Diez años después: la cara no religiosa de México

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LUIS PETERSEN FARAH

Empezaba así: “En el nuevo retrato de México aparece un rasgo importante. Según el Censo 2010, más de 5 millones de mexicanos se declaran sin religión. Se trata de una de las opciones que crecen en el país mientras el catolicismo baja lentamente”. Lo escribí en estas páginas, solo que hace 10 años (La cara no religiosa de México, 27 de marzo de 2011).

Lo significativo, decía entonces, “no es tanto la cantidad de no religiosos, sino el hecho de que el porcentaje se empiece a mover y a generalizarse en algunas regiones”: llegaba a 4.7 por ciento.

Volvamos al presente. Se publicaron ya los resultados del Censo 2020 y, en cuestión de religiones, la noticia es que más de 13 millones de mexicanos (10.6 por ciento) se describen ahora como “sin religión” o como “creyentes sin adscripción”. Ojo: de esos trece millones, solo un 5.4 por ciento se considera ateo; un 23.5 por ciento se ve como creyente sin iglesia y un 71.3 por ciento como simplemente sin religión.

El tema fue analizado el miércoles en el programa Sacro y Profano, de Canal Once, por Bernardo Barranco y las especialistas Renée De la Torre Castellanos, investigadora del CIESAS, y Cristina Gutiérrez Zuñiga, de la Universidad de Guadalajara.

El aumento en estos rubros sin religión es la gran sorpresa del Censo 2020, comentaron. Es el verdadero salto, más que el decrecimiento del catolicismo o que el crecimiento de las iglesias evangélicas, que resultaron movimientos más suaves: “Ahí la sorpresa es que no haya sido mayor”. 

En efecto, el catolicismo entre los mexicanos bajó en estos 10 años de 82.7 a 77.7 por ciento. Ahora hay poco menos de 98 millones de católicos. Ha sido un descenso constante, pero muchos lo esperaban mayor. Lo mismo que el crecimiento del conjunto (disperso) de las iglesias cristianas evangélicas, que pasó de 7.5 a 11.2 por ciento y llegó a 14 millones de mexicanos.

El dinamismo de las creencias religiosas va, al parecer, por otros caminos. Más bien se puede hablar, dicen las expertas De la Torre y Gutiérrez Zúñiga, de que ante la constante pérdida de la hegemonía católica, comienza a ganar una diversificación tanto en las creencias como en la forma de adscribirse.

En otras palabras, la mayoría de los mexicanos “sin religión” sigue siendo creyente, pero prefiere estar fuera del “modelo-iglesia”, que suele estar cimentado en los principios de jerarquía y de normatividad.

A partir de los resultados de los censos anteriores, todo indicaba que el descenso del catolicismo, sobre todo en grupos específicos y en algunos estados del sur o en las zonas cercanas a la frontera con Estados Unidos, dispararía el crecimiento de las iglesias evangélicas. Y eso se ha dado, está claro, pero no es lo que hoy marca la dirección de la religiosidad mexicana.

Diez años después, aparece que lo que se disparó fue un movimiento hacia otras formas, desinstitucionalizadas y tal vez individualizadas, de vivir las creencias. Algo que antes se veía apenas, sobre todo entre los jóvenes, y que no era ajeno a los escándalos y las posturas rígidas de las iglesias ante temas de su interés. ¿Se dibuja una nueva cara del México creyente? En estas cosas de la eternidad bien podemos esperar otros 10 años.

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