Jayne Mansfield y el mito de la rubia tonta

Hay un chiste famoso que relata un encuentro entre Marilyn Monroe y Albert Einstein: la rubia despampanante se acerca al genio de la Física y le dice que quiere acostarse con él para que engendren un hijo que herede la inteligencia de él y la belleza de ella. “Sí, querida” responde Einstein, “pero imagínese qué ocurriría si saliera al revés, es decir, con mi belleza y su inteligencia”. El chiste es gracioso, vale, pero falso de cabo a rabo, entre otras cosas porque Marilyn tenía un cociente de inteligencia de 165, superior incluso al del propio Einstein. No sólo era una lectora empedernida cuya cultura desmentía las frases que le obligaban a recitar en las películas (“Es música clásica, ¿verdad? Lo sé porque no cantan”) sino que su talento cinematográfico iba mucho más allá de su deslumbrante hermosura física y su maravillosa fotogenia. Billy Wilder dijo que dirigirla era un infierno pero también que fue la mejor actriz cómica con la que trabajó jamás, con un sentido innato del ritmo y del fraseo. John Huston, a pesar de los problemas que le dio durante el rodaje de Vidas rebeldes, definió así su arte: “No actuaba: quiero decir que no fingía las emociones. Era algo auténtico. Se metía hasta el fondo de sí misma, encontraba esa emoción y la hacía aflorar a la conciencia”. Huston añade que Jean-Paul Sartre, nada menos, la consideraba “la mejor actriz viva”.

Jayne Mansfield fue tres pueblos más allá por el camino de Marilyn, no evidentemente en cuanto a dotes interpretativas -de las que carecía casi por completo- sino en el sentido de exagerar y magnificar los reclamos carnales y las curvas de nivel hasta convertirse en su propia caricatura, una especie de orografía erótica, un dibujo animado repleto de ganchos sexuales, una pin-up de Alberto Vargas en carne y hueso. Sin embargo, al igual que Marilyn, de tonta no tenía un pelo: hablaba varios idiomas, tocaba el violín y el piano, estudió actuación y dramaturgia en la UCLA y en la Universidad de Texas, y se enorgullecía de poseer un cociente de inteligencia casi igual al de Marilyn. La idea de aprovechar sus formidables atributos físicos (largas piernas, vientre plano y un busto apabullante) para plasmar en la pantalla una encarnación de las fantasías masculinas fue una decisión consciente que tomó como atajo para conseguir fama y éxito. Lo primero lo logró plenamente, al asaltar el subconsciente de su época mediante carteles, portadas, aventuras amorosas y reportajes sensacionalistas; lo segundo se malogró en una carrera cinematográfica que fue despeñándose película a película, desde el declive continuo al socavón. En su vida privada muchas veces protagonizó en primera persona aquel triste comentario de Monroe: “Se acuestan con Marilyn, pero se despiertan conmigo”. El mito de la rubia tonta acabó por devorarlas a las dos a base de excesos, píldoras, alcohol, amantes demasiado famosos, relaciones peligrosas y simple mala suerte.

Jayne Mansfield y el mito de la rubia tonta

De todo esto y de muchas cosas más trata el documental Mansfield 66/67, obra de Todd Hughes y P. David Ebersole, que se estrenó en 2017 para conmemorar el cincuenta aniversario del fallecimiento de la actriz. Jayne Mansfield murió en 1967, con sólo 34 años, en un desgraciado accidente de tráfico que también segó la vida de su chófer y de su amante, el abogado Sam Brady, y en el que se salvaron milagrosamente sus tres hijos, que viajaban en el asiento trasero. La multitud de chismes, rumores y exageraciones que acompañaron la vida de la estrella culminaron en ese trágico punto final desde el que empezaron a circular las habladurías sobre que fue decapitada en el choque y de que el accidente fue causado por una maldición que le echó a Sam Brady el célebre satanista y Papa negro de Hollywood, Anton LaVey. El documental cuenta con invitados de lujo, como el director John Waters, que confiesa sin tapujos su admiración por Mansfield y la considera uno de los pilares fundamentales del camp. Waters quita hierro a muchos de los sambenitos, escándalos y maleficios arrojados sobre su persona, subrayando el ingenio de una mujer que siempre supo reírse de sí misma y que tenía como marca de fábrica, aparte del físico exuberante, una encantadora vocecilla y una risita seductora terminada en un hipido que anticipa a Chiquito de la Calzada.

Fuera de la pantalla, Mansfield protagonizó una revolución sexual en la que la mujer tomaba el mando de su cuerpo y de sus deseos, saltando de aventura en aventura y de amante en amante con una libertad que por aquel entonces sólo estaba reservada al macho de la especie. Normal que los mojigatos la tachasen de ninfómana, aunque una vez declaró que el hombre es el único animal que tiene dos patas y ocho manos. Nadie podía creer que una criatura tan seductora fuese al mismo tiempo tan divertida e inteligente, quizá porque nada resulta más perturbador para el ego masculino que una mujer hermosa con cerebro. Quizá por eso la mejor estrategia para Monroe y Mansfield consistió en hacerse pasar por tontas, una cantándole cumpleaños feliz a un presidente rijoso y otra fotografiándose entre candelabros y símbolos ocultistas junto al fundador de la iglesia de Satán. Lo más triste de todo es que Mansfield llevó su empeño por sustituir a Monroe en el pedestal de rubia de América hasta sus últimas consecuencias, a otro final made in Hollywood con una vida cortada en plena juventud y un automóvil destrozado en una cuneta.

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