En un reciente informe de la consultora Mckinsey&Company  (https://www.mckinsey.com/industries/public-and-social-sector/our-insights/the-10-trillion-dollar-rescue-how-governments-can-deliver-impact#) se puede leer (página 19) lo siguiente: “La Covid-19 no está directamente vinculado al cambio climático”.
En el sentido más literal y estricto de la palabra, es cierto que, buscando una relación de causa-efecto inmediata, no cabe responsabilizar del surgimiento y expansión de la enfermedad al cambio climático. Pero dejar fuera este factor, o situarlo en los márgenes de la interpretación, constituye un pesado lastre para enfrentar y superar la enfermedad. Una visión que me recuerda la de aquellos que afirman que el coronavirus es un factor exógeno que ha impactado negativamente sobre una maquinaria económica que, con todas sus imperfecciones e ineficiencias, en lo fundamental funciona bien.
Planteamientos inaceptables, que traducidos en políticas tienen consecuencias devastadoras. Porque la génesis del virus y su rápida difusión están directamente relacionados con la alteración de los entornos naturales, la degradación de los ecosistemas y la generalización de la ganadería intensiva, que requiere grandes concentraciones de animales. Estos fenómenos están estrechamente relacionados, se refuerzan mutuamente, y se encuentran en el origen del desorden climático que estamos experimentando, especialmente en las últimas décadas.
La pandemia no es un desgraciado y aislado episodio que será superado cuando dispongamos de vacunas eficaces (asunto este escandaloso que pone de manifiesto los mezquinos intereses y las negativas consecuencias del enorme poder acumulado por las grandes farmacéuticas, así como la ausencia de instituciones y políticas que conviertan la vacunación, y la salud en general, en un bien común a proteger).
El coronavirus, incluidas las nuevas cepas que están apareciendo, son un problema sistémico, en absoluto coyuntural. Un problema que hunde sus raíces en el modo de producir y de consumir propios de un capitalismo cuya lógica es crecientemente depredadora; y en la globalización de los mercados, que, en el discurso oficial, tantas ventajas iba a proporcionar a la humanidad, especialmente a los más desfavorecidos, y que sin embargo nos ha hecho más vulnerables y desiguales.
No hablo de la “cara oculta”, ni de los efectos no deseados del capitalismo, ni de las ineficiencias del mismo, sino de su quintaesencia.
¿Queremos de verdad que, como a menudo se dice, la crisis sea una ventana de oportunidad para superarla sin “dejar a nadie atrás”? Empecemos por reconocer la naturaleza estructural de los problemas a resolver. Situemos el cambio climático y la desigualdad -dos caras de la misma moneda- en el centro mismo del diagnóstico, y también en el eje de las políticas públicas, locales, estatales y globales. Y tomemos medidas coherentes con este diagnóstico y con el escenario de emergencia que vivimos.
Pero, desgraciadamente, esa ventana de oportunidad -que necesitamos abrir de par en par y mantenerla abierta- se está cerrando. Necesitamos políticas y políticos valientes, que tomen medidas a la altura de la gravedad de la situación. Y no están apareciendo o lo hacen de manera tibia y tímida.
Sin embargo, los defensores del statu quo -las corporaciones, las grandes fortunas y las elites empresariales, sobre todo- están dispuestos a cambiar las cosas para que nada cambie. Es su especialidad. Están muy bien organizados. Se dejan ver y presionan -disponen de muchos medios para ello- y no dudan en hacer bandera de la “etiqueta verde”, aunque sus modelos de negocio continúen en gran medida instalados en la quema de combustibles y en el megaconsumo. Estos grupos han sido, hasta el momento, grandes beneficiados de las ayudas públicas y están preparados para llevarse la parte del león de los fondos comunitarios.