Dos semanas sin López Obrador

Los clásicos aconsejaban mantener a la figura del soberano a buen recaudo del desgaste del ejercicio del poder y recurrir a voceros que dieran la cara y eventualmente enfrentaran la frustración popular. Secretarios de Gobernación o de Hacienda con frecuencia cumplieron ese papel en México en los últimos sexenios: fusibles capaces de recibir la descarga de una crisis política o económica, o el efecto erosivo del ejercicio de gobernar; piezas de recambio para cargar con las culpas y dejar a salvo la imagen presidencial. Ejemplos republicanos de una práctica utilizada por las monarquías en los siglos XVIII y XIX, en los que el amor del pueblo por el soberano se mantenía incólume mientras rodaban cabezas de sus odiados ministros. 

La estrategia consistía en dotar al líder de un aura de misterio, a fuerza de mantenerlo por encima de las vicisitudes diarias; hacerlo invulnerable gracias al ocultamiento; sostener un prestigio nunca puesto en riesgo. Parte del apoyo popular del que goza Vladímir Putin o, en su momento, Juan Domingo Perón, tiene que ver con el hecho de que se convirtieron en símbolos entre otras razones porque prefirieron mantener oculta la mayor parte de las cosas que pensaban. Escasas apariciones públicas, exhortos genéricos capaces de ser interpretados según las circunstancias lo requirieran y, llegado el caso, portavoces desechables.            

López Obrador, en cambio, es un hombre sin pararrayos. Por convicción, personalidad y cálculo político decidió recurrir a la estrategia completamente opuesta. Ser su propio embajador, hacer de su pecho un escaparate, operar sin filtros. Un hecho que revela la inmensa confianza que tiene en sus capacidades, en la bondad de sus certezas y en el poder transformador de sus propuestas. Admirable y temible al mismo tiempo: admirable porque da cuenta de una voluntad tozuda e inquebrantable para morir en la raya antes que rendirse o traicionar sus banderas; temible, porque la anterior es una batería de atributos muy poco propicia para la rectificación o la autocrítica. 

Tengo la impresión de que su rechazo al tapabocas o a evitar una silla durante las dos horas o dos horas y media que duran las mañaneras, tiene que ver con la imagen que posee de sí mismo como un líder sin fisuras ni vulnerabilidades. El resto de los comparecientes en esas sesiones puede estar sentado en tanto no use la palabra, pero no es el caso del Presidente. Siempre de pie, incluso cuando debe ser testigo de largos informes o extendidas respuestas de sus subordinados. Nada que denote una fragilidad o un atisbo de debilidad. En su lógica, el Presidente encarna la fortaleza de la Nación, y eso es lo que él debe proyectar. Lo ha dicho, “yo, ya no me pertenezco”. 

Algunos comentaristas sugieren que este paréntesis de dos semanas tendría que llevar a un replanteamiento de las mañaneras. Se afirma que, más allá de algunos deslices de parte de Olga Sánchez Cordero, secretaria de Gobernación, explicable por su desconocimiento de las rutinas, la suplencia que ha hecho del Presidente ha sido un aire fresco para contemplar los esfuerzos del gobierno desde una perspectiva distinta, lo cual enriquece a la 4T. Y, en efecto, se agradece el tono no belicoso y sí apaciguador de sus intervenciones, y más aún su profundo conocimiento de los temas de género y de justicia y sus intervenciones al respecto.  

A partir de esta experiencia, en general positiva, se ha comentado la conveniencia de permitir que uno o dos días de la semana la mañanera fuera presidida por un ministro del gabinete para enriquecer y ampliar tal ejercicio. Desde luego, eso no va a suceder. Primero, porque el Presidente está convencido, y me parece que con razón, de que el apoyo popular del que goza se alimenta de la constatación cotidiana, al menos narrativa, de estar gobernando a favor de los pobres y a contrapelo de los privilegios. Segundo, porque AMLO concibe a esta trinchera como un espacio imprescindible para salir al paso de lo que considera distorsiones, falsedades o exageraciones que se vierten en los medios cada 24 horas. Y tercero, por una razón de orden práctica: Olga Sánchez Cordero no es “presidenciable”, sea por su edad o su carrera dentro de la Corte y alejada de la política profesional. Pero no sería el caso de cualquiera de los varios suspirantes que al momento de sustituir al mandatario, serían objeto de todo tipo de grillas, algo que no les beneficiaría a ellos ni a al régimen.

Así que, al margen de los muchos comentarios que deja la cuarentena del Presidente, este paréntesis de dos semanas no habrá sido más que eso, un paréntesis. Que López Obrador haya o no haya aprovechado la oportunidad que no había tenido para reflexionar a la distancia sobre lo que han sido estos dos años y las maneras de continuar, lo sabremos hasta el próximo lunes.

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