El día en que murió Umbral

En la primera frase de Umbral en Anatomía de un dandy, el documental póstumo que explora su figura, ya hay varias imprecisiones, las suficientes para comprender que Umbral sigue siendo terreno resbaladizo, un agujero negro con melena y bufanda, un enigma relleno de trampas, artimañas y equívocos, desde aquella voz que venía ronca y desfigurada a través de una armadura hasta la ropa traída desde diversos tenderetes literarios. Le dicen que en sus libros siempre habla de sí mismo y él responde que por supuesto: “Yo lo que tengo que hacer es contar mi vida, que es lo que han hecho los buenos, porque todas las vidas son iguales y tienen temas comunes a la especie humana”. La última afirmación es cierta, lo demás, desde luego, no: ni todas las vidas son iguales, como lo demuestra, sin ir más lejos, la de Umbral; ni los buenos (es decir, los grandes escritores) se han dedicado a contarnos su vida. No lo hicieron Homero, ni Cervantes, ni Shakespeare, ni Dante, ni Flaubert, ni Gogol, ni Poe, ni Conrad, ni Kafka, ni Borges.

Las excepciones vienen casi todas del lado de la lírica, que era el género al que propendía Umbral por naturaleza y donde nos regaló sus mejores páginas, ya vinieran envueltas con el disfraz de una novela, un libro de memorias o un artículo periodístico. Fue en el periodismo donde Umbral empezó a escribir, casi en defensa propia, soltando tinta como un calamar empeñado en emborronar su rastro, su infancia triste, su huida del colegio a la biblioteca donde trabajaba su madre, su oscura adolescencia de provincias que desmenuzó en varios libros y de la que lo sacó Miguel Delibes para ponerlo a escribir en los periódicos, ese pequeño ecosistema literario que él hizo grande, fastuoso, imprescindible, y donde encontró el refugio y la gloria.

Desde que se hizo famoso Umbral se disfrazó de Umbral, inventándose un personaje, un apellido y una leyenda, engoló la voz al estilo de Darth Vader, sólo que mucho antes, se puso la máscara de escritor y ya no pudo quitársela nunca, lo mismo que Darth Vader. Hay un momento en el documental que me produjo auténticos escalofríos: fue al oír a Umbral hablando con su hijo Pincho, la voz del niño, tranquila y risueña, junto a la voz del padre, alegre y soñadora, completamente distinta a la otra voz, el tono de ultratumba que exhibía en la radio y la televisión, en fiestas y entrevistas, presentando ante el mundo el figurón, el traje negro con el que quería ser recordado, el histrión que recogía los cheques, las palmadas en la espalda, las alabanzas y los premios.

En pocas páginas se vislumbra esa esquizofrenia esencial de un modo tan trágico como en Mortal y rosa, un libro que empezó con la alegría del padre que da la bienvenida al hijo y que acaba con el desgarro de la enfermedad, el dolor intolerable de la orfandad del revés, la nana inconsolable tras la muerte de Pincho. En ese diario a través de las tinieblas, en esa escritura en carne viva cuando ya no se puede escribir ni decir nada, Umbral descubrió la certeza definitiva, la que intentó esconder a lo largo de los años detrás de su careta de gárgola inconmovible, sus crónicas de la movida, sus columnas espléndidas, su perpetua existencia de luto entre jaranas y tertulias: “He conocido la única verdad posible: la vida y la muerte -tan vivida previamente- de mi hijo, y sin embargo he optado o estoy optando por el engaño, por el autoengaño, de modo que seré inauténtico para siempre. No creáis nada de lo que diga, nada de lo que escriba. Soy un farsante”.

Lo que no sale en el documental es que el 28 de agosto de 2007 dejó de escribir, o sea de respirar, y al día siguiente los periódicos que tanto había amado y a los que había engrandecido con su prosa incomparable prefirieron estampar en sus portadas la foto de un futbolista muerto en el campo de juego (todos excepto El Mundo, que era su casa desde 1989), un expolio que a él le habría cabreado o divertido mucho y que habría glosado y despellejado con unas cuantas metáforas antes de encogerse de hombros, ajustarse las gafas y pasar a otra cosa. Pero murió en una cama de hospital, en mitad de una columna inacabada que le estaba dictando a su mujer, María España, sin saber que iban a arrinconar su defunción detrás de una pelota de fútbol.

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