Cae la tarde y no hay nadie

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Cae la tarde y se te ocurre una idea. Por ejemplo, se te ocurre que en ese lugar al que vidas atrás llamábamos “realidad virtual” van cayendo personas, historias, sucedidos, y allí dejan de existir. Es sencillamente una idea más, o sea la posibilidad de una conversación, relevante en tanto que conversación.

Pero no hay nadie. Cae la tarde y no hay nadie.

Este tiempo, esto que nos sucede y que lo ha desbaratado todo, te ha robado dicha posibilidad. En teoría no pasa nada, puedes mandar un mensaje por WhatsApp, lanzar una ocurrencia volandera en Twitter, fotografiársela a Instagram. Pero sería una redundancia. Pensar que aquello que llamábamos “realidad virtual” es el agujero donde las cosas dejan de existir y lanzar dicha idea a ese mismo agujero no parece un plan brillante.

Deberías admitirte que no hay nadie. Que cae la tarde y no hay nadie. Que esos encuentros que anhelas con una sencillez de mañana dominical están prohibidos, que ellas, ellos, leen allá lejos o han muerto. Su presencia está prohibida, aquella forma de juntaros para la conversación. O han muerto.

¿Y qué es una idea sin conversación? ¿En qué momento compramos la idiotez del emoticono como forma de añadirle un gesto al texto?

Sin embargo, no te das por vencida. Entras en las redes sociales (“sociales”) con la intención de encontrar a alguien, algo. No vas a depositar, lanzar, balbucear allí tu idea, redundancia. Solo consiste en saciar en lo posible el anhelo de diálogo. Entonces te das cuenta de que estaban ahí antes de que destruyeran esa forma de conversar que ahora ya es imposible. “Sociales”. Conversar es imposible también en ese lugar al que vidas atrás llamábamos “realidad virtual”. Pululan por ahí los que han caído, sus palabras, su triste soledad reclamando atenciones.

Conversar es imposible. Requiere, además de la idea, tiempo, encuentro, miradas, gestos, a veces una palmada. Es lo contrario a la soledad. Recuerdo las sobremesas en el malecón que se convertían en noches de verano, una celebración de la existencia. También una plaza pequeña en el Raval barcelonés donde íbamos acudiendo madres y padres con la excusa del parquecillo infantil y nos daban las tantas y teníamos que marchar para casa a preparar las cenas, pero una más, Javier tiene nuevo libro, solo una más, dicen que Laura acabará en El Periódico, cinco minutos y nos vamos, anda, abrázame y deja de darle vueltas a lo de mañana, hoy ya huele a primavera. Esas cosas y la conversación.

Cae la tarde y se te ocurre una idea. Lanzar ideas sucintas, pretendidamente brillantes, a la pantalla las hace desaparecer. Vivir en la pantalla te hace desaparecer. Todo esto es lo contrario de la conversación, de nuestra manera de existir hasta hace nada.

Pero no hay nadie. Cae la tarde y no hay nadie.

La soledad es una forma brutal de violencia.

https://blogs.publico.es/cristina-fallaras/

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