Vacúneme usted a ese obispo

Vacúneme usted a ese obispo

Puesto que los primeros serán los últimos en el reino de los cielos, obispos, arzobispos y sacerdotes se han puesto a vacunarse como locos, saltándose los turnos correspondientes en el sistema sanitario para ceder su puesto en las filas celestiales a los agraciados que van a ir mucho más pronto que ellos, tosiendo y con los pulmones hechos un Cristo. No cabe mayor muestra de sacrificio y humildad que canjear una silla a la vera de Dios Padre por los siglos de los siglos a cambio de unos cuantos años más de achaques en este valle de lágrimas. Sin embargo, no deja de ser una operación arriesgada, ya que desde una perspectiva mundana, lo que parece realmente es que a estos ministros de la iglesia la vida eterna les importa tres pimientos y lo que pretenden es quedarse un rato más a disfrutar del pan, el vino y lo que venga.

Sí, muchos mal pensados creen que las altas instancias del clero están tirando por la borda todas las enseñanzas y doctrinas cristianas, como si en vez de una vacuna fuesen a recibir un jamón. Cuando de lo que se trata es precisamente de lo contrario, igual que esos banqueros y millonarios que no paran de ir a misa, rezando de rodillas y dándose golpes en el pecho, sin soltar ni un céntimo, acumulando riquezas y pecados uno detrás de otro, con católica abnegación, para que las ingentes masas de pobres sigan siendo pobres como ratas y que les abran de par en par las puertas de los cielos.

La modestia de estos siervos de Dios llega al extremo de quitarse la tiara y hacerse pasar por un peatón con sotana, como el obispo de Cartagena, José Manuel Lorca Planes, que fingió que era un capellán en el registro de la Consejería de Salud para no distraer al personal. Anda que no es humildad, disfrazarse de capellán pudiendo haberse vacunado de obispo. Otro tanto hizo la plana mayor de la diócesis (su secretario personal, Maximiliano Caballero; el arzobispo emérito de Burgos, Franciso Gil Hellín; el canónigo de la catedral, Tomás Cascales; y el obispo auxiliar, Sebastián Chico), que acompañó al obispo en el mal trago como un solo hombre, un solo brazo y una sola casulla. Después comentaron que en ningún momento pensaron estar actuando mal y que creían que había vacunas suficientes. Dicho de otra manera: Dios proveerá.

En los primeros días de la pandemia se observó a ciertos mariscales del clero llamando a la oración, mientras que algunos sacerdotes se atrevían a luchar contra el coronavirus a fuerza de hisopos, bendiciendo poblaciones enteras montados en un coche o un helicóptero. En esto, como en tantas otras cosas, España señala al mundo el camino, demostrando que seguimos siendo la reserva espiritual de Occidente. Hay un par de medicamentos en pruebas, uno de ellos un antiviral made in Spain, que prometen una terapia exitosa contra la enfermedad, pero lo verdaderamente español es rezar mucho y confiar en los santos, que para eso tuvimos un ministro del Interior que condecoraba a la Virgen y usaba a su ángel de la guarda para que le ayudara a aparcar el coche. A Agustín de Foxá le preguntaron una vez por dónde andaba un ministro de Exteriores que era beato hasta extremos recalcitrantes. “Se habrá ido de curas”, respondió. Al César lo que es del César y a Dios también lo que es del César.

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