Vacunas para tontos

El coronavirus no sabe con quién se juega los cuartos. Se pensaba el muy insidioso que iba a acabar con nuestro modo de vida y todavía no entiende que preferimos sacrificar la vida al modo, es decir, que si hay que seguir llenando a tope trenes, autobuses, aviones, bares, hoteles, cenas familiares, hospitales y cementerios, pues se llenan a tope y aquí no ha pasado nada. No hay más que ver esas escenas dantescas del aeropuerto de Shanghái, en las que un trabajador dio positivo en un test y de inmediato se formó un sálvase quién pueda digno de una película zombi, con gritos de pánico y muchedumbres en fuga. Parecía la entrada al Bernabéu una hora antes de la final de la copa de Europa: había unas quinientas doce personas por metro cuadrado -todas con mascarilla, eso sí-, corriendo y chillando, un ejemplo perfecto de lo bien que está controlando China la pandemia.

En España no nos quedamos atrás a la hora de implantar medidas novedosas. Una de las principales lecciones que hemos aprendido este año es que el ser humano, muy especialmente el español, se acostumbra a todo. Las tandas de aplausos y las canciones a todo volumen a las ocho de la tarde pusieron a prueba nuestro oído mientras que las manifestaciones de maripijas y cayetanos pusieron a prueba nuestra paciencia. También descubrimos que la gran ventaja de tener dos gobiernos, uno nacional y otro autonómico, es que nuestros ancianos pueden morirse en las residencias como perros abandonados en la perrera sin que ninguno de los dos gobiernos diera su brazo a torcer sobre a cuál de los dos les tocaba salvarlos. Por otra parte, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, ha dado una lección al mundo demostrando que la mejor forma de detener los contagios es construyendo en un tiempo récord un hospital enorme y completamente superfluo por casi el doble de su presupuesto inicial, y, en vez de personal sanitario, contratar curas y toreros.

Mientras el debate médico se centraba en la discusión de si la enfermedad se transmite más por gotas o por aerosoles, mentes preclaras como las de José Manuel Soto, Belén Esteban y Pablo Motos ponían en jaque a la comunidad científica mediante audaces tratamientos a base de alcachofas o la hipótesis de que al coronavirus se lo lleva el viento. Fue entonces cuando Miguel Bosé reunió a las huestes del negacionismo asegurando que las vacunas en desarrollo eran un medio para implantar microchips en la sangre y tenernos a todos controlados. Bosé asegura que el coronavirus en realidad no existe: son los padres. O tal vez los Reyes Magos. Es muy posible que las vacunas anunciadas por diversas farmacéuticas lleguen demasiado tarde para salvarnos de los cantantes, no digamos ya de los cantamañanas.

En julio y agostro se trataba de salvar el turismo de manera que la temporada veraniega no se resintiera demasiado y que el número de víctimas por el covid compensara la tasa de turistas británicos estrellados desde los balcones de los hoteles. Las cuentas cuadraron sin mayores problemas. Ahora se trata de salvar la navidad, mejor dicho, las compras masivas de regalos y los desplazamientos anuales de parientes, las borracheras y las indigestiones, al menos lo suficiente como para que podamos celebrar otra. Alguien debería inventar una vacuna contra la tontería o al menos un matasuegras con mascarilla.

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