Fantasmal llama olímpica

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ROMÁN REVUELTAS RETES

La llama olímpica ha comenzado a recorrer el mundo como un fantasma (ustedes me permitirán, amables lectores, recurrir a la gran literatura —el Manifiesto Comunista, en esta ocasión, que con tan incitantes y tremebundas palabras comienza: “Un fantasma recorre el mundo”, ¡ay, mamá!— para aderezar esta mañana dominical de cierto dramatismo, así de poco edificante como pueda ser el propósito en estos tiempos) y mucha gente, sobre todo la del sector que critica en permanencia todo aquello que pueda ser criticable —o sea, la práctica totalidad de lo que acontece en la realidad real— expresa, pues sí, su descontento.

Los organizadores de Tokio y los patrones del Comité Olímpico Internacional se han emperrado en llevar a cabo los Juegos, contra viento y marea (o, en términos más precisos, contra la maldita epidemia) y esta decisión podría merecer, de entrada, un juicio condenatorio si va dirigida, como podríamos sospechar, a amparar meramente intereses comerciales (los de los anunciantes, las marcas de ropa deportiva, las cadenas de televisión, etcétera).

Ahora bien, serán igualmente las Olimpíadas más caras de la historia, como les contaba este escribidor en un artículo anterior, y el mero hecho de que colosales cantidades de dinero pudieren desperdiciarse, literalmente, a fondo perdido explicaría también la perentoria necesidad de que se realicen en este verano, más allá de las anteriores consideraciones.Pero, caramba, el singular empeño en que tengan lugar los Juegos podría deberse, después de todo, a ese impulso que tenemos los humanos para resistir los embates de la adversidad y que es precisamente el que nos ha llevado a sobrevivir como la especie dominante en este planeta. Le llaman ahora “resiliencia” (es uno de esos detestables palabros, dicho sea de paso, que hemos calcado del inglés —con todo y que es un latinajo de origen, oigan, derivado de resiliens— y que usamos ya de la manera más desvergonzada) y se refiere, justamente, a la capacidad de adaptarnos los seres vivos ante los retos que amenazan nuestra supervivencia.

El asunto, sin embargo, no queda del todo esclarecido porque los Juego hubieran podido celebrarse en 2022. Digo, quedarían los de París ya a la vuelta de la esquina, en 2024, pero eso de que tengan lugar cada cuatro años no es otra cosa que una convención admitida tácitamente por todos los participantes y estamos hablando, ahora mismo, de una situación extraordinaria debida a la aparición del maligno SARS-CoV-2.

En fin, el hecho es que una fantasmal llama olímpica recorre ya el globo terráqueo. ¿Cuándo llega a México, por cierto?

Román Revueltas Retes

https://www.milenio.com/opinion/roman-revueltas-retes/deporte-al-portador

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