¿Qué hubiese ocurrido si, en lugar de Albert, Einstein se hubiese llamado Matilda?

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Ni el que Filomena ha dejado a su paso puede compararse con el efecto Matilda. Al menos, en cuanto a perdurabilidad se refiere. Porque el origen del último se remonta a los albores de la humanidad. Y hoy seguimos sufriendo sus consecuencias.

El propio concepto cuenta con más de un siglo de historia. Aunque no fue acuñado hasta 1993 por la historiadora Margaret W. Rossiter, a finales del XIX, Matilda Joslyn Gage ya hablaba de la invisibilidad de las mujeres científicas. Estas, en muchos casos, veían cómo sus trabajos y logros se atribuían a hombres.

De ahí que Rossiter tomase el nombre de pila de la activista de los derechos de las mujeres para bautilizarlo. Aunque en un principio, el efecto tenia un nombre compuesto, Harriet/Matida, el honor también a una de sus ‘víctimas’: Harriet Zuckerman.

El efecto Matilda atiza a las mujeres científicas. A las que lo fueron y a las que lo son. Pero también a las que hubieran podido serlo en el pasado o podrían serlo en el futuro. Porque ese ninguneo es uno de los grandes responsables de la escasa presencia de mujeres en las carreras STEM.

Por eso el movimiento #NoMoreMatildas denuncia este fenómeno por privar a la sociedad de referentes femeninos en la ciencia. Y por el ser el causante directo de que el porcentaje de mujeres en carreras científicas apenas alcance del 28,5%, según datos de la Unesco.

 

El movimiento está promovido por la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas (AMIT) y cuenta con la colaboración de escritoras, científicas, medios de comunicación y otras instituciones. Su principal propósito es conseguir más presencia femenina en los libros de texto. Un paso necesario, dicen, para despertar en las niñas una vocación científica y contrarrestar los estereotipos que desde edades tempranas anidan en sus mentes y les dicen que están menos dotadas para las ciencias que los chicos.

Para ello han creado una colección de tres cuentos ilustrados en los que se imaginan cómo hubiera sido la historia de Einstein, Fleming y de Schrödinger si hubiesen nacido mujer.

¿Qué hubiese ocurrido si, en lugar de Albert, Einstein se hubiese llamado Matilda?

¿Qué hubiese ocurrido si, en lugar de Albert, Einstein se hubiese llamado Matilda?

¿Qué hubiese ocurrido si, en lugar de Albert, Einstein se hubiese llamado Matilda?

 

 

 

DE CIENTÍFICOS POPULARES A MATILDAS

Noel Lang y Rodrigo García Llorca, de Gettingbetter, están detrás de los textos e ilustraciones de estos libros, que vienen prologados por Ángeles Caso, Carme Chaparro y Adela Muñoz, respectivamente.

«Plantear esas ucronías de forma detallada, con las implicaciones científicas, físicas y hasta cuánticas resultantes de las nuevas biografías de nuestras Matildas hubiera sido tan ambicioso y complejo como alejado de nuestra intención de lanzar un mensaje creativo y sobre todo masivo. Así que pensamos en la posibilidad de contarlo a través de cuentos ilustrados, un formato que nos permitía dar con el tono que buscábamos para la campaña además de poder diseñar a los personajes de estas hipotéticas Matildas, que son las protagonistas de toda esta historia».

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Lang dice que se decidieron por las versiones femeninas de Einstein, Fleming y Schrödinger por ocupar estos «el podio de la popularidad científica». «Hasta los más profanos en la materia sabemos más o menos ubicarlos».

Los cuentos muestran las dificultades «añadidas» a las que Matilda Einstein, Matilda Fleming y Matilda Schrödinger deben enfrentarse para sacar adelante sus teorías o defender sus descubrimientos por el hecho de ser mujer: «Y no siempre lo consiguen. Queremos hacer reflexionar sobre cuánto talento podemos haber perdido por el camino por el devastador Efecto Matilda. Ojalá consigamos despertar el interés para revisar y poner en contexto la obra de todas esas “Matildas” ignoradas a lo largo de la historia».

TENDENCIA A LA BAJA

Además de los cuentos, AMIT y Mujeres con Ciencia han elaborado un anexo para los libros de texto de 5º primaria en el que se recoge la historias de mujeres pioneras, como Rosalind Franklin o Margarita Salas, cuyo reconocimiento posiblemente hubiera sido superior de haber nacido hombre.

Devolver a estas ‘Matildas’ al lugar que les corresponde (los libros de texto) es para Adela Muñoz, presidenta de AMIT-Andalucía y Catedrática de Química Inorgánica de la Universidad de Sevilla, un recurso interesante para que los ninos, y sobre todo las niñas, tengan «un espejo» en el que mirarse.

La conclusión del estudio de las universidades de Nueva York, Illinois y Princenton sobre estereotipos de genero en la infancia no es baladí: a la edad de ocho años, las niñas se consideran «menos brillantes» y menos capacitadas para carreras de ciencias que sus compañeros.

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Para Muñoz: «Todo comienza en los pasillos azules y rosa de juguetes en los grandes almacenes, donde se hace una separación clara entre lo que debe ser entretenido para las niñas y para los niños. Las niñas asumen los roles que se esperan de ellas».

La sociedad, entiende, sigue esperando «que sean y estén guapas, que sean agradables y estén dispuestas a ocuparse de los demás. No se les pide que sean ambiciosas, creativas y rompedoras». Un mensaje que sigue calando más de lo que pudiéramos pensar. El dato sobre la disminución del ratio de mujeres en carreras de ciencias en los últimos años en España lo ratifica.

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«La evolución de la matrícula de mujeres en ingeniería informática, del 30% de los ochenta ha bajado a menos de 15% en 2017. Y continúa la disminución. Este hecho tan preocupante, -al quedarnos sin mujeres en las carreras científico-tecnológicas, se desperdiciará el 50% del talento en un sector crucial-, aumentará la brecha salarial y el mundo será diseñado por la mitad de la humanidad».

Para Muñoz, el efecto Matilde se produce ahora, obviamente, de forma más sutil que antaño. Pero incluso ahora, cuando el científico es un trabajo en equipo y «los genios solitarios son una excepción», sigue produciéndose.

Para responder a los que se muestran escépticos ante fenómenos como el de Matilda y achacan la desafección de las mujeres ante este tipo de disciplina a causas «naturales» y no culturales, Muñoz recurre a la ciencia: «Apenas llegamos a entender un 5% del cerebro y en lo poco que conocemos no hay diferencias entre el de los hombres y las mujeres. Rita Levi-Montalcini, que dedicó toda su vida a estudiar el sistema nervioso y ganó el premio Nobel de fisiología y Medicina en 1986 por el descubrimiento del factor de crecimiento nervioso, tampoco encontró diferencias entre los cerebros de hombres y mujeres».

¿Qué hubiese ocurrido si, en lugar de Albert, Einstein se hubiese llamado Matilda?

En su opinión, las diferencias que apreciamos en el interés por las carreras tecnológicas son un reflejo de la sociedad en la que estamos inmersos: «Cuando me hablan de «naturalidad» en este aspecto les recuerdo que en los años 60-70 prácticamente el 100% de los médicos en España eran hombres. Hoy casi el 80% del alumnado de las facultades de medicina son mujeres, y un porcentaje muy elevado (superior al 50%) de los «médicos» que nos atienden son también mujeres»

«En especialidades como pediatría o ginecología –continúa-, el porcentaje de mujeres es muy superior  ¿Era antinatural la situación de los años 70? ¿Es antinatural la situación de hoy? No, ambas son reflejo de las percepciones sociales, que han cambiado mucho en los últimos 30 años. Ahora la medicina se considera una tarea de cuidados, eminentemente femenina, y hace 30 años se consideraba una tarea, como casi todas las tareas relevantes, eminentemente masculina».

Revista de innovación, creatividad y tendencias – Yorokobu

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