizas todo pensamiento discordante, amenazante, al establishment y statu quo. Y es que hay de placeres a placeres.

De los que el gozo estimula sin provocar mayor daño a los demás (salvo, quizá, a sus buenas conciencias) o aquellos que psicópatas y tiranos, pederastas y opresores, suelen cultivar en una suerte de macabro acto donde el resultado –y el detonante de sus deleites- gira en torno al dolor, humillación y muerte ajenos. PUBLICIDAD Si uno va a Bebelplatz, en Berlín, puede ver la Ópera, la Catedral de Santa Eduvigis (católica) y la Facultad de Derecho de la Universidad Humboldt. Ahí, en la plaza, casi desapercibidos se encuentran un monumento de profundis y unas placas oxidadas: una especie de cubo enterrado con vidrio al ras del suelo para que se puedan observar unas estanterías de libros vacías. Una de las placas cita a Heinrich Heine: “Eso solo fue el preludio; ahí donde se queman libros, se termina quemando personas”.

Los berlineses saben bien el porqué de esa sentencia, tatuada en el espíritu alemán de lo que no puede repetirse: El 10 de mayo de 1933, en un festín enajenante que enarbolaba la alienada “Aktion wider den undeutschen Geist” (“Acción contra el espíritu antialemán”), entre 40 mil y 70 mil nazis (muchos, jóvenes y estudiantes) reunidos en la entonces llamada Opernplatz quemaron unos 25 mil libros de 94 escritores “apóstatas”, “corruptores”, “burgueses” y, desde luego, “judíos”.

“¡Contra la decadencia y la corrupción moral!” era una de las proclamas para borrar memoria de enseñanzas, teorías, recuerdos, imaginaciones y disertaciones. Algunas crónicas hablan que esa noche, la lluvia impidió al fuego su cometido; tuvieron que intervenir los bomberos para echar combustible (Guy Montag antes de conocer a Clarisse McClellan).

El próximo lunes, 26 de abril, se cumplirán 88 años del inicio de esa barbarie, cuando los universitarios alemanes empezaron a recolectar de sus bibliotecas particulares, de familiares y amigos, los libros que “denigraban” al Tercer Reich para crear la gran pira que denostó y denigró el pensamiento universal. Pero el saber es obstinado, las letras convergen con el espíritu. Gutenberg no puede ser detenido por nadie, sea en papel o trasmutado al sistema binario y al ciberespacio, no baja su alto vuelo. Hoy es el Día Internacional del Libro y con él, las infinitas palabras de la libertad para crear, jugar, disentir y pensar, extienden sus eternas alas. _

Horacio Besson

 

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