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EPIGMENIO IBARRA

Venceréis, pero no convenceréis“, respondió don Miguel de Unamuno a los gritos de “Muerte a la inteligencia, viva la muerte”, que el coronel franquista José Millán Astray lanzara en la Universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936, cuando España apenas entraba en la sangrienta y larga noche del fascismo.

Ante una situación así nos encontramos. Incapaz de asimilar su derrota en las urnas, de entender y asumir la alternancia democrática, poseída por un afán suicida, la derecha conservadora en México está decidida a que el país se hunda, a que mueran la razón y la inteligencia, aunque esto le cueste, incluso, su propia desaparición como clase.

Evitar un estallido social —que sería, como lo fue el asesinato de Francisco I. Madero, la pira funeraria para los conservadores— debería ser un objetivo compartido por todas las fuerzas políticas y sociales en México. El país ya no aguantaba más en 2018; por eso, mayoritariamente votó por el cambio de régimen. Hoy la pandemia y la crisis económica hacen aún más volátil y peligrosa la situación.

Contra sí misma —y contra la paz social— apuesta la derecha conservadora al ir contra los Programas del Bienestar, que constituyen, más que el centro gravitacional de la Cuarta Transformación, un verdadero plan de contención de ese estallido.

Son estos programas el necesario, urgente y racional apoyo del Estado a las mayorías empobrecidas que sobre sus espaldas cargaron el peso de la corrupción sistémica del régimen neoliberal, y que ya no soportan más. Quitarles esos más de 300 mil millones de pesos en apoyos directos, que hoy tienen rango constitucional, es condenarles a la miseria y lanzarles a las calles.

Otro tanto sucede con las grandes obras de infraestructura que la derecha —en su miopía ideológica— se ha empeñado en detener y con los programas de construcción que, de manera conjunta, han de emprender el gobierno y la iniciativa privada. Están en juego centenares de miles de empleos que los conservadores no van a crear.

Empeñados en que Andrés Manuel López Obrador fracase y se hunda, los conservadores se dan —de nuevo, al atentar así contra estos programas de empleo masivo— un tiro en la espalda.

Pero su afán suicida va más allá. El objetivo central de sus ataques se ha vuelto la campaña de vacunación. Saben que se detuvo, en todo el mundo, el suministro de vacunas. Que los países más ricos las están acaparando y que aun así —la semana que entra— llegarán. Pese a todo eso mienten y son capaces de imposturas francamente ridículas. Quieren que la vacunación falle aunque se pierdan muchas vidas, aunque algunos de ellos paguen las consecuencias.

La rabia ideológica de la derecha conservadora —que la ciega— y su hegemonía mediática —que ha mantenido por demasiadas décadas y constituye el lastre más pesado para la democracia en México— le impiden entender el país y actuar con responsabilidad. Está acostumbrada a creerse sus propias mentiras. Son sus medios, sus intelectuales, sus columnistas un espejo que la engaña y tanto que ha terminado por creerse una fuerza empeñada en la “reconstrucción” de México.

Actúan como si no hubieran sido ellos quienes destruyeron al país. Como si de pronto millones de mexicanas y mexicanos sufriéramos un ataque de amnesia colectiva. Como si no fueran ellos quienes, activamente, dinamitan hoy todos los puentes con el único propósito de volver a asaltar el poder. Van contra la razón y por la fuerza. Pero no lo permitiremos.

https://www.milenio.com/opinion/epigmenio-ibarra/itinerarios/

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