La cabeza de Medusa

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JORDI SOLER

Vuelvo al asunto del enamoramiento, ese fenómeno tan común que, a pesar de los miles de ensayos y ficciones que han tratado de explicarlo a lo largo de la historia, sigue siendo un misterio. ¿Por qué, de todas las posibilidades que tengo, me enamoro de una sola persona? 

Ya alguna vez habíamos apuntado, en esta misma página, que no son las coincidencias que tenemos con la persona amada las que nos enamoran, sino las diferencias; no nos enamoramos de nuestro igual sino de nuestro opuesto complementario.

El enamoramiento verdadero es el que está fundamentado en la atracción de los opuestos, porque los iguales, las almas gemelas, no se complementan, se reflejan, y ya se sabe lo que le pasó a Narciso con su reflejo. No se enamora uno de su media naranja, sino de la horma de su zapato.    

En ese esfuerzo por desentrañar el misterio del enamoramiento, que han hecho desde hace diez mil años, desde los tiempos de Homero, digamos, poetas, filósofos y científicos, vibra con una inquietante intensidad esta idea del psicoanalista italiano Massimo Recalcati, que afina un poco más el enamoramiento fundamentado en las diferencias: “El amor no es empático, no está fundado en la comprensión recíproca, en compartir, sino que es respeto por el secreto absoluto del Otro”.

No sólo nos enamoramos de las diferencias de nuestro opuesto complementario, también de sus enigmas: “los lazos de amor capaces de durar en el tiempo y de ser generativos son aquellos que no disipan nunca el enigma del deseo del Otro”, dice Recalcati.

Desde esta perspectiva parece que el empeño por conocer a fondo a la persona de la que estamos enamorados es un error, porque una vez descifrado el otro pierde su encanto. La idea tiene algo de hechizo, de conjuro: el enamoramiento se disipa en cuanto se llega a conocer a fondo al otro, para conservarlo hay que respetar sus secretos, no tratar de descifrarlos, protegerlos para protegernos porque son como la cabeza de Medusa, que liquida a quien se atreve a mirarla.

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