No solo es AMLO

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EPIGMENIO IBARRA

Ni Gandhi ni Mandela tenían asegurado un público entregado a su causa —sostiene Howard Gardner—. Tuvieron que crearlo desde cero, sin incentivos económicos ni armas políticas de coacción. No se limitaron a contar con más eficacia un relato sencillo y familiar —precisa este pensador estadunidense contemporáneo— afrontaron una tarea de proporciones mucho mayores: desarrollar un nuevo relato, contarlo bien, encarnarlo en su propia vida y ayudar a los demás a comprender porque debía triunfar…”

Esta también ha sido la tarea de Andrés Manuel López Obrador: construir, encarnar, compartir un nuevo relato, el que establece que es posible y urgente la transformación pacífica de nuestro país. Luego de más de dos décadas de lucha y pese a la oposición de todo un régimen —uno de los más longevos, corruptos y corruptores de la historia— ese relato se impuso, al grado de llevarlo a Palacio Nacional convertido en el Presidente más votado en la historia de México.

Desde muy temprano la derecha percibió la amenaza que representaba López Obrador con su discurso —”rústico y simple”, según sus intelectuales orgánicos— y empeñó todo su enorme poder mediático en desmentir, en desacreditar ese relato que, por todo el país —como candidato antes, como Presidente ahora—, el tabasqueño repitió y repite una y otra vez. Se equivocó y se sigue equivocando la derecha al terminar reduciendo al ahora mandatario a los rasgos y epítetos que, al caricaturizarlo para destruirlo, le atribuye. 

Fallar en el intento de impedir que llegara a la Presidencia no fue suficiente para que la derecha conservadora asumiera las reglas de la democracia y jugara limpio. Hoy, valiéndose de todos sus medios y periodistas, está empeñada en provocar la caída de López Obrador.  Como en los tiempos de Francisco I. Madero hoy somos, de nuevo, testigos del linchamiento mediático de un Presidente que, como sucedió en 1910, encabezó una revolución —ahora pacífica— que puso fin, en las urnas, a un régimen autoritario. 

“Madero no tuvo —escribió su compañero Federico González Garza— enemigo más cruel, más despiadado… que el grupo de periodistas que antes habían sido admiradores o lacayos de la dictadura y que se dedicaron a minar y socavar el gobierno de la revolución, alterando siempre la verdad, lanzando las más infames calumnias sobre él, hasta lograr dejar en el ánimo popular la impresión de que era incapaz de gobernar y por lo tanto había que aplastarlo junto con su gobierno y restaurar el antiguo régimen con todas sus ignominias”.

Las circunstancias han cambiado pero el objetivo de los conservadores sigue siendo el mismo: desprestigiar, deslegitimar a López Obrador para provocar que la gente lo abandone. Oponer al relato de la transformación el de la desilusión, el de la resignación y el deseo de volver al pasado infame pero, en tanto que conocido, seguro. En 1911, contra Madero se unieron traidores de uniforme, oligarcas rapaces y periodistas venales. La fuerza combinada de la plata, el plomo y la calumnia terminaron por aislarlo en Palacio y facilitaron la tarea al verdugo.

Lo que la derecha no entiende es que no sólo es López Obrador, aunque sobre él —por esa deformación presidencialista tan propia de los servidores del régimen autoritario— concentren todos sus ataques. En millones de mexicanas y mexicanos ha encarnado —como decía Gardner— el relato de la transformación del país a la que consideramos un derecho inalienable y un deber que es preciso cumplir a toda costa porque, como decía una pinta en Ciudad Universitaria, “Si no somos nosotros, ¿quién? Si no es ahora, ¿cuándo?”

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