[Extracciones] Mis animales y los que no son míos de Denise Fernández [+ inéditos]

[Extracciones] Mis animales y los que no son míos de Denise Fernández [+ inéditos]

Libro extraño y delicado, Mis animales y los que no son míos (mágicas naranjas, 2020) es el debut de la poeta argentina Denise Fernández. En esta especie de bestiario, se urde un universo desjerarquizado de animales con sus propias voces, sus propios deseos, sus propias imaginaciones. «Yo sé que vos nacés de mis pensamientos», le dice con soberbia una voz humana a un caballo en una de las prosas que componen el libro. Pero quien entre en estos poemas sabrá que los animales tienen su propia idea de las cosas.

A continuación, una selección de poemas del libro, además de un conjunto de textos de un proyecto inédito de la autora.

 


 

Mi babosa

«¿Y vos qué sabés hacer?», le dije a mi babosa. «Puedo ser un espejo». Le pedí que, si en verdad lo era, me reflejara. «Hay de distintos tipos», dijo. «Como el amor, hay unos que te devuelven poco. Y están los que te morís por miedo a ser apuntada con la luz de mi reflejo. Pero, ¿qué tan yo puede ser alguien? También podés morir en medio de un sueño».

 

La babosa que no es mía

Conocí tu casa, está llena de babosas. ¿Quién amontona más celos? Diste tu hipótesis sobre los ángeles que se distribuyen en equipos de manera poco democrática. Pero que al fin viven en una comunidad autosustentable. Margaritas y rosales. Si tu amor alimentara mis palabras, frenaría lo que te hace llorar.

 

 

 

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El toro que no es mío

Después de hablar de amor, hay cosas que es mejor que estén a que no estén. Como la falsa modestia. Como ese programa del gobierno sobre la distribución del trigo. Volvé. Tu nariz húmeda contra mi sexo rojo. Los dos dejando a los toros pasar.

Mi toro

¿Le aconsejarías a alguien que apague un bosque con toallas mojadas de alcohol? ¿Que traiga una espumadera a un tiroteo? El toro enamorado de la luna, la vaca enamorada del toro. Una sola cosa nombrada de mil maneras.

 

 

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La serpiente que no es mía

Te pregunté cómo perdiste las manos. «¿Quién sos es lo mismo que cómo perdiste las manos?» «Puede ser», dije. Dijiste: «No tengo manos porque no tengo piernas». Me puse a llorar. «No te lamentes, lo que puede perderse nunca lo quise».

Mi serpiente

Avanza callada, como un enorme tanque sin lavar. Como la presencia del enemigo. Mis tristezas son palabras. Y animales que buscan en nosotros lo que deben descubrir en ellos.

 

 

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Mi sueño

Miro a mi vaca que alimenta a los terneros. «Tus cachorros son luminoscientes», digo. «No existe esa palabra», dice ella. Rompo en llanto. Ella toma mis lágrimas con la lengua rugosa de dendritas violáceas y las convierte en panes de jabón. «Perdón», dice, «qué voy a saber si existe luminoscientes».

 

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Poemas inéditos

 

Casi Penélope

En el artículo titulado «El paraíso está dentro de nosotros», encuentro un motivo para el aburrimiento. Pequeñas aventuras hurtadas a su probabilidad.

Él quiere una influencia joven. Cuando en la oscuridad me acerco a besarlo, su imagen interna tarda más de lo previsto en componerse.

 

Las transformaciones

En el desarrollo por escrito de un pensamiento, las primeras oraciones son casi verdaderas. Las otras, piensan en el lector. Como llorar por cartas.
Aunque él susurra, «no me lo creo».

 

Sirena

Hay casualidades como esta a lo largo del año. Él quiere vida en otro planeta. Todo el tiempo.

Disonante como un mujik, esta es la silla de Penélope sentarse.
¿Esto es el deseo?
Gente que se susurra a sí misma «para que aprendas».

 

 

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Ilustraciones de romances olímpicos

Encontramos que el narrador es alguien que no te preocupa.

Mucho después de la orquesta de las declinaciones.
Mucho después de ver la pintura secarse.

Los espacios vacíos a los que los hombres llaman “entonces” regresan para pedir algo más.

 

Orfeo se acuerda de todo

Los árboles cansados de sus despliegues, lo atraen hacia su futuro.
Las manos a los costados, como problemas lujosos.

En este musical rosa lo mejor va por atrás.
Como narradores que dijeran «el mundo es gente».

 

Las voces no eran claras

Como algo ya dicho, las caras daban a entender algo de la persona.

Cuando las emociones crecían, había que dejarlas partir. La estatua de un árbol era un árbol vacío. Y cuando estábamos satisfechos, lo escuchábamos decir y luego lo decíamos.

 


Denise Fernández (Villa Atuel, 1989). Estudió antropología en la Universidad Nacional de Buenos Aires y guion en el LAB (Laboratorio de Guión). Integra el área de literatura del Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti. Editó en el 2020, por mágicas naranjas, el libro de poemas Mis animales y los que no son míos.

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