Escolios desde la peste /I

imagen pluma firmas

FERNANDO SOLANA OLIVARES

¿Cuándo comienzan las cosas? Mucho antes de que sus más sensibles efectos se perciban. El llanto de Nietzsche en la Plaza de Turín ante los feroces azotes del cochero a un viejo jamelgo postrado y su abrazo al cuello del animal, fueron consecuencia de aquella su amonestación sobre el nihilismo, “el más siniestro de todos los huéspedes”, arraigado en la cultura occidental para no dejarla más. Igual que su admirado Spinoza, quien pensando en el futuro mientras contemplaba las aguas de un manso canal en Ámsterdam supo que todo conocer comprendía un acto de risa, un acto de duelo y un acto de maldición. Ya todo está, pero no todo aparece, quiso decir Montherlant hace años llevando razón.

Hoy no, porque todo –así sea en germen– por fin apareció. Lo que ha ocurrido durante este annus horribilis (año bisiesto, año siniestro, afirma el dicho ancestral) puede englobarse en la expresión evangélica que habla de los “signos de los tiempos”, las señales precursoras del fin de un mundo o de una era. La visión de la filosofía perenne considera que este final significa la conclusión de un Manvantara completo, un largo ciclo de varios miles de años manifestado en cuatro edades de la humanidad. No se trata del epílogo del propio mundo terrestre, porque en su perspectiva trascendente el fin mismo supone el comienzo de una nueva ciclicidad.

Pero sí representa, con todo rigor, el final de una ilusión. 

Aquí es donde debe situarse ese amargo brebaje

del auto reconocimiento: pykros, como lo llama la alquimia. ¿Cuáles son las ilusiones que han llegado a su fin? ¿Cuál es el sistema mundo que ya terminó? ¿Cuántas y cómo aquellas certezas esfumadas? La novela, un antídoto contra el olvido del ser surgido al comienzo de la edad moderna, aceptó la sabiduría de la incertidumbre como único conocimiento suficiente para lograr deslizarse sobre las resbalosas e inestables superficies de lo real.

https://www.milenio.com/opinion/

Deja un comentario