Perder el respeto

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En una conferencia sobre el Ulises de Joyce dice Borges que los irlandeses fueron geniales escritores en inglés porque no se sentían obligados por la tradición inglesa. No le tenían respeto y eso les permitió desafiar ciertas convenciones que un inglés consideraría intocables. Sagrado, profano. Joyce era, en este sentido, un “profanador”, se atrevió a romper moldes, a ir más lejos en la invención literaria.

Lo mismo, agrega Borges, ocurre con los judíos asimilados en el ámbito germánico. Se sabe que las bases de la teoría de la Relatividad especial ya eran conocidas por varios físicos,  pero sólo Einstein se atrevió a dar el paso a lo desconocido. Un caso semejante es el de Freud, que fue en su terreno tan revolucionario como Einstein. El caso de Kafka me parece significativo. No era alemán, ni checo, ni judío ortodoxo.

Este desarraigo personal le permitió advertir como nadie la condición del hombre moderno: el individuo insignificante aplastado por la maquinaria burocrática. Aunque es mucho más que eso, pues su obra tan original toca la esencia metafísica de nuestra naturaleza. No sé si me explico. La física moderna, uno de cuyos padres (o madres) es Galileo, comenzó su camino refutando las teorías de Aristóteles sobre el movimiento y los cuerpos celestes. A Galileo le bastaron unas noches observando el firmamento con un telescopio para demostrar la falsedad de la cosmología del griego.

En su tiempo esto era una herejía. Galileo se fiaba de los experimentos no de la autoridad; interrogaba a la naturaleza y si Aristóteles estaba equivocado peor para Aristóteles. Copérnico, claro está, sacudió los cimientos del  mundo al poner al sol en el centro. No es cuestión, por tanto, sólo de talento, hace falta audacia. Otro ejemplo que se me ocurre es el de Nietzsche. Siendo un joven filólogo desafió la manera que se tenía hasta entonces de entender a los griegos. No eran sólo “noble sencillez y serena grandeza” como afirmaba Winckelmann, sino que tenían un fondo pesimista y oscuro. No sólo Apolo, sino también Dioniso. Esto chocaba con el ideal clásico helénico que tenían Goethe, Schiller o Schopenhauer. Lo resume bien el título del libro del filólogo británico E.R. Dodds Los griegos y lo irracional. Que yo sepa Nietzsche fue el primero en ver ese lado orgiástico, demente y pesimista de los antiguos griegos.

Más tarde Nietzsche atacó furiosamente al Cristianismo. Hay que tener mucho coraje para atreverse, como hizo Spinoza, a someter al examen de la razón a las Sagradas Escrituras. Esto hizo Spinoza en el Tratado teológico-político. Se granjeó el odio de su comunidad religiosa, como es sabido, y fue expulsado de su seno con terribles maldiciones. Otro ejemplo: los pintores impresionistas provocaron un escándalo cuando se dieron a conocer. La obediencia no es la virtud de los descubridores.

¿Qué prejuicios morales, estéticos, científicos tendremos hoy? Que los tenemos es seguro. ¿Qué falsos ídolos existen hoy? ¿Quién se atreverá a demostrar que el rey está desnudo? Que el socialismo soviético era una patraña creo que pocos lo dudan ya. ¡Y a cuántos intelectuales engatusó! ¡Qué ciegos estaban! Una nota importante: es posible que alguno de estos audaces destructores de prejuicios fuera en su vida privada un buen padre de familia. Joyce y Freud, por ejemplo, eran así. Orwell también. Tenemos la idea de que un revolucionario es un alborotador que da voces en público. Nada es más falso que eso. Suelen ser cautos, por la cuenta que les tiene. A la mayoría de los hombres no les gusta nada que le muevan el suelo que tienen bajo los pies. 

 

Selva de varia opinión (selvadevariaopinion.blogspot.com)

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