A las puertas de lo que sin duda va a ser una nueva gran crisis económica las personas tienen miedo: un miedo legítimo y alimentado desde hace 20 años por discursos sutiles y securitarios globales.

Está pegando fuerte estos días la mini serie de la BBC, Black Earth Rising , del guionista, director y productor Hugo Blick sobre le genocidio de Ruanda de 1994. Aparte de la importancia de conocer este espantoso capítulo de nuestra historia contemporánea, dibujado en este trabajo con muy pocas concesiones para todas las partes, incluida la desastrosa comunidad internacional, Black Earth Rising es un indispensable retrato de como la desinformación y el odio actúan en una sociedad. El vector del odio es siempre el miedo, que ciega a las personas que se contaminan haciéndoles pensar que esa rabia que les embarga es lo que les permite actuar contra algo que les asusta. El odio crece, la rabia crece y desborda y se convierte en acciones que las personas contaminadas no miden hasta que es demasiado tarde. 

“El genocio del 94 no tiene comparación. Al menos 800.000 tutsis fueron asesinados en 100 días. Es la mayor matanza étnica de la historia moderna. Se coordinó por un grupo desesperado del gobierno hutu que llevó a su país y a ellos mismos a la locura con su propia propaganda. Propaganda que se esparció como un virus, un virus del miedo. Tan malo que los que se contagiaban dejaban de ver a los seres humanos como personas y veían insectos que había que erradicar sistemáticamente” (extraído de Black Earth Rising).

Esta historia no es única por desgracia. Obviamente con sus singularidades, las grandes lacras de nuestra historia contemporánea tienen características comunes: se dan en momentos de crisis económica, se abordan desde conflictos no resueltos, se estructuran a través del odio vehiculizado por propaganda basada en mentiras y desinformación y cuando estallan son imparables hasta que se agotan por sí mismas.

El odio es un carburante finito: cuando has acabado con el objeto primigenio del odio, necesitas crear otro objetivo odiable para seguir funcionando. En su libro Bajo el signo de la esvástica, Manuel Chavez Nogales explicaba desde la Alemania de 1933 que el primer objeto de odio de la propaganda nazi fueron las personas negras que tenían su origen en las colonias francesas. Francia había ganado la primera Guerra Mundial y era la responsable de la enorme crisis social y económica que sufría la población alemana, empobrecida, dividida por los pactos, devolviendo la deuda de toda Europa con su trabajo. A las personas negras se sumaron las personas de etnia gitana, un incomprensible objetivo histórico, un pueblo que ha pagado siempre muy caro su independencia y su proteccionismo cultural. Los judíos llegaron después, y no todos de golpe, sino por capas. Primero los usureros, y fueron agregando gremios hasta llegar a los banqueros. Primero adultos, luego niños. Ningún genocidio empieza definiéndose a sí mismo. 

En este tipo de conflictos no hay ganadores y aunque se acaban porque se extinguen, porque el nivel de deshumanización es insostenible, en realidad nunca terminan. El dolor generado se mantiene dentro de las personas directamente implicadas en ellos, en los verdugos y en las víctimas, que en todos los casos se encuentra en ambos bandos. Por eso es tan importante aclarar la historia y mirarla de cara, porque, aunque sea irreparable, mientras se recuerde el pasado con paz se puede evitar que el horror se repita en el futuro.

En España tenemos mucha historia de dolor y horror que en muchos casos no sabemos gestionar de la forma adecuada. A las puertas de lo que sin duda va a ser una nueva gran crisis económica las personas tienen miedo. Un miedo legítimo y también alimentado desde hace 20 años por discursos sutiles y securitarios globales. Y en este escenario hace tiempo que el odio, todavía un poco indeterminado, se está apoderando de nuestra sociedad. Los recientes incidentes vividos en Canarias, donde se han empezado a dar agresiones a inmigrantes, deben ser entendidos como avisos. Ya empezamos a pasar de la palabra a la acción ante la pasividad de una sociedad atenazada y divida en esta época tan distópica. 

¿Cómo podemos luchar contra este odio? Lo más importante es reconocerlo y eliminarlo de nuestra vida diaria. Los micro odios son muy peligrosos porque establecen un modelo de comportamiento que escala. Y como el odio es finito siempre debe ir a más. 

Luego es indispensable entender que el malestar colectivo necesita de soluciones colectivas. Los seres humanos somos, por naturaleza, gregarios. De modo que tenemos que crear tejidos comunitarios. Estas comunidades solo serán sostenibles si están unidas por aspiraciones de creación. El objetivo es construir todas juntas y se opone al de estar unidas por un afán de destrucción. Para conseguir comunidades constructivas necesitamos narrativas del amor, entendido este en su sentido más completo y fraterno. Necesitamos volver dar relevancia en nuestros espacios de debate y reflexión al amor y a la cocreación, al respeto y a la utopía. Y tenemos que dejar de lado, ni aunque sea para expresar nuestro desacuerdo, todo lo que tiene que ver con el odio. Enterrar el odio bajo una capa de enorme indiferencia, silenciar a los voceros, dejar de ver o escuchar programas que lo vehiculicen. Reconquistar el espacio propio y público. Esto es mucho más fácil si lo hacemos desde espacios cercanos como los entornos locales donde podemos encontrar muchos puntos de unión con las personas que nos rodean y podemos volver a soñar con un mundo mejor. 

Tenemos un enorme reto por delante para superar lo que viene sin repetir errores pasados de nuestra historia nacional, europea y global. Tenemos una enorme responsabilidad. Pero ya hemos demostrado muchas veces que sí se puede. Solo tenemos que recordar que el odio no da nada, no construye nunca y lo quita todo. Reivindiquemos el amor, todo el rato, a todas horas. 

Lucila Rodríguez-Alarcón

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