El sentido de la vida

imagen pluma firmas

PAULINA RIVERO WEBER

Siempre pendiente de lo políticamente correcto, casa Disney ha dado un par sorpresas de corte ético, seguramente por motivos económicos. La primera es la lista de películas segregadas, a las cuales agregó una nota inicial que advierte que la película es racista: expone estereotipos que ya no son apoyados por la firma Disney. Entre ellas está Dumbo: ¿Cómo olvidar al cuervo Jim y sus amigos, cantando y hablando como estereotipos afroamericanos, cuando precisamente fueron las leyes “Jim Crow” (Jim Cuervo) las que permitieron la segregación racial en Estados Unidos hasta 1965? Parece ser que finalmente la firma Disney reconoce e intenta limpiar su pasado, tan racista como su fundador.

La segunda sorpresa es su último filme, Soul. Se trata de una película que gira en torno a ese género musical, una de las muchas aportaciones de las culturas africanas a ese país. Pero esta película no solo se refiere al género musical; apela al significado original de soul como “alma”, a saber: esa parte del individuo que, de acuerdo con muchas creencias, sobrevive después de la muerte.

De las muchas propuestas filosóficas que aparecen en la película, la más fuerte no alude a creencias en una existencia post mortem, sino aquello que podemos llamar “el sentido de la vida”. Este tema, tratado tanto por filósofos como por científicos, es finalmente un asunto que todas las personas enfrentamos algún día. Hay quienes le sostienen la mirada; otros le dan la vuelta y la olvidan.

Una de las respuestas de Soul es simple, en el buen sentido: estamos aquí para disfrutar de cómo el viento hace volar las hojas de los árboles; para inhalar el aroma de un buen café; para respirar hondo y vivir el momento presente en que consiste la vida. Ella es un presente en el sentido de la presencia y también como un“regalo”.

Valorar la vida de ese modo,se logra a través de los sentidos. Es ese “mundo sensible” que tanto menospreció Platón en aras del “mundo inteligible”, el que nos permite estar plenamente en el momento presente. El pensamiento racional y la inteligencia juzgan ya ese momento originario brindado por los sentidos. Podemos desayunar quejándonos de la pandemia o saboreando la orilla quemadita de la tortilla, cuando se camina, se camina; cuando se come, se come; cuando se discute, se discute.

El presente es lo único que hay. Pero no sabemos vivirlo, porque requiere ser comprendido desde el cuerpo y vivimos razonando casi de tiempo completo. La atención plena a aquello que expresa el cuerpo nos conecta con el momento presente: los aromas, colores, sonidos, las texturas y los sabores, abren de una cierta manera el mundo cuando no lo juzgamos de manera racional, cuando fluimos con la sensación.

Soul sostiene que el sentido de la vida no es lograr algo, sino aprender a vivir feliz. Quien crea que eso se logra únicamente con recursos económicos, está en un error: un gran porcentaje de nuestra vida es un estado psicológico; todo cuanto acontece, lo hace en el escenario de nuestra psique. La misma tarde de lluvia puede provocar sensación de cobijo o de desamparo; los mismos sucesos pueden ser motivo del mayor descontento o de una carcajada; las mismas palabras pueden interpretarse como un signo de amor o como una evidente muestra de desamor.

No pretendo negar la realidad ni sus determinantes materiales: hay un sentido elemental que nos deja ver que las necesidades básicas deben estar cubiertas, e igualmente no es lo mismo vivir con un hombre decente a vivir con un golpeador. Pero todo cuanto vivimos podemos transitarlo con un temple generoso o uno resentido; podemos hacerlo con aceptación a la vida o con rechazo. Por eso la felicidad no viene de fuera, ni viene de logros personales. La felicidad radica en la forma en que nos relacionamos con todo lo que nos rodea.

Mientras escribo esto, don Gabriel, un jardinero ya muy entrado en años con fuertes problemas de salud, se acerca sonriente para mostrarme el carrizo que trajo para limpiar un árbol y recuerda: Cuando yo era niño agarrábamos carrizo y le hacíamos un agujerito acá y otros dos acá. Les metíamos una varilla a presión y al jalarla salía disparada la “bala”. Así bajábamos los mangos o chicozapotes y a veces matábamos grillos. Mi mamá nos regañaba por andar matando grillos. Pero así nos divertíamos. Con carrizo más grueso hacíamos flautas y sonaban bien.

Al ver mi interés en la elaboración de sus juguetes, continúa: A las cajas de cerillos les metíamos dos alambritos y les poníamos sus llantitas de madera. Y así nos divertíamos. Mi abuela tejía el hilo con algodón y ceniza y mi papá fabricaba la cuerda para los trompos que él nos hacía con madera y un clavito que les metía. Nos trepábamos a los cazahuates y a una flor la hacíamos como un conito y ahí le exprimíamos la miel de otras flores. Comíamos su miel y así nos divertíamos…

La vida de Don Gabriel es un conjunto de aparentes anécdotas que nos dejan ver una forma de vida. Él no asume su pasado bajo el tinte de la pobreza sino de una vida en la que la naturaleza proveía lo necesario: narra sus recuerdos con una amplia sonrisa de satisfacción y concluye diciendo: “y así nos divertíamos”. Me imagino que en el fondo él lo sabe: el sentido de la vida no es lograr algo, sino soltar toda pretensión de “tener más” o de “ser más” y caminar feliz.

No se trata de llegar a un punto, sino de disfrutar el camino de manera empática hacia la vida que nos rodea. Dejar de pretender “tener” o “ser”, para aprender a “estar”: a veces podemos lograrlo, a veces no.

En buena medida, la vida es un estado mental.

https://www.milenio.com/opinion/paulina-rivero-weber

Deja un comentario