Covida

Vicente Molina Foix, Premio Nacional de Narrativa 2007, hablará mañana en  el MEH sobre literatura y su último libro

 No es otra forma femenina de Covid sino un tipo de convivencia que he estado practicando desde hace cosa de un año. Llegaron sin darse a conocer, y los primeros días iban con discreción, quizá porque nosotros estábamos entonces a todas horas pegados al televisor y la prensa, con guantes en las manos y antifaz en la cara. Pero fueron ganando confianza, y terreno, hasta que la lascivia, que no sabe callar, les delató. No voy aquí a jactarme de ornitólogo, pero sí me tengo por fisonomista. Una tarde de tedio, después de fijarme mucho, caí en la cuenta de que la pareja era siempre la misma, sin alterne: unos enamorados colombófilos que habían elegido mi terracita como nido okupa; de edad indefinida y sexo indescifrable, aunque procrearon más de una vez en el largo encierro y fueron buenos padres con sus huevecillos. Quizá todas las palomas felices se parecen.

Sus jolgorios ruidosos no eran lo más molesto. Al fin y al cabo uno ha sido también joven, y ha hecho sus pinitos en las onomatopeyas del amor. Pero es que me dejaban la barandilla hecha un asco, cada mañana, pues además de refocilarse a las claras, lo refrendaban con sus secreciones. Así que tomé medidas de expulsión, fracasadas hasta que la dueña de una droguería me aconsejó que me dejara de pinchos, mallas o sprays repelentes: a las palomas les arredra el agua. Mis pequeños lagos artificiales les sorprendieron, es cierto, pero no son tontas: se bebieron el agua y destrozaron los lebrillos de plástico a picotazos. Pensé en Los pájaros de Hitchcock. Y ahora he sabido por el telediario que en la vida real de las personas más castigadas por la pandemia se impone el nesting y el coliving, miserias sociales que en inglés suenan sexy, sin ser otra cosa que estar preso en casa como en un nido y vivir amontonados en el poco espacio que la pobreza impone.

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