Cisnes de invierno

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SUSANA IGLESIAS

La resaca de champagne de Año Nuevo todavía la siento en la mente. Intento demoler dentro de mí todo lo que construí esa última noche de un año en el que aprendí a amar con todas mis sombras y mi ternura. No queda nada más, son ficción esos domingos oculta en un edredón nuevo sintiéndome segura. No quiero recordar que tiré mi cepillo de dientes por aquella ventana, no quiero recordar que tuve alguien con quien podía abrazar el odio y la infinita mansedumbre de una caricia en el corazón al despertar. En el recuerdo está la nostalgia y es ahí donde se retuercen mis autodefensas dejándome inmensamente triste, me levanto de la cama, intento escribir otro capítulo de la nueva novela. Desde la otra noche han vuelto las pesadillas y el delirio. Doy vueltas por toda la casa tratando de asesinar un recuerdo. Una copa de champagne rota junto al piano me anunció esa noche lo que estaba por ocurrir. Escucho cada vez más historias cercanas de muertos por la pandemia, asumo el riesgo, le llamo a Jäger, sin dejar de reírse afirma que le regalo a ciertas personas momentos realmente literarios, menciona que deberían agradecerme por llenar con un poco de arte sus pusilánimes vidas. Quedamos de vernos al día siguiente, él llevará jugo, café, chocolatines, yo: sándwiches de tres quesos, aceitunas y dos paletas de chocolate con helado vegano de vainilla. Tomo un taxi de aplicación, jamás me había parecido tan triste Obrero Mundial y su cruce con Cuauhtémoc, recuerdo aquellas palabras con las que me han herido de muerte, no puedo llorar, la soledad me ha vuelto invencible. Una hermosa y elegante mesa de mármol va en camino, decido cancelar el pedido. Avanzamos, el tránsito me hace pensar que estamos en enero del año 2020, a vuelta de rueda, después de media hora por fin Constituyentes esquina con Gob. José María Tornel, ahí está Jäger con una cesta que fue de sus padres, caminamos hasta una de las entradas del Bosque de Chapultepec, nos adentramos hacia una zona de bancas de madera, el pasto ha crecido salvajemente, elegimos una y al sentarnos descubrimos que tiene pintada la palabra: Autogestión, las letras son azul marino. Comemos casi en silencio, estamos rodeados de ardillas, he traído suficiente pan, eso las mantiene lejos de nuestros sándwiches, les arrojamos pedazos, nos miran con ojos hambrientos, curiosos. Hablamos de lo que significa vivir solos, él dice que las personas somos como llamas, tiene razón, sirve café de un termo, hace tanto que no lo pruebo, le doy pequeños sorbos a la diminuta taza roja con miedo de una taquicardia, la cafeína me altera. Caminamos hasta el solitario lago, a lo lejos observamos un cisne flotando de costado.

— ¿Por qué se mueren los cisnes en invierno? 

— Los cisnes también mueren en primavera. 

— ¿Está muerto? 

—Vámonos.  

Las personas seguían llegando al bosque, con sus cestas de comida también, aquellas risas, su alegría, tan ajenas a la muerte, nos alejamos de ahí, les dejamos nuestro hermoso lago. 

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