Era peor: había guerra y epidemia al mismo tiempo

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ROMÁN REVUELTAS RETES

Los intereses superiores de las naciones se invocan cada vez que los Estados necesitan pisotear la soberanía de los individuos. Digamos que naciste en el Viejo Continente en la década del cuarenta del siglo pasado, que acabas de cumplir 18 años y que, sin que te sea consultado tu parecer, te recluten forzosamente las fuerzas armadas de tu país para que vayas, cumplido un apresurado entrenamiento, a jugarte el pellejo en el frente de guerra. Te toca a lo mejor el desembarco de Normandía —a ti, que aspirabas simplemente a ser pastelero o que querías cursar la carrera de Arquitectura o que soñabas con quedarte para siempre en el terruño a cuidar las ovejas de tu padre— y el asunto, ahora, es descender de las barcazas que se han acercado a la costa para alcanzar la playa bajo la lluvia de proyectiles que disparan los artilleros nazis desde sus fortificaciones. Vaya asunto, que te vuelen un brazo o que la metralla te reviente las vísceras o que las esquirlas de una granada te desbaraten los ojos mientras avanzas trabajosamente, con el pesado equipo a cuestas, hacia el punto de donde sale el fuego enemigo. Al final, si es que vas a pasar el resto de tus días en una silla de ruedas o si, con mayor fortuna, lograste no sólo sobrevivir sino descerrajarle unos fogonazos a unos infelices que huían ya de sus casetas al verse acorralados, te otorgarán una medalla y tus servicios a la patria serán agradecidos por tus superiores jerárquicos en alguna ceremonia solemnísima. Te dirán, justamente, que eres el valeroso defensor de un país que necesitó de tu heroico sacrificio, junto con el de otros millones, para asegurar su supervivencia, por más que no hayas acudido voluntariamente al alistamiento y que la guerra te haya parecido desde siempre lo que es, a saber, un espanto aberrante.

Y todo esto, ¿por qué? Ah, pues porque se apareció un tal Hitler en el escenario, dispuesto, como todos los grandes asesinos de la historia, a sacrificar despreocupadamente vidas ajenas para consumar un personalísimo designio. Ése es el tema de siempre, señoras y señores, el arribo de individuos siniestros que, por alguna extraña razón, logran imponer sus fueros a los demás y construir un universo de terror a su alrededor.

Nos quejamos ahora de las adversidades que nos caen encima y le damos a la pandemia la dimensión de un auténtico cataclismo universal. Pero, antes de las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial, la gripe de 1918 ya había matado a 50 millones de seres humanos (o 100, según otras estimaciones). Imaginen ustedes el paisaje de nuestro país en aquellos años, devastado por una guerra civil y diezmado por una pavorosa epidemia.

Ah, y en cuanto a los atropellos, los supremos Gobiernos no nos están mandando a morir en el campo de batalla. Nos piden nada más portar un tapabocas y no hacer fiestas. Pues eso. 
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