Un Glovo, dos Glovos, tres Glovos

El feudalismo está otra vez de moda, quién iba a decirlo. Desde que un ayatolá enfurecido puso precio a la cabeza de Salman Rushdie por haberse burlado de Mahoma en una novela, la Edad Media no ha dejado de ganar terreno en Occidente, entre el retorno de los fundamentalismos religiosos y la pérdida paulatina de los derechos elementales. Pensábamos, ingenuos de nosotros, que las redes sociales iban a hacernos más libres, más conscientes, más personas, sin caer en la cuenta de que se llaman redes por algo. Es la misma paradoja por la cual la televisión, que podía haber sido el mayor instrumento educativo e informativo del pasado siglo, se fue convirtiendo poco a poco, canal por canal, en un estercolero lleno de mierda, un gallinero repleto de concursos idiotas y tertulias de portería.

Fue Adam Smith, el padre del liberalismo, quien advirtió que “los comerciantes del mismo gremio rara vez se reúnen, siquiera para pasar un buen rato, sin que terminen conspirando contra el público o bien por alguna subida concertada de precios”. El economista que defendía la libertad de mercado añadió que no se le ocurría una tiranía peor que un gobierno formado por mercaderes. Resulta una trágica ironía que el infierno imaginado por Adam Smith se haya hecho realidad merced a la inventiva de unos cuantos negreros, la complicidad de los gobiernos, el descrédito de la solidaridad, la pachorra de los sindicatos y la ceguera de unas masas incapaces de ver que ya ni siquiera sirven como carne de cañón. La neoesclavitud promovida desde empresas como Amazon, Cabify, Glovo, Uber o Deliveroo se basa en la aquiescencia social, el viejo principio por el que el esclavo no quiere ser libre: quiere ser amo.

El descaro y la obscenidad de esta moderna raza de explotadores no conocen límites, hasta el punto de que anuncian cada una de sus rapiñas como si se tratase de una nueva conquista de derechos sociales. De este modo, Sacha Michaud, cofundador de Glovo, ha cantado las virtudes de su modelo de negocio, abogando por una mayor flexibilidad laboral, la posibilidad de que cualquiera de sus siervos sobre ruedas pueda deslomarse en Milán, Lisboa o Barcelona, sin jefes, haciendo dos o tres trabajos a la vez. Resulta escalofriante la serenidad con que este vendedor de cadenas de bicicleta habla de las maravillosas perspectivas abiertas a sus trabajadores, condenados a pedalear doce o trece horas diarias por un sueldo de mierda y en condiciones laborales pésimas. A lo mejor los capataces de las plantaciones de esclavos de Alabama, allá por 1857, también ensalzaban lo saludable que era para sus esclavos recoger algodón de sol a sol partiéndose el lomo.

El panorama que se nos echa encima no puede dar más asco. Sólo hay una manera de acabar con esta ignominia: no recurrir jamás a Glovo, a Deliveroo, a Cabify, a Uber, a Amazon, a cualquiera de estas empresas que considera que los derechos de los trabajadores están escritos en papel higiénico. Un término clave en este tocomocho es “flexibilidad”, que en el caso de los vasallos de Glovo se refiere tanto a la agilidad pornográfica con que limpian los bajos de sus patronos como a su destreza para sortear guardabarros entre el tráfico. El otro término clave es “libertad”, referida exclusivamente a la libertad de mantener esclavos. Libertad para qué, se preguntaba Lenin. Para esto.

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