Y el macho se hizo beta

El todavía vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias, durante una nueva sesión de control al Gobierno, este miércoles, en el Congreso de los Diputados. EFE/Mariscal

O sea, que Pablo Iglesias se ha tenido que quedar más a gusto que un linfocito bombeado por un corazón enamorado. Me hacen mucha gracia nuestros descolocados tertulianos, que se ven muy enfadados con este enroque ofensivo de rey. Pero es que parece que Pablo Iglesias fue engendrado y educado para enfadar tertulianos: no recuerdo ningún político con esa capacidad para concitar animadversiones. Hay incluso quien interpreta su maniobra como un reconocimiento de fracaso, cuando este profesor de torpe aliño indumentario ha conseguido que un partido con solo seis años de existencia alcanzara la vicepresidencia del Gobierno del país. Vaya fracaso.

Dos circunstancias me ponen cachondo de la candidatura de Iglesias a la presidencia madrileña. La primera es kármica, pues Iglesias se lanza a conquistar los predios del renegado ex podemita Íñigo Errejón, su ex amigo del alma, y a los miembros de Más Madrid se les han puesto las terminaciones nerviosas como un manojo de margaritas azotadas por el vendaval. Mónica García, candidata errejonista, hablaba de ataque de testosterona cual un Eduardo Inda o un Francisco Marhuenda cualquiera. La verdad es que sí hacen falta huevos para dejar una vicepresidencia y encabezar la candidatura de un partido que, según las encuestas, corre incluso el peligro de desparecer de la Asamblea madrileñí. Pero la valentía no tiene tanto que ver con la testosterona. No es propio de un macho alfa dejar el pedestal del olimpo político para meterse en el fango autonómico de la capital, donde sabe que no ganará las elecciones ni siquiera al PSOE de Ángel Gabilondo, ese agradable y aburrido antipolítico con cara de estar acostumbrado a que nadie recuerde su nombre.

La segunda circunstancia que me pone, en este inesperado avatar, es el hecho de que Iglesias ceda el testigo del liderazgo podemita no solo a una mujer, sino a una mujer que le va a hacer mucha sombra. Yolanda Díaz, con todos mis respetos, parece sacada del epitafio que Lord Byron dedicó a su perro Boatswain: “Un ser que poseyó la belleza sin la vanidad, la fuerza sin la insolencia, el valor sin la ferocidad, y todas las virtudes del hombre sin sus vicios”. La gallega, tan brillante como Iglesias, disimula mucho mejor sus vanidades y egolatrías. Y eso la hace mucho menos vulnerable a la máquina de fango mediático que, con toda seguridad, en breve empezará a arrojarle mierda.

Uno pensaba ya desde hace tiempo que Podemos necesitaba un cambio de liderazgo, y que éste tendría que ser asumido por una mujer. Simple cuestión de coherencia y compromiso. Y de pragmatismo: Podemos va a ser mucho más fuerte con una mujer en el cartel, pues así se entenderá mejor como movimiento y como partido. El hiperliderazgo de Pablo Iglesias empezaba a ser dañino para los morados. A base de basura mediática, se ha conseguido que muchos españoles odien de manera casi irracional (o sin casi) al Coletas, al Moños, al macho alfa (le llaman macho alfa porque le conocieron dos novias: hay algo de síndrome del castrati entre los que utilizan esta descalificación facilona).

Lo cual que Pablo Iglesias se retira de la primera línea, y uno no puede dejar de sentir agradecimiento por lo que ha hecho durante estos años: ha cambiado de forma radical el decurso de la política española, tan emputecida por la corruptela incesante del bipartidismo. Y ahora, que había alcanzado el gobierno, se lanza a una nueva aventura incierta o más que incierta. Escucho poco la palabra generosidad, pero es la palabra que a mí me sale.

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