• Encueramiento, degenere sexual, mugre, pelos, sangre, y mucho amor te pueden salvar de algunos de los problemas que te ha generado esta pandemia

Nunca había escuchado hablar del festival de Avándaro. El conocido como Woodstock mexicano fue pensado para ser una carrera de coches seguido de unos conciertos de Rock. Este festival de rock y ruedas, como se llamó, se convirtió en un acto multitudinario, con más de 300.000 asistentes que llegaron a pie o en autobús ansiosos de rocanrol y libertad. Lo descubrí el otro día viendo Rompan todo, un documental sobre la historia del rock en Latinoamérica, que hizo pasar ante mí imágenes de los 70, el movimiento hippie, el ansia de libertad, felicidad, música. 

Antes y ahora el Gobierno ha tenido miedo de los jóvenes porque son fuertes y tienen ideales y eso hace que no le gusten sus reuniones multitudinarias”, reflexionaba la fotógrafa Graciela Itúrbide, asistente al festival, en una reciente entrevista para el País. Y es que, como fue frecuente durante todo el movimiento hippie, la reacción al festival de Avándaro, no se hizo esperar. Encueramiento, mariguaniza, degenere sexual, mugre, pelos, sangre, rezaba el titular de una publicación mexicana en septiembre de 1971. Una vez más, el Estado puso en funcionamiento toda su maquinaria para desprestigiar un movimiento de jóvenes que, unidos por la música, planteaban otro mundo posible. 
publicación mejicana de los años 70
publicación mejicana de los años 70

Durante estos años hippies, los conceptos de amor y paz y el famoso signo con los dedos hacia arriba en forma de V se popularizaron entre los jóvenes a modo de rechazo al sistema. Desde Estados Unidos, en voz de cantantes como Joan Báez, hasta París, donde todavía resonaban los ecos de mayo del 68. La juventud se alzó en favor de la paz y el cuidado del medio ambiente, cantando y bailando consignas de libertad y fraternidad que recorrieron el mundo.

Este movimiento, el más activo contra la guerra de Vietnam, tuvo un gran impacto en Estados Unidos pese a la voluntad de desacreditarlo. Cuestiones como el sexo libre,el poliamor, el uso de la pastilla anticonceptiva o el fin del tabú sobre las relaciones premaritales fueron logros de estos jóvenes de pelo largo y pantalón de campana. Pese a la repercusión del movimiento en estos años, los que resistieron, acabaron retirándose en pequeñas comunidades como la Alpujarra granadina o ciertas zonas de Ibiza.

La revolución cultural de estos años, empapada de música y amor, fue lentamente aplacada por un sistema basado en el miedo y la securitización. El lenguaje crea el pensamiento, o al revés, este es todo un debate. Pero ahora, es importante reflexionar sobre el vocabulario que hemos ido introduciendo en el último año. Un año especial. Un año triste más que todo. Del que nos quedan términos como toque de queda, cuarentena, distanciamiento social, estado de excepción, inocular, vacuna, responsabilidad, emergencia, confinamiento y otros tantos de los que ni siquiera somos conscientes. La militarización de nuestro lenguaje cotidiano ha dado un salto enorme frente al peligro que supone la actual pandemia. Todas las personas nos hemos convertido en posibles agentes contagiadores de las otras. La receta es dejar de vivir en comunidad. Verse superior al otro, más correcto, más cumplidor. Es el mejor halago.

Pero, ¿qué estamos pasando por alto? Hemos bajado la guardia. El miedo incapacita. El miedo paraliza. Poco queda de aquellos momentos en los que, tímidamente desde los balcones, saludamos a nuestras vecinas buscando compañía, fraternidad, unión o, en definitiva amor.

Dice Huxley en La trampa del miedo que “el amor ahuyenta el miedo, y recíprocamente el miedo ahuyenta al amor”. Por eso, más que nunca, es momento de crear comunidad. Como se dijo durante la cuarentena, “de esta solo salimos todas juntas”. Y son infinitos los ejemplos que nos quedan de estos momentos difíciles. El sindicato de manteros de Barcelona haciendo mascarillas sin descanso o Besha Wear en Lavapiés repartiendo desde su tienda de ropa platos de comida a todo aquel que lo necesitara. Fue la comunidad, una vez más, quién nos cuidó.

Nos hemos tragado el cuento de la seguridad, la casa, el trabajo estable y ahora llega algo que pone todo eso en cuestión. Aceptar que no existen certezas en la vida, que todo es temporal. Nuestra vida es temporal. Esta idea quizás nos ayude a soltar. A estar más en el cuerpo. A atender al sentimiento. Ese que nos pedía durante el encierro ver a nuestros seres queridos. Abrazarlos. Y también al vecino. Y a los y las trabajadoras del súper. A las sanitarias. Esa necesidad de sentir que formamos parte de algo mucho más grande. Y que, cuando no se satisface, genera sentimientos de soledad y de tristeza. Sentimientos que nos aterran y que tratamos de ocultar. Somos cuerpos vulnerables. Nos necesitamos las unas a las otras. Y es desde esa vulnerabilidad desde donde hay que construir comunidad.

Hay una cosa que mueve el mundo. Y es que todos los seres humanos buscan de una u otra forma ser amados. Por muy manida y denostada que esté la palabra. Así que demos y recibamos amor. Introduzcamos estas palabras en nuestro diccionario personal en este 2021 y volvamos a ser hippies. Lo vamos agradecer mucho.

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