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La Bioética es una rama de la Ética que ha tenido una fuerte y compleja evolución en los últimos años. Sin ánimo de hacer un viaje desde sus comienzos, como disciplina autónoma, en los años setenta, me detendré en algunos de sus los aspectos más relevantes. En primer lugar, y tratando de completar el tronco de la Ética, los grandes avances tecnológicos rozan los límites de la vida y la muerte. Y sus posibles aplicaciones asustan o entusiasman ante una hipotética redefinición del hombre y del proceso evolutivo. Ya no se trata solo del aborto o la eutanasia, presentes desde antiguo, sino de la clonación parcial e incluso total, la investigación con embriones, el uso de las células madre en toda su extensión o el conocimiento cada vez más exhaustivo de la Genética y la Epigenética. En un paso de gigante llegaríamos, en manos de los algoritmos, a la ansiada, entre otros por el poder económico, a la Inteligencia Artificial, Superinteligencia o Singularidad. Y por medio, la edición genética, descubrimiento medio español, merecedor del Premio Nobel. Se podrían insertar partes de un genoma en otro distinto dando lugar a una hibridación hasta ahora desconocida.

De lo expuesto se deduce que quien se dedique a la Bioética ha de saber de ciencia, concretamente de biología, e interesarse por el funcionamiento de la salud tanto en las obligaciones políticas como en la relación médico y paciente. Es una pena que casi todo se ha reducido a esta última parte. Interesante como es, no es de recibo que se reduzca la Bioética a cuatro supuestos y arbitrarios principios de uso clínico sin conocer la base científica antes mentada. Muchos se han aprovechado de dicho estrechamiento bioético. Así, cualquiera puede dar clases de bioética, no necesita estudiar mucho y fácilmente se aliará con los profesionales de la medicina más inclinados al espíritu que a la materia.

Otro aspecto, ligado a lo anterior y que se olvida con frecuencia, consiste en el hecho de que en los primeros pasos y debates bioéticos participaran activamente clérigos tanto protestantes como católicos. Entre los protestantes, y es solo un ejemplo, Ramsey y Fletcher. Entre los segundos, y es otro ejemplo, Haring y Rhaner. No es extraño, puesto que, como se indicaba antes, la Bioética metía los dedos en el siempre tabú eclesiástico de la vida y de la muerte. O somos del Señor o somos uno de los frutos de la evolución.

Aterrizamos y coloquémonos a ras de tierra y en nuestros día. La bioética se ha extendido hoy por todas partes. Y no hay universidad, coloquio, seminario o similares que no la incluya, aunque a la hora de la verdad el tema sea de neurología o de la atención al paciente. Y rápidamente se han puesto en marcha las huestes eclesiásticas. Han surgido editoriales, cursos, libros, conferencias y todo lo que toque la relación ciencia- cuerpo, bajo el amparo o ayuda de las Iglesias. Y de manera más concreta, piénsese en los sacerdotes que recorren los cuartos de los hospitales ofreciendo sus sacramentos. O en las capillas que se mantiene todavía en dichos hospitales. Y lo que es el colmo, los Comités de Bioética, prácticamente presentes en los centros, del tipo que sea, de salud, acogen un sacerdote entre sus miembros. Por no hablar de los Comités Nacionales, que por otro lado solo sirven para adornar o aplaudir. No se sabe en nombre de qué.  O, mejor, se sabe demasiado bien. Y si mis fuentes no fallan, la mitad de los centros que se dedican a los cuidados paliativos están en manos de una congregación (tal vez sea solo prelatura, pero esto lo dejo para los expertos en Derecho Canónico). Religiosa, por supuesto.

Podíamos seguir, pero baste con lo dicho. En un estado democrático, por raquítico que esa, y este lo es, no puede permitir la intromisión de un supuesto Más Allá en la vida de los ciudadanos. A los políticos les compete actuar en coherencia con sus ideologías. Y a pesar de que avanza como una ola el fascismo, no hay más remedio que exigirles una laicidad elemental. Y a todos nosotros exigirnos, no menos, que respeten nuestras opciones vitales. Queremos buena salud, pero no que nos bendigan. Queremos que cuiden nuestro cuerpo, pero no nuestra alma.

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