Los nazis descubrieron los agentes neurotóxicos como armas de guerra química
Banquillo de los acusados durante el primer día (27 de agosto de 1947) del juicio contra IG Farben, dentro del Proceso de Nüremberg. Wikimedia Commons

El desarrollo de sustancias neurotóxicas como armas de guerra química tuvo lugar durante la Alemania nazi, aunque, afortunadamente, estas sustancias no llegaron nunca a ser utilizadas durante la II Guerra Mundial por el Ejército del Tercer Reich.

No obstante, sentaron los pilares de una perversa línea de investigación sobre armas químicas que finalmente serían usadas, a finales de la década de 1980, en los conflictos bélicos de Oriente Próximo.

Finalizada la Gran Guerra, y al amparo del artículo 172 del Tratado de Versalles, Alemania sufrió el expolio de las patentes industriales de su industria química por su apoyo constante a la guerra química durante el conflicto, lo que hizo tambalearse a su potente industria de tintes y colorantes.

La industria química alemana entra en juego

Este hecho motivó la creación en 1925 de una enorme corporación industrial, llamada I.G. Farben (Interessen-Gemeinschaft Farbenindustrie Aktiengesellschaft), en la que se englobaron empresas como BASF, Bayer, Hoechst o AGFA, entre otras, y se incorporó a muchos de los más prestigiosos científicos e ingenieros de Alemania, incluyendo numerosos Premios Nobel.

Los nazis descubrieron los agentes neurotóxicos como armas de guerra química
En 1925, ocho químicas alemanas, entre ellas BASF, Bayer, Hoechst y AGFA, se unieron para formar la mayor empresa del sector, IG Farben. ARD 

I.G. Farben estableció estrechos lazos con el partido nazi y financió gran parte de la campaña electoral que llevó a Adolf Hitler al poder, en marzo de 1933. Desde entonces, la presencia de I.G. Farben en los cuadros de decisión política del régimen no dejó de crecer, siendo calificada como “un Estado dentro del Estado alemán”. Y viceversa: la doctrina política nazi se impuso en I.G. Farben como credo corporativo.

Tras la ascensión de Hitler al poder, se inició un proceso de violación sistemática de los diferentes términos del Tratado de Versalles, incluido el relativo a la prohibición de fabricación de armas químicas (artículo 171).

En este punto, se comisionó a Carl Krauch, directivo de I.G. Farben, para gestionar todo lo relacionado con la participación de la industria química en el desarrollo de planes de guerra y reactivar los programas de investigación sobre guerra química, estableciéndose una red colaborativa entre los responsables militares, el estamento académico y la industria química.

Los nazis descubrieron los agentes neurotóxicos como armas de guerra química

El jefe de las SS Heinrich Himmler de visita en la planta de IG Farben en Auschwitz en julio de 1942. Wikimedia Commons

Aplicación militar de los compuestos químicos

Un decreto del Reich obligó a remitir muestras de todo tipo de compuestos químicos sintetizados en el país a la Sección de Guerra Química de la Oficina de Armamento del Ejército Alemán (Wa Prüf 9), por si tenían alguna posible aplicación militar.

En cumplimiento de este decreto, I.G. Farben, una de cuyas líneas de investigación eran los insecticidas organofosforados, como el paratión y el malatión, envió sendas muestras de dos nuevos insecticidas, al descubrirse por una intoxicación causal su capacidad para inhibir la colinesterasa, por lo que su aplicación fue declarada secreto militar bajo el nombre codificado N-Stoff. Se trataba del tabún (etil-N,N-dimetil-fosforamidocianidato), sintetizado en 1936, y del sarín, sintetizado en 1938.

Los efectos tóxicos de estas sustancias en humanos fueron ensayados, bajo la dirección de Wolfgang Wirth, en la Academia de Medicina Militar de Berlín, incluyendo prisioneros de campos de concentración. Un directivo de I.G. Farben declaró al acabar la Guerra: “Prisioneros de los KZ, que habían sido condenados a muerte, eran seleccionados… con el acuerdo de que si sobrevivían a los experimentos serían perdonados… No se les hizo ningún daño a los presos de los KZ, ya que se les habría matado de todas formas” .

La principal propiedad farmacológica de todos estos agentes nerviosos era la inhibición irreversible de la enzima acetilcolinesterasa, responsable de la metabolización de la acetilcolina en las sinapsis. De esta forma, el exceso de acetilcolina ocasionaba la aparición de una gran cantidad de síntomas de intoxicación, como miosis, conjuntivitis, tos, disnea, cianosis, arritmias, erupciones cutáneas, náuseas, vómitos, diarrea, dolor abdominal, temblores y convulsiones o confusión.

Si la dosis era lo suficientemente elevada, tenía lugar un colapso cardiopulmonar y sobrevenía la muerte en varios minutos.

A partir de 1940, se comenzó a producir tabún a gran escala, en una planta industrial construida conjuntamente por la Wa Prüf 9 e I.G. Farben en Dyhernfurth (Silesia), mientras que la producción industrial de sarín, en otra factoría construida en Falkenhagen, se demoró hasta mayo de 1943 debido a problemas con el manejo de una de las sustancias químicas necesarias en el proceso de fabricación, el ácido fluorhídrico, extremadamente corrosivo.

Hasta el final de la II Guerra Mundial se habían producido en sendas fábricas 12 000 toneladas de tabún y 600 toneladas de sarín, sustancias fabricadas con el nombre comercial de Trilone. El Trilone era una marca comercial de detergentes muy conocida en Alemania y se empleó con el objetivo de ocultar la verdadera identidad de estas sustancias.

Los nazis descubrieron los agentes neurotóxicos como armas de guerra química

Mapa con las instalaciones de IG Farben en 1943. Wikimedia Commons

La tentación de Hitler

Afortunadamente, estos gases nerviosos no fueron empleados durante el conflicto bélico, aunque Hitler estuvo tentado a hacerlo en varias ocasiones, como tras el desastre de Stalingrado y tras la invasión continental por los aliados en junio de 1944.

Otros centros vinculados al desarrollo de posibles nuevos agentes neurotóxicos para la Wa Prüf 9 fueron los Kaiser-Wilhelm Institut (KWI), un conglomerado de más de 40 centros repartidos por toda Alemania, destacando el Instituto de Heidelberg, bajo la dirección de Richard Kuhn, muy vinculado al Partido Nazi, quien consiguió el Premio Nobel de Química en 1938 por sus investigaciones sobre las vitaminas.

Precisamente, sus estudios sobre la relación entre la vitamina B1 y el metabolismo cerebral condujeron al descubrimiento, en 1944, de un nuevo agente neurotóxico, el somán (pinacolil-metil-fosfonofluoridato). Este nuevo agente químico demostró ser más efectivo que el tabún y el sarín.

En estas investigaciones se utilizaron preparaciones de cerebro humano, cuya procedencia es controvertida, pero podría vincularse a sujetos ejecutados por el sistema judicial nazi. Afortunadamente, durante el transcurso del conflicto bélico no se pudo proceder a la fabricación industrial de somán. Su descubrimiento fue tan tardío que sólo dio tiempo a construir una pequeña planta de fabricación en Ludwigshafen, que comenzó a funcionar en el verano de 1944 y únicamente fabricó unos 70 Kg del producto.

La implicación de I.G. Farben en los crímenes de guerra y contra la humanidad motivó, al finalizar la guerra, un juicio especial, en el marco de los Juicios de Nüremberg, en el que se imputó a 24 directivos de esta compañía. De ellos, 13 fueron declarados inocentes y el resto condenados a penas comprendidas únicamente entre seis meses y ocho años de prisión.

Conmutación de condenas

Además, cabe resaltar la conmutación de pena a muchos científicos involucrados en los procesos de síntesis, desarrollo y fabricación de los gases neurotóxicos a cambio de información y colaboración para el desarrollo de los programas de I+D norteamericanos y británicos (Operación Dustbin), que germinarían, durante la década de 1950, en un nuevo agente neurotóxico, denominado VX (O-etil-S-(2-diisopropilamino-etil)-metil-fosfonotiolato), el más potente de los agentes de guerra químicos conocido hasta la actualidad.

El desarrollo de agentes químicos neurotóxicos por parte del régimen nazi supone un claro ejemplo de uso fraudulento de los frutos de la investigación biológica legítima, al igual que sucedió en otros ámbitos de la investigación médica. Se trata, en fin, de una herramienta más de poder político y control social, con connotaciones, cada vez más evidentes, de instrumento de naturaleza militar. Esperemos que con la entrada en vigor de la Convención sobre las Armas Químicas, el 29 de abril de 1997, todo esto se convierta en un mal sueño de la Humanidad.


Este artículo ha sido publicado originalmente en The Conversation

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