‘The GOAT’

El resultado del domingo no cambiará gran cosa, si Brady gana su séptimo anillo de Super Bowl sobre diez jugados, seguirá sin convencer a una multitud de aficionados y especialistas que tampoco así, lo reconocerán como el mejor mariscal de campo de todos los tiempos, mucho menos como el mejor jugador. Y si lo pierde, aun jugándolo con 43 años, alimentará las sombrías teorías alrededor de su carrera, su carisma y sus estadísticas.

Brady, como está sucediendo con los grandes atletas de nuestra época, jamás encontró la aprobación de la mayoría, requisito indispensable para obtener el certificado de leyenda. Si no ha sucedido con Messi, Cristiano, Michael Phelps, Usain Bolt, Lewis Hamilton, LeBron James o Rafael Nadal, cuyos críticos minimizan o ponen en duda la magnitud de sus hazañas, ¿por qué iba a suceder con Brady?

Vivimos tiempos dudosos, en los que ni siquiera un deportista es capaz de ofrecernos confianza en algo tan evidente como la contundencia, transparencia y constancia de un triunfo. Elegir al mejor futbolista, tenista, nadador, boxeador o basquetbolista, no es lo relevante. A final de cuentas esa denominación es otra etiqueta. Lo preocupante es la incapacidad para admitir el incuestionable valor de una carrera tan exitosa e inigualable, alentando la duda, fomentando el desprecio por un rival o utilizando argumentos tan frágiles como: me cae bien, mal, o regular.

En los próximos días, Brady estará tan cerca de su retiro como de la eternidad. Algunos esperan deshacerse de él lo antes posible sin saber lo difícil que será volver a ver un jugador igual, y otros, buscarán extender ese legado a futuras generaciones.

Existe una marcada discusión sobre la herencia que inevitablemente dejará en la NFL. Como aficionados, nadie nos obliga a aplaudir, admirar o rendirnos ante él; con Brady, se está perdiendo un factor fundamental del deporte: su capacidad de asombrar.

https://www.milenio.com/opinion/jose-ramon-fernandez-gutierrez-de-quevedo/

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