¡Árbitro vendido!

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“No nos tocó ser los fuertes, los hábiles; el éxito es ajeno; nos tocó la penuria, la oscuridad y algunas otras formas de dolor más íntimas”, leo a Ricardo Garibay en Beber un cáliz y allí el ingrato, hiriente recuerdo de su padre acompañándolo, abriendo grietas en su infancia, arengando al miedo con sus pasos toscos y firmes; siendo padre y tirano; recuerdo absoluto, desdicha y piedad desvanecida.

Y viene a mí la recia figura de mi padre, las mañanas dominicales de futbol en los campos de San Andrés Tetepilco, y el temblor íntimo de sus tres hijos cuando lo veíamos discutir con el árbitro, patear o dar de puñetazos a otros jugadores. No nos tocó ser los fuertes, éramos pobres, pero él se revelaba contra la penuria y la debilidad siendo el centro delantero de la Alianza de Tranviarios de México.

Su puesto no estaba a discusión; se lo había ganado; su cuerpo robusto se alzaba sobre sus oponentes y remataba a gol como si su frente fuera de hierro. Nunca gozamos los partidos, pues la guerra se blandía sobre nosotros, inminente, perra. En cualquier momento aquel hombre fornido y temperamental se enfrentaría al árbitro para reclamarle una decisión, un silbatazo a destiempo, el más mínimo descuido. Tenía el poder de abrir boquetes en las redes contrarias, de desplazar con sus hombros a los defensas que lo marcaban medrosos, amagados por la furia de su rostro bravo.

¿Por qué ponía tanta atención en aquellos hombres vestido de negro cuya labor se reducía a que las reglas se cumplieran en los linderos del campo deportivo? Y, sin embargo, no los perdonaba, quería minar su autoridad, reducirlos a ornamento, a peones a su servicio. “Les dieron su mordida para que me expulsen, ratas con silbato, pero les va a salir más cara la operación de nariz”.

Años más tarde, rememorando y haciendo cuentas con mi lápiz imaginario, comencé a armar las piezas; él no le daba gran importancia al triunfo de su equipo; quería imponer sus propias normas; reinar. Los domingos que debían ser dedicados al lucimiento del gladiador, al contento de los hijos, a la búsqueda de la victoria, se convertían en desagradables ofensas contra el hombre de negro, reclamaciones inútiles, ridículas, insultos que terminaban en reyerta y en su expulsión del partido.

Él deseaba guiar el destino no sólo del equipo, sino del juego y de su reglamento; pero ¿cambiar las reglas? ¿Moldearlas a su antojo? Imposible, ya que el futbol no sería más futbol, sino la continuación de sus intestinos, de su vanidad. Una vez eliminado el árbitro, la autoridad de la tradición, mi padre sería el delantero omnipresente, capitán del equipo, árbitro y leyenda. He querido pensar que los años que condujo un tranvía y un trolebús lo hicieron sentirse atado a las vías metálicas inamovibles, a los troles o pértigas que nutrían de electricidad su vehículo.

Y en el futbol quebraba la limitada movilidad de sus máquinas: se liberaba. Mi padre era un goleador; ¿qué podía hacer el árbitro cuando aquel artillero se despachaba tres o cuatro goles por partido? Nada, aceptar, anotar en su libretita, cuidar que en los andares del juego se cumplieran las reglas para evitar la guerra y los puñetazos. No tenía derecho mi padre a amargar el azoro festivo de los espectadores y convertirnos en estúpidos testigos de un poder testarudo. Todavía no logro olvidar su obstinación, sus protestas, ni el olor a pasto y tierra en los campos de San Andrés.

Quizás, si viviera ahora, si no hubiera sido expulsado de esta pinche vida por la muerte prematura, se sorprendería al ver en el siglo XXI a los árbitros convertidos en forenses electrónicos recibiendo órdenes de un alto mando. ¿A quién insultaría entonces? ¿Contra quien dirigiría su furia extravagante? No nos tocó ser fuertes, nos tocó la penuria y el alma agrietada. ¿Para qué desperdiciar fortaleza y brío lastimando los elementales deberes de un árbitro? Que dispare desde fuera del área, que rematé con su frente sólida, que haga una gambeta y hunda la pelota en el marco ajeno, pero que no chingue el domingo de los niños, ni aumente nuestra pobreza con pleitos vacíos. Cuántos goles; cuántas peleas.

Guillermo Fadanelli

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