Defensa de Woody Allen

Escribe en su autobiografía, A propósito de nada: “Si muriera ahora mismo no podría quejarme…como tampoco se quejaría mucha otra gente”. Un libro con humor, sarcasmo, ingenio y sabiduría. Valiente, aborda la historia que lo llevó a enfrentar la justicia acusado por Mia Farrow de seducir a una de las hijas menores, en 1992. Los jueces lo absolvieron, pero la mancha de la duda se ha quedado hasta la fecha. “Si crees todo lo que lees en la prensa amarilla entonces te mereces la vida que tienes”, leemos en la página 170. Cuenta su versión. No teme de los movimientos de las mujeres contra su persona. Confronta su verdad sin desafiar a las feministas.  

Un hombre de 85 años que ha dado filmes dignos del conocimiento humano y la risa, unidos. Películas con las que amamos Nueva York, París, Venecia, Londres y otras urbes sin necesidad de conocerlas más que con la esencia de sus impresiones fílmicas. El cine y la magia de hacernos reír serán la marca de este director que sin empacho asume lo que hizo bien en el celuloide y aquello que le salió mal en el camino. Autocrítico, se considera lejos de la genialidad y acepta su derecho a equivocarse y rectificar una cinta incluso después de terminado el proceso creativo. No lee lo que se dice de él. Es un “aspirante a mago, a jugador de beisbol, a músico de jazz…a director, es decir, escritor”. Un libro que no aburre; refleja una vida compleja, cargada de un desafiante sarcasmo, lejos de la seriedad.

Desde niño estudió a Freud. Desde siempre supo que jamás sería Shakespeare, pero lo intentó. Ha tenido el control absoluto del filme y por ello es el único responsable de su resultado, sea éxito o fracaso. “No me dedico a producir éxitos, sino los mejores filmes que pueda”. Asegura que sin guion es imposible tener óptimos resultados. 438 páginas cargadas de historia, vida, arte, relaciones personales y chismes, muchos contra Hollywood.

El libro es extenso en su fe de hechos sobre Mia Farrow. Ojo: nadie lo ha desmentido. Narra sus 22 años al lado de Son-Yi, la hija adoptiva de ambos. No hay amargura ni frustración en lo escrito. Transparencia a través de toda la lectura, de una obra entrañable, digna de conocerse.

Porque leer es romper prejuicios…

https://www.milenio.com/opinion/braulio-peralta/

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