¿Millones volvieron a votar por eso?

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ROMÁN REVUELTAS RETES

Lo sorprendente del resultado electoral en Estados Unidos es que no tuvo lugar la oleada de rechazo a Donald Trump que anticipaban las encuestas. Son cada vez menos confiables, es cierto, pero complementaban el escenario esperado también por quienes nunca hemos digerido el advenimiento de parecido personaje.

La condición de los votantes —su naturaleza interior, los rasgos de su personalidad, sus valores morales, su visión de las cosas y su mera apreciación de la realidad— sigue siendo entonces un verdadero misterio. ¿Por qué? Porque a millones de esos ciudadanos parece no importarles que el presidente de una nación incuestionablemente democrática haya instaurado un paradigma de mentiras, zafiedades, ofensas y violencias verbales que amenaza, justamente, con derribar el entramado institucional que les garantiza, a ellos mismos, el ejercicio de derechos y el disfrute de beneficios directísimos.

No nos esperábamos, en estos tiempos de modernidad, que llegara el momento de tener que constatar la fragilidad de la propia democracia. Creíamos que ciertos valores entendidos eran de una evidente universalidad y que el discurso demagógico —por más sagazmente que fuera formulado y por más oscura que fuere su intencionalidad— no podía desafiar las verdades de la ciencia ni contradecir los datos duros ni refutar los principios de la legalidad vigente.

Pues no, miren ustedes: desde las alturas mismas del poder se escuchan, sin mayores ambages, las voces de la irracionalidad. La verdad ha dejado de contar y la decencia no es tampoco una cualidad digna de ser cultivada ante los demás. Lo que se lleva es la insolencia y un abierto desprecio por los que piensan diferente. No solo eso: se propala el divisionismo como receta indisoluble de un modelo que categoriza a los ciudadanos como enemigos y que los conduce, en ese papel alevosamente asignado, a expresar diferencias irreconciliables y a adoptar posturas extremas. Se pierden así amistades de años y se dañan los vínculos familiares. Se polarizan las opiniones y se extravía la tolerancia, esa gran conquista de las sociedades civilizadas.

Todo esto es muy extraño porque las bondades del orden que pretenden instaurar los demagogos populistas no se ven por ningún lado: en vez de habitar una casa común ocupamos un amenazante espacio poblado de adversarios; en lugar de saborear la apacible cotidianidad ofrecida por un gobernante tranquilo le abrimos la puerta a la envenenada atmósfera procurada por el caudillo furioso; dejamos de ser parte de una comunidad fraterna y nos volvemos simples miembros de una facción; no nos reconocemos ya en los otros sino que los rechazamos como extraños; y, lo peor, no emprendemos ya, hombro con hombro, un proyecto colectivo para edificar un futuro mejor.

¿Se vota por eso? ¿Se le sueltan las riendas a alguien para eso? 

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