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Ninguna otra cultura como la moderna ha expresado de manera tan aguda y contradictoria las ansias de una subjetividad que pugna por desembarazarse de toda tradición anterior para construirse sin demasiadas determinaciones. Quien mejor intuyó y retrató esta tensión fue, como se sabe, Georg Simmel. Para el cual todo ello entrañaba una lucha por un reconocimiento que se tornaba crecientemente precario.

Durante una larga etapa de la modernidad esta lucha se escenificó de dos modos. En una primer momento, en relación con el mundo del trabajo, como un verdadero proceso sacrificial del que se esperaban diferentes recompensas en forma de oportunidades de movilidad social, que se proyectaban también sobre los descendientes. Posteriormente, estos últimos, los primeros herederos de aquellos, si bien rechazaron abiertamente la herencia sacrificial de sus progenitores, en nombre de otras liberaciones vinculadas sobre todo al mundo del consumo, no por ello negaron los sacrificios meritocráticos que exigía el universo educativo, en busca de posteriores liberaciones.

Los analistas sociales contemplaron este proceso de manera bien distinta. Para unos, era el resultado de una sociedad más rica, democrática y abierta. Para otros no dejaba de ser un simple engaño, pues siempre eran los mismos los que se liberaban, mientras que a la mayoría no le quedaba más remedio que soportar el peso de una dominación que se le ocultaba.

En las últimas dos décadas del pasado siglo todo este escenario ha experimentado un importante cambio. Lo paradójico de todo ello, desde la óptica que aquí se sostiene, es que en este nuevo contexto tanto instituciones como sujetos se afanaron en hacer sus mismas proclamas liberadoras, oponiéndose al peso de anteriores integraciones, interpretadas como signo de diferentes dominaciones. Así se contemple el universo del trabajo, el familiar o el escolar, ejemplo por antonomasia de instituciones disciplinarias, o el del consumo, escenario liberador por excelencia, en todos ellos se apela a la realización de los sujetos; una realización capacitadora y expresiva que no admite ninguna limitación institucional que la coarte. Y así se sienten también apelados los sujetos, cuando pretenden poner en juego todas las facetas de su personalidad; toda su creatividad, sin demasiados límites institucionales que lo impidan.

Ahora bien, ¿quién reconoce lo logrado en esa lucha personal que libra el sujeto consigo mismo, y que las instituciones incitan a que no deje nunca de librar? ¿Cómo sentirse liberado de lo que no se ha rechazado ni superado? De ahí esa compulsión por el reconocimiento, cuando ya casi nadie siente que haya alcanzado verdaderamente lo que consideraba que estaba llamado a alcanzar. Y de ahí también que esa lucha ya no se libre contra las instituciones disciplinarias, sino contra uno mismo, que nunca se considera completo, sino por completar. Una lucha en la que cada sujeto reclama, en nombre de su soberanía individual, el derecho a ser reconocido públicamente a partir de los rasgos más particulares de su personalidad, del mismo modo que las instituciones se legitiman cada vez más en base a los principios de un individualismo democrático y expresivo.

La escena pública actual presenta así múltiples mascaradas, donde el individuo soberano se une ocasionalmente a distintas comunitas, sin que las estructuras institucionales quieran en verdad oponerle ningún principio disciplinario, o si lo hacen, sea de una forma más bien timorata.

Casi nadie quiere, en efecto, obligar, ni casi nadie quiere sentirse ya obligado; casi ninguna institución reclama la integración, cuando apenas existen razones para integrar a los que están destinados a liberarse.

Y he ahí la lastimera paradoja que no habiendo demasiadas razones para la integración, tampoco pueda haber muchas para la liberación. No obstante, como el mundo de la cultura popular sabía y asumía, esa tensión entre la liberación y la integración nunca es posible resolverla definitivamente, porque es a partir de ella cómo la vida cobra un especial sentido. Un sentido que se ha perdido en sociedades como las nuestras que ya no tienen la necesidad de recurrir a la inversión ritual del orden social, cuando ya no hay mucho que invertir. Ni tampoco a los rituales de transición entre las distintas edades y periodos de la vida, si ya no hay mucho hacia donde transitar; no hay ya de que liberarse, ni demasiados motivos tampoco para la integración. No hay hacia donde caminar, porque no se percibe que se haya dejado nada atrás; ni tampoco un horizonte al que mirar; sólo queda la reinvención permanente, muchas veces revestida de gozo creativo.

La actual situación de pandemia ha escenificado muchas de estas paradojas. Por un lado, en efecto, las instituciones se han visto obligadas a obligar, y con sobradas razones, pero aun con ellas han querido y han tenido que invocarlas más por la fuerza de la persuasión que de la convicción. Por eso la autoridad a la que a veces apelan es tímida, dubitativa y flaca. ¿Cómo ser firmes y convincentes, entonces, con los negacionistas, o con los remisos a vacunarse en nombre de una liberación soberana?

No obstante, quizás la pandemia haya supuesto también una buena ocasión para entender el sentido de la liberación. Pues para intentar liberarnos del virus no ha habido más remedio que realizar una serie de sacrificios integradores que otorgan sentido a la liberación pretendida. Si finalmente superamos la pandemia, sabremos mirar hacia delante conscientes de lo que dejamos atrás. Tendremos un relato para contar y para contarnos.

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