Ayuso va hacia arriba

Ayuso va hacia arriba

Decía Dostoievski que el ser humano se acostumbra a todo, a la cárcel, al oprobio, a la enfermedad, al fracaso, al éxito, incluso a la muerte, que es la costumbre definitiva. Los judíos del III Reich se acostumbraron a los campos de concentración, los disidentes soviéticos al gulag siberiano, los ciudadanos madrileños al PP, y así todo. Ante el diagnóstico inapelable, uno empieza asustándose, continúa encogiéndose de hombros, y termina por resignarse a su circunstancia, igual que Gregor Samsa se despertaba aterrado un día en la cama incapaz de comprender cómo se había transformado en escarabajo durante la noche, poco a poco iba haciéndose a la idea de que la pesadilla era la realidad, y al final el problema se reducía a lo de siempre: buscar algo de cenar y sobrevivir hasta mañana.

Con el coronavirus nuestra resignación ha alcanzado el punto óptimo en el que 400 o 500 muertos diarios nos parecen un buen negocio, aunque en otros países como Australia o Nueva Zelanda ni siquiera hayan alcanzado esa cifra en un año. Además, puesto que no hay mal que por bien no venga, los muertos por una cosa acaban compensando a los muertos por otra cosa, ya sea la contaminación atmosférica o los accidentes de tráfico. Con el confinamiento descubrimos el canto de los pájaros en los balcones y la belleza de los animalitos hurgando en los basureros. Nos habituamos a la mascarilla y a la distancia lo mismo que en las historias de zombis los protagonistas salen a la calle con un bate de béisbol y un machete. Era lógico que termináramos por perderle el miedo a la pandemia, ya que, por la misma razón que Sartre decía que el infierno son los demás, quienes se mueren de coronavirus siempre son los vecinos.

De manera que el modelo Ayuso se ha impuesto en casi toda España y durante toda la Semana Santa hemos visto muchedumbres de gente disfrutando de procesiones, partidos de fútbol, orgías y botellones como si no hubiera una pandemia mundial o como si el mundo fuese a acabarse mañana. Frente a la táctica de esconder la cabeza en el suelo como el avestruz, que no sirve de nada, hemos decidido adoptar el método del pollo sin cabeza, que consiste en echar a correr entre regueros de sangre hasta que nos alcance el rigor mortis, la cuarta ola o el tsunami final. Pueden decirse muchas cosas en contra de la decapitación, excepto que sea dolorosa. La manga riega que aquí no llega.

La ingenuidad de estos optimistas que acuden en masa a un evento sin la menor conciencia del incendio que están ayudando a propagar me recuerda la de aquellos dos escaladores japoneses que se encontraron a Don Whillans y Chris Bonnington en mitad de la norte del Eiger, la mítica pared de los Alpes célebre por su rosario de víctimas ilustres. Por aquel entonces, los dos británicos formaban, probablemente, la cordada más formidable del momento y se quedaron atónitos al ver a la pareja de japoneses que seguían escalando tranquilamente mientras ellos iniciaban el descenso ante el brusco cambio de tiempo que azotaba la montaña con una ventisca de lluvia, nieve y rocas desprendidas desde lo alto. Whillans les preguntó dónde cojones se creían que iban y los japoneses, sonriendo, contestaron señalando hacia arriba alegremente. “Sí que vais arriba” contestó Whillans, “pero mucho más arriba de lo que pensáis”.

Hay dos tópicos ridículos que aparecen en las películas de Hollywood que yo no comprendía bien hasta que llegó la pandemia de 2020. Uno es la imbecilidad de esos adolescentes que se meten por las buenas en una casa, una cueva, un bosque o un castillo donde saben con toda seguridad que se esconde un asesino con un hacha en busca de adolescentes imbéciles. Otro es el absurdo prejuicio que impera en los hogares estadounidenses contra el lavavajillas: da igual la etnia, la clase social o el género de los protagonistas, porque, según termina la cena, se ponen encantados a fregar los cacharros a mano, compartiendo una charla entre espuma y trapos. Pensaba que lo primero era por falta de imaginación de los guionistas y lo segundo porque los fabricantes de lavavajillas se niegan a anunciar sus marcas en una película. Ahora me doy cuenta de que la realidad es así, incluyendo a adolescentes de hasta noventa años que jamás votarían por un lavavajillas.

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