Terror

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Bastan 15 individuos brutales, fanáticos y poderosos para aterrorizar a una nación considerada “culta” de millones de personas. Viendo hace poco un documental sobre la II Guerra Mundial, con imágenes de archivo que no conocía, se me quedó grabada la cara de desprecio y asco que tiene Goebbels al visitar un campo de prisioneros rusos. ¿Podemos imaginar cómo sería vivir en Alemania entre 1933 y 1945? No se movía ni una mosca. El Terror era absoluto. La mentira, la única verdad. Mentían sin el menor escrúpulo. A Hitler y sus cabecillas les importaba un rábano la vida de sus propios compatriotas; poseídos por una furia absolutamente asesina no admitieron la derrota y prolongaron hasta el final el inmenso sufrimiento de millones de personas. Es tremendo ver cómo teniendo la guerra perdida (hacia 1944) siguen organizando desfiles victoriosos para engañar a la población, celebrando conciertos, fiestas, inaugurando factorías, haciendo como que seguían gobernando para la futura Alemania, como si la victoria fuera segura, cuando lo seguro era la derrota. No es sólo que engañaran a los que respiraban la misma cultura que Kant, Schiller o Beethoven, es que convirtieron en asesinos sanguinarios a muchísimos, a miles de ellos. Se conocen más o menos las masacres de los soldados alemanes y las SS en el frente oriental. ¿No había nadie en toda Alemania al que se le cayera la venda de los ojos y saliera a la calle a protestar contra la dictadura nazi? El nazismo tuvo, desde luego, adversarios, pero más fuera que dentro. No todos se creían las mentiras de la propaganda. ¿Quién se atrevía en Alemania a levantar la voz? Un puñado de héroes lo hizo. Pero el régimen no cayó desde dentro, tuvo que ser la fuerza de los aliados -los bombardeos, la destrucción- la que terminara esa pesadilla. En ese documental se puede imaginar el absoluto desprecio que sintieron Hitler y sus cabecillas y Stalin y los suyos por la vida de millones de personas. Les enviaban a matar y a morir y eso hicieron aquellos infelices. Millones de personas se negaron a sí mismas y obedecieron ciegamente a un grupito de criminales. Miles de ellos mataron a civiles, mujeres, ancianos y niños hasta que las armas quemaban, agotados de tanto matar. Otros tuvieron que callar hasta que un obús los reventó o una bala les voló la cabeza. ¿Cuántos desertores hubo? ¿Dónde estaba la libertad individual? ¿Quién se atrevía a decir “yo no participo” “yo no hago el saludo”? El muchacho ruso mal equipado, sin instrucción, que mandaban a Stalingrado tenía una orden tajante: “ni un paso atrás” Un icono del siglo XX es Einstein. ¡El progreso científico! ¡El genio humano! Por un Einstein original -¡uno! ¡uno!- hubo unos 50 o 60 o 70 millones de muertos (no se sabrá nunca cuántos) en cinco años de guerra de exterminio desde Stalingrado a Japón y el Pacífico, desde Londres hasta Alejandría y el Cáucaso. Eso sin contar los supervivientes que quedaron destrozados física o anímicamente. Es cierto que en esa guerra perdieron quienes tenían que perder, por suerte para la humanidad que aún conservaba la vida y por suerte para sus descendientes.  Extraños aliados fueron las democracias occidentales y la Unión Soviética, otra dictadura del terror, monstruosa maquinaria de triturar hombres. El poder magnético (¿el poder no es el mal?) que unos pocos hombres pueden ejercer sobre millones de ellos -que son sus iguales por nacimiento- puede llegar a ser inmenso y revela algo inquietante de nuestra naturaleza. ¿Quién se atrevió a escupir a Hitler a la cara? ¿Quién se atrevió a abofetear a Stalin en público? 

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