Mientras nuestro rey emérito languidece en algún lugar de los Emiratos Árabes Unidos y su hijo pena tanto sus torpezas como las de su padre, quizás convenga recordar los mitos y leyendas que hablan de los orígenes y decadencia de la institución que encarnan, pues podría ser que el descrédito en el que nuestros reyes han caído sea un acto de justicia destinado a reparar, no ya la usurpación de méritos que no les corresponden, caso de la Transición a la Democracia en España, frenada más que impulsada por nuestro antiguo monarca, sino la usurpación de la propia generación y sostenimiento de la vida que con su muerte los reyes de antaño debían representar y los contemporáneos han esquivado.

En efecto, los mitos y leyendas hablan de un tiempo, en el que se celebraban muertes de reyes, equiparados a dioses, los cuales estaban casados con diosas que tenían por costumbre cambiar cada año a su esposo y amante por el hijo de ambos. La muerte del dios rey, unas veces ejecutada por él mismo y otras por su hijo, tenía como misión asegurar que la vida colectiva quedara renovada, como sucede en la propia naturaleza, con sus constantes ciclos de nacimiento y muerte. Por eso, en la cultura minoica los reyes tenían un mandato de 9 años al cabo del cual debían desaparecer. En Sudán lo sacerdotes se ocupaban de que se diera muerte al rey después de un periodo de 7 años o si las cosechas o los rebaños se malograban. Y al sur de la India, en Malabar, el Rey-Dios tenía que sacrificarse a sí mismo al término de 12 años, que es el tiempo que necesita Júpiter para dar la vuelta al zodíaco. Encima de un andamio y frente a la multitud, el rey-Dios tomaba algunos cuchillos muy afilados y empezaba a cortar trozos de su cuerpo y los arrojaba por todas partes hasta que perdía tanta sangre que empezaba a debilitarse y entonces se cortaba la garganta. Se entiende, a partir de estos ejemplos, por qué Agamben ha escrito que “soberana” es la esfera en la que se puede matar sin cometer homicidio y “sagrada” (es decir, expuesta a que se le dé muerte) es la vida que ha quedado prendida en esta esfera.

Como es sabido, luego los reyes y sus dioses se independizaron del mundo volviéndose celestes, delegaron en sus súbditos la obligación de morir e hicieron suyo y personal todo el poder que corresponde a lo sagrado. Sin embargo, este cambiazo dejó de surtir efecto desde aproximadamente el año 1000 y con posterioridad languideció hasta convertirse en un conjunto de ideas y costumbres carentes de sentido que, poco a poco, se convirtieron en anacrónicas. Por ejemplo, el 27 de abril de 1340, el Hermano Francisco, embajador del rey de Inglaterra Eduardo III, se presentó ante el Dux de Venecia para obtener su apoyo frente Felipe de Valois, “que se dice rey de Francia” y que “reclama unos territorios de los cuales asegura que le han sido arrebatados por el rey inglés”. Lo que el Hermano Eduardo argumentó fue que “si Felipe de Valois es el verdadero rey de Francia, que lo demuestre exponiéndose a los leones, ya que es sabido que los leones jamás acometen a un verdadero rey, o bien, que realice el milagro de cuidar enfermos como acostumbran a hacerlo los otros verdaderos reyes de Francia”. Esta creencia en la capacidad de obrar milagros por quienquiera que fuese llamado a ocupar el trono desapareció en 1714 en Inglaterra y el año 1825 en el caso de Francia.

La pérdida de autoridad del Rey y de Dios también ha afectado a los valores de los señores o nobles. Más exactamente a la exigencia de que sus guerreros murieran por ellos. Es el caso, por ejemplo, de la ética samurái, según fue recopilada por Yamamoto Tsunetomo (1659- 1719). Al morir su Señor y no poder quitarse la vida, tal como había sido costumbre hasta entonces, se convirtió en monje y escribió un texto, Hagakure, que condensaba el estilo de vida de los samuráis, pero lamentando que el mundo ya no estuviera a la altura de tan altos principios y que los jóvenes hubieran preferido abrazar vidas superfluas dominadas por el dinero y las modas. Más de tres siglos después, el libro atrajo a Mishima (1925-1070), que lo convirtió en su texto de cabecera, incluso después de la Segunda Guerra Mundial, cuando dicho libro fue abiertamente dejado de lado e incluso criticado, ya que se entendió que formaba parte de la mentalidad bélica que arrastró a Japón al desastre. En tan aciago contexto, el propio Mishima puso voluntariamente fin a su vida clavándose un sable en las tripas, como hacían los antiguos guerreros. El caso es que en ese libro se recogen ideas patriarcales ya en franca decadencia que Mishima, en los años 60 del siglo pasado, y Yamamoto Tsunenomo, tres siglos y medio antes, ya lamentaban ver languidecer. Por ejemplo, “ofrecer la vida al señor, preocuparse a todas horas por el señor, dar la opinión teniendo en mente nada más que el bienestar del señor y trabajar activamente para engrandecer el señorío”.

Si tan anacrónicas resultan estas ideas es porque la ética servil y de sacrificio impuesta por reyes y dioses, una vez que esquivaron su obligación de morir e invirtieron la relación de deuda, ya no convence a casi nadie. Así que el mundo traído por los indoeuropeos hace entre 8000 y 5000 años, que encumbró a sus fieros dioses y convirtió a las diosas en serpientes y dragones a las que se debía matar, está muriendo. De hecho, la propia figura del padre, hasta no hace mucho el eslabón principal que introducía en el alma de los sujetos la exigencia de obediencia, hace aguas por todos los lados. Hoy los sujetos son inmunes a los relatos que inculcan ese hábito, pues en su interior se ido haciendo hueco una subjetividad distinta, de carácter fratriarcal, caracterizada por la horizontalidad, en la que el miedo, la culpa, el sacrificio y otros valores por el estilo ceden paso, como no cesa de recordarnos Andrés Ortiz Osés, al amor. No al amor afrodisíaco, sino al Eros primordial, que se caracteriza por unir y vincular entre sí todo lo existente, desapareciendo así las distinciones, jerarquías y contradicciones sobre las que se ha sostenido el mundo apadrinado por los reyes y sus acompañantes.

Cierto que gran parte de la economía, de la política e incluso de la ciencia no arraigan en este nuevo sistema de valores, pues siguen necesitando enemigos de los que distinguirse y objetos que explotar o investigar. Sin embargo, no es menos cierto que cada generación de jóvenes vive más cerca de los nuevos valores, lo cual no sólo hace inviable la función clásica del padre, sino instancias y personajes que tiempo atrás estuvieron por encima y la legitimaron, como los guerreros, los nobles, los reyes e incluso el enfurecido dios del Antiguo Testamento. Por eso es tan anacrónico el debate sobre cualquier rey, emérito o no. La propia monarquía ha perdido cualquier sentido y ya no hay relato de ninguna clase que la avale de un modo que resulte creíble.

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