Mujeres en una chabola en Santa Cruz de Tenerife. AFP/DESIREE MARTIN
En su libro El feminismo es para todo el mundo dice bell hooks que la traición más profunda de las mujeres privilegiadas que se autodenominan feministas es que se han retirado de la lucha contra la feminización de la pobreza. Puñetazo en el estómago. Es verdad, como dicen muchos analistas políticos que la igualdad material ha sido desplazada a un lugar periférico del debate político y que cuesta mucho poner la desigualdad económica en el centro de los programas políticos y, sobre todo, en el centro de las preocupaciones de la ciudadanía, aunque la mayoría de estas preocupaciones estén directamente relacionadas con dicha desigualdad. Cuesta que se vea así, y no es extraño, porque hay un inmenso aparato propagandístico dedicado a crear esa disociación. Y sin embargo, las cifras de la desigualdad son terribles y crecientes y lo cierto es que las sucesivas políticas que hacen crecer la desigualdad son poco contestadas mientras que sabemos que la gente puede echarse a la calle por cuestiones que parecen mucho menos importantes para la vida. 
El triunfo del capitalismo es haber conseguido que las personas no responsabilicen a la desigualdad económica de sus malas vidas o que esta aparezca, de una manera extraña, desconectada de la política.

Lo mismo le ocurre al feminismo. Lo cierto es que mientras algunas mujeres ganan en igualdad, en el cómputo global la brecha de género se agranda entre otras cosas porque ya sabemos que unas mujeres ganan en detrimento de otras. El feminismo ha hecho mucho por todas las mujeres, pero no ha logrado que los avances sean a coste cero. Si las mujeres de clase media de los países ricos han conseguido ganar el mismo salario por el mismo trabajo que los hombres de su clase es porque hay muchas mujeres que ganan mucho menos que los hombres de su clase. El caso de las trabajadoras domésticas es paradigmático porque sigue sin cuestionarse la necesidad de su abolición como servicio privado como uno de los objetivos feministas, y desde luego, y antes que nada, el trabajo doméstico interno.

Uno de los mayores desafíos que tenemos las mujeres globalmente es hacernos cargo de que los avances en la igualdad de género han ido de la mano de la desigualdad socioeconómica de la mayor parte del planeta. Eso somos las mujeres, la mayor parte de los pobres del planeta. Afortunadamente, el feminismo conserva un hilo fuerte que le ata siempre a las condiciones materiales porque la lucha por la autonomía femenina y por la igualdad con los hombres tiene que pasar necesariamente por cuestiones como la brecha salarial, la precariedad, el desempleo, los bajos salarios, la discriminación laboral horizontal, la sanidad, la vivienda etc.  Pero es cierto que en el imaginario cotidiano feminista, como en el imaginario político general, la igualdad material se ve desplazada a un lugar periférico en el que es fácil considerar esas cuestiones como subsidiarias. Una vez una feminista me dijo que no se identificaba con un manifiesto del 8 de marzo porque parecía el manifiesto de un sindicato obviando que, en realidad, aquel manifiesto ponía el foco, justamente en la pobreza y la desigualdad material de las mujeres.

Cierto que la desigualdad de las mujeres no es sólo material pero la división sexual del trabajo, una institución fundante del patriarcado ata en un mismo pack la desigualdad material y la desigualdad simbólica y de valor. Atacar la desigualdad sexual del trabajo es atacar todo el entramado de expectativas de género y de roles sociales que determinan qué trabajos u ocupaciones ocupan las mujeres y, desde ahí, cuáles valen y se valoran más y cuáles menos. También a partir de ahí, unos trabajos recibirán no sólo mayor consideración social y otros menos (aunque estos sean imprescindibles), sino también mayor o menor salario (o ninguno en absoluto), según estén ocupados mayoritariamente por hombres o mujeres.

Estamos en un momento de reacción patriarcal en cuanto a nuestros derechos y libertades, pero esta reacción no es sólo ideológica, es también económica, y esta pasa más desapercibida en general. La actual pandemia, y la situación económica, nos pueden hacer retroceder décadas.

La última Encuesta de Población Activa (EPA), relativa al tercer trimestre del año, no solo muestra que la tasa de paro femenina es mucho mayor que la de los hombres, sino también que esa diferencia está creciendo con fuerza. En concreto, a 30 de septiembre alcanzó los cuatro puntos porcentuales, lo que supone un 300% más que en los peores momentos de la crisis vivida hace una década. Recientemente hemos conocido el informe de seroprevalencia del Instituto Carlos III sobre el impacto de la crisis en los trabajos esenciales y la consecuencia es demoledora: la pandemia ha arrasado a las trabajadoras precarias y a quienes se dedican a los trabajos de cuidado, precisamente aquellos que se han demostrado esenciales. No sólo no hemos aprendido nada respecto a la vulnerabilidad social sino que se nos está advirtiendo que se pueden perder millones de puestos de trabajo.

Estamos en una encrucijada y podemos retroceder décadas en derechos de las mujeres si no somos capaces de dar un giro radical hacia una sociedad de transición feminista que contemple un giro de modelo económico en clave de igualdad entre mujeres y hombres.  Este es ahora el mayor reto que tenemos.

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