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“Más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”, reza un dicho popular castellano que no se aleja mucho de ese punto de vista experto para el que “la política es el arte de lo posible”. Por eso, tanta política profesional, con su amplia corte de votantes, descalifica las aventuras, huye de las incertidumbres y no tolera los cambios. Estas ideas puede que fueran sensatas hasta mediados del siglo XX, cuando lo improbable estaba relacionado con el desorden y éste con un cambio que sólo conducía a la destrucción del sistema. Sin embargo, hoy sabemos que en los sistemas alejados del equilibrio, como los vivos y sociales, puesto que el cambio es imprescindible para su supervivencia, tanto lo improbable como el desorden tienen propiedades positivas. Por desgracia todavía no tenemos en las instituciones ningún político que esté a la altura de estos tiempos y pregone “el arte de lo imposible”.

Afortunadamente, afuera hay mucha más vida. Uno de los conceptos que por ahí se maneja es la creatividad. Tiene que ver con la aparición de algo nuevo y, por lo tanto, imprevisto. En este sentido, suspende la validez de las instituciones encargadas tanto de conceder sentido como de facilitar la administración de las cosas. El problema de los dispositivos expertos de reflexión e intervención consiste en que si hacen comprensibles los fenómenos proporcionando sentido y reduciendo la incertidumbre, un acto de creatividad, por el hecho de traer consigo una novedad que antes era imprevista, pone precisamente en el foco de su reflexión aquello a lo que no puede nunca llegar. La única manera de que cualquier tipo de dispositivo experto esté a la altura de la creatividad es entonces que admita que no sabe.

En tanto que imprevisible, la creatividad parece tener algún parentesco con el riesgo. De hecho, ambas nociones aparecen en el mundo contemporáneo prácticamente a la vez. Por un lado, la creatividad, que ya venía haciendo saltar por los aires todas las artes desde el siglo XIX, desembarcó en la arena política a finales de los años 60 y se incorporó a la gestión empresarial. Por otro lado, que la sociedad sea productora de riesgos es algo que comienza a considerarse en los 70 con los debates sobre si son la bomba poblacional o el sistema económico los responsables de llevar el planeta al límite de sus posibilidades. Luego, en los años 80, se reflexionará sobre la aparición de situaciones sociales de riesgo e incertidumbre por la retirada del Estado del Bienestar y la nueva gestión neoliberal de la crisis. Pero es que, también en esa época, es cuando los riesgos comienzan a ser ampliamente desregulados y pasan a ocupar un lugar fundamental en la gestión financiera. Igualmente, en esos años, aumenta la preocupación por los riesgos psíquicos, pues se amplía el abanico de psicoterapias o psicofármacos y las listas de enfermedades mentales recogidas por los sucesivos DSM, cada vez más discutibles, no cesan de aumentar.

Que los riesgos sean negativos y la creatividad positiva es discutible. En efecto, a nivel político los riesgos han permitido la aparición de nuevas ideologías y cambiado la agenda de los gobernantes, lo que, sin duda, ha enriquecido y hecho más complejo el sistema político. En el ámbito económico, los riesgos esperados, que se miden con precisión y se cubren con reservas específicas, han permitido la aparición de un abanico de actividades que procuran interesantes beneficios. Con la creatividad ocurre lo mismo pero al revés. Si bien es cierto que cada vez se solicita más, no lo es menos que también se la teme e incluso hay serios intentos de protegerse contra ella a base de normativas, reglamentos y jerarquías que pretenden tenerlo todo bien atado y previsto.

Puesto que la creatividad y el riesgo hacen ambos referencia a lo improbable, algo que tiende a enriquecer los sistemas, y exhiben un carácter ambivalente, ya que atraen a la vez que se temen, tiene mucho sentido recordar a Hölderlin: “Allá donde está el peligro crece también lo que salva”. ¿Hay por ahí algún político profesional capaz de dejarse inspirar por el verso? Me temo que no. De un modo u otro todos son rehenes del arte de lo previsible y controlable. Nosotros, los brujos, no estamos de acuerdo. En nuestra opinión hay que acabar con la idea de que los hombres deban ser gobernados. De ahí que el 2006, escribiéramos aquella pintada en Oaxaca (México): “Nos quieren obligar a gobernar. No vamos a caer en esa provocación”.

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