¿Por qué los poetas quieren regalarnos la Luna?

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PALOMA JIMÉNEZ GÁLVEZ

Mientras la madre Gea y el padre Urano permanecieron en unidad, ella cobijada por la cúpula celeste, él reposando en el regazo fértil y aterciopelado de la naturaleza, el Cosmos copulaba en perfecta armonía. Sin embargo, tanta creación no podía quedar oculta. Gea estaba llena, rebosante, necesitaba manifestar su esplendor y su belleza. Los científicos han llamado a este acto big bang, en cambio y de distintas maneras, los poetas lo evocan como un parto cósmico.

Después de castrar al padre, Cronos, el más joven de los hijos de Urano, vio cómo los cielos se separaban de la Tierra, surgieron los océanos, entró el tiempo a regir, los ciclos comenzaron a girar en periodos de nacimiento, desarrollo, muerte y transformación… La paradoja brotó del distanciamiento, así que para reconciliar contrarios, de la espuma del mar, impregnada del esperma celeste nació el amor: Afrodita emergió de las profundidades montada en una concha marina y rodeada de los atributos que la acompañan: palomas, gorriones y rosas. Cronos, por su parte, va ataviado con la temible hoz y el cuervo que simboliza el oráculo y el sacrificio.

“Llegaste a mí como las aguas de los mares, con tanta fuerza que en tus brazos me prendí… o Adoración mi vida, muchacha consentida, cariño del cariño, desde que tú me quieres se me llenó de rosas mi desierto camino”.

El tiempo necesita del amor y el amor se da en el tiempo. No son precisamente opuestos, de alguna manera, se requieren. Por esa razón los poetas que saben que el tiempo destruye mientras el amor crea, cantan para explicar la paradoja. Serán siempre los símbolos los que alumbren el lenguaje poético. Las palabras de amor, cargadas de alegorías y metáforas expresan así aquel parto cósmico. No obstante, la luna es la imagen que protagoniza los versos de los cantores:

“Atrás de la montaña hay una luna para ti que yo te voy a dar el día que seas feliz…” (José Alfredo Jiménez). “Yo quiero luz de Luna para mi noche triste, para cantar divina la ilusión que me trajiste…” (Álvaro Carrillo). “Contigo aprendí a ver la luz del otro lado de la Luna…” (Armando Manzanero). Cantautores más contemporáneos, insisten: “Que todas las noches sean noches de luna, que todas las Lunas sean Lunas de miel…” (Joaquín Sabina). “Te bajaría del cielo, mujer, la Luna hasta tu cama, porque es muy poco de amor, solo una vez por semana…” (Andrés Calamaro), por citar algunos ejemplos.

El filósofo francés Paul Ricoeur señala que para que un símbolo sea pleno debe contar con tres dimensiones: la onírica, la cósmica y la poética. No tenemos duda de que estos versos reúnen las condiciones señalas. Lo que a mí me intriga es ¿por qué los poetas quieren regalarnos la Luna?, símbolo femenino por excelencia. Creo que desean volver a la unidad quebrantada y así restablecer la relación de armonía que mantenía a los enamorados en himeneo. La Luna con sus misterios, somos nosotras mismas, de ahí que nos busquen.

Himeneo era un Dios que debía presidir las ceremonias matrimoniales; podría parecer aleatorio, pero es curioso saber que inspiraba las fiestas y las canciones. Por otra parte, es un género de la poesía lírica griega y de su nombre deriva la palabra himno.

“El cielo está pintado del azul de la ilusión; el mundo en que vivimos es nomás para los dos…”

Los tuaregs elaboran el azul con una planta llamada índigo, ellos saben que ese es el color del mundo, que el cielo es el techo de sus moradas, pues ellos siempre viajan en su desierto rumbo a la ilusión, igual que los enamorados. Miguel Hernández, por su parte, lo expresa así: “El mundo de los demás no es el nuestro: no es el mismo… Pero las cosas se forman con nuestros propios delirios. El mundo de los demás no es nuestro no es el mismo… Nadie nos ha visto a nadie, ciegos de ver hemos visto”.

Los símbolos cósmicos titilan en la cúpula uránica para dejar que los rapsodas se llenen de inspiración y este 14 de febrero puedan decir cositas muy bonitas al oído de sus amadas o para cantar en sus ventanas:

“El cielo de Chihuahua fue testigo del beso que me diste y que te di, la luna de Parral brillo esa noche como ninguna luna ha brillado para mí… y si alguien separara nuestras vidas el cielo de Chihuahua las volvería a juntar”. 
https://www.milenio.com/opinion/

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