Antrología

Los cafés cantantes aparecieron después, se convirtieron en tabernas de baile y luego en cantinas

Susana Iglesias | Planeta de Libros

Luces rojas nos acarician la piel, bailamos una canción noventera, descalzos, tras horas de música garage y punk una pausa, suenan baladas de los años cincuenta, se fueron todos, nos quedamos solos, tu cabello sedoso se resbala entre los dedos, ese aire de Aaron Taylor-Johnson, actor de la película de Tom Ford: Nocturnal Animals, “por esta noche nadie duerme, la noche no sólo se inventó para dormir”.

Tu presencia fue un sueño, despierto agitada, es de noche, siento la necesidad de abordar un taxi que me lleve a diversas arterias importantes en mi vida: Avenida Revolución, caminar por el barrio de Tacubaya, en la San Miguel, últimamente es muy común ver a personas fumando bajo los árboles, apestan el aire limpio de Chapultepec. Algunas personas no tienen consideración de sí mismos, no usan cubreboca ya. Infectados, sin responsabilidad alguna salen a infectar a otros, se contagian personas más jóvenes cada día.

Ojalá que los que salieron en Semana Santa pasen lejos de aquí su cuarentena y vuelvan en junio, ¿se puede esperar que los humanos tengan consideración? No. Temen a un virus que afecta varios órganos, entre ellos, los pulmones. Nadie debería fumar frente a alguien que no fuma, ni obligarlo a soplarse su asqueroso humo, detesto el cigarro. Insistirle que beba a una persona que no bebe, forzar a comer carne a alguien que no come carne, todo eso es violencia. Evadir significa más desconexión en el cerebro, las personas evaden para sobrevivir. Amo la existencia, me siento mejor que nunca. Mixcoac también me seduce, inevitable pensar cuando el Bulldog (que ya no existe) se cambió a la calle de Rubens, recuerdo que ese antro estaba primero en la calle de Sullivan; por aquellos años la San Rafael era una colonia limpia, próspera, vivían personas interesantes.

El Hotel Plaza fue un escenario importante de la escena del rock mexa. Antes del antro surgieron los salones de dancing, antes de los salones las calles en 1970 se iluminaban de color ámbar, las personas paseaban por una ciudad oscura con destellos amarillos, los amantes se reunían en los callejones sombríos. Los cafés y cafés cantantes aparecieron después, se convirtieron en tabernas de baile, posteriormente en cantinas. Salvador Novo adoraba la palabra cabaret, las personas vagaban de lugar en lugar por la noche infinita.

La culpa de mi vagancia se la atribuyo al vodka. Fui esa menor de edad que entró a los antros más exclusivos y a los más arrabalescos de esta ciudad. Los antros efímeros fueron los más deslumbrantes, no cayeron en la decadencia, se apagaron elegantemente. No existen más esos antros de complejas luces, mucho menos los after. Todo antro es soft más o menos desde 1999. Es abril, siento nostalgia de una noche en Bandasha. Siento necesidad de una mañana trasnochada bailando en aquella hermosa piquera: La Rueda, en la Merced. Las fotografías de conciertos y el recuerdo de cines atiborrados sólo son ahora viejas estampas, nadie quiere creerlo. Bailemos. 

Susana Iglesias

 

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