Leed, leed, malditos

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Soy rica en libros y en perfumes. No concibo mayores tesoros privados, garantes de un placer solitario que me conecta con los otros. Incluso cuando se abandonan, los libros viejos y los frascos vacíos siguen transmitiendo el encanto del descubrimiento. Los aromas me devuelven memorias olfativas y me aderezan el ánimo. En sus notas habita una promesa de felicidad, e igual sucede cuando entra un libro en casa y reconozco en él la oportunidad de un festín íntimo. Porque la lectura ha sido la llave para entender las cuatro cosas que sé de la condición humana.

Soy, por descontado, una madre más que entona el réquiem por los libros que no leen los hijos. Que nada en la frustración cuando las fantasías narcisistas me conducen a recomendarles lo que me fascinaba a su edad y vestía mis deseos. No funciona. Acudes a Geronimo Stilton o Roald Dahl. Después, solo pantalla. Cuánta razón tiene el ­ministro de Economía y Finanzas francés, Bruno Le Maire, en su alegato –que se ha hecho viral en las redes– a favor del poder de los libros. “La lectura es un combate –afirmó dirigiéndose a un grupo de estudiantes–; os va a permitir entender quiénes sois, va a poner palabras a aquello que sentís y que ni siquiera sabéis sobre vosotros. Y una persona totalmente desconocida a la cual nunca habéis visto y a la que probablemente nunca veáis os susurrará al oído, en el silencio de la lectura, cosas que nunca habríais comprendido sobre vosotros si no las hubierais leído”. No suele ser habitual que un político anime a abrir libros: “Leed, apartaos de las pantallas. Las pantallas os devoran, la lectura os alimenta. Esa es la diferencia”.

La buena voluntad del político francés –cuánto por aprender en esta España nuestra– probablemente chocará con el desinterés y la inercia. Las aplicaciones, ­videojuegos, redes o series seguirán dopando a los jóvenes. En mi caso, soy optimista. Algún día se les abrirá el hambre. Recuerdo cuando a mi hija mayor –todo le aburría– le di a leer El gran cuaderno de Agota Kristof. A medio libro vino sofocada, gritando: “¿Qué tipo de madre eres? Hay una escena de zoofilia”. Y con­tinuó leyendo, comiéndose los dedos.

Joana Bonet

El Boomeran(g)

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