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A la izquierda, el presidente de la RASD (República Árabe Saharaui Democrática) Brahim Ghali en compañía de otros mandos militares.

Hablar de tambores de guerra en el Sáhara Occidental sería tan impreciso como alabar la labor del a MINURSO (Misión de la ONU para el Referéndum en el Sáhara Occidental) durante estas pasadas décadas, como de hecho hace el cada vez más pusilánime gobierno español. Ya se ha declarado el estado de guerra, ya se están produciendo bombardeos y disparos, ya se moviliza el ejército saharaui y ese joven que el verano de 2019 estaba con una familia española de acogida con el programa de Vacaciones en Paz, hoy tiene un fúsil en sus manos y está dispuesto a dar su vida para alcanzar la justicia que España, la ONU y el resto de Comunidad Internacional le vienen negando durante 45 años. “Todo por la patria o el martirio”, se escucha entre el pueblo saharaui.

Bien es cierto que el viernes me sentí profundamente decepcionado cuando vi desde primera hora del día hablar abiertamente del “estallido de guerra” a personas muy afines al pueblo saharaui, antes de que se confirmaran las noticias que llegaban de manera confusa, antes de poder verificar las imágenes, antes de que siquiera el Frente Polisario se hubiera manifestado al respecto. Me pareció una imprudencia intolerable, echar gasolina a la pira… me enfadé, porque bien es cierto que la ruptura del alto el fuego por parte de Marruecos era más que evidente -desde el pasado miércoles, la embajadora del reino alauita en España, Karima Benyaich, tiene encima de su mesa mis preguntas, habiendo sido incapaz de darles respuesta hasta el momento-, pero eso es muy distinto a hablar de guerra con la rotundidad que lo hicieron algunas personas. El hecho de que el devenir de los acontecimientos haya confirmado esa narrativa temeraria -bien intencionada en todo caso- no la hace menos criticable desde mi punto de vista.

Ahora nos encontramos con una situación que viene a confirmar la ineficacia de la MINURSO, algo por otro lado que llevamos denunciado desde hace años. Su labor siempre fue más cosmética que efectiva, tanto con los fondos de ayuda humanitaria que destinan gobiernos como el español en lugar de preocuparse realmente por la resolución del conflicto en un territorio no descolonizado del que, no lo olvidemos, España continúa siendo la potencia administradora a ojos del Derecho Internacional.

El estallido de la guerra no sólo evidencia el fracaso de la MINURSO, sino la culminación de cerca medio siglo de oportunidades perdidas, las mismas que los diferentes gobiernos españoles han dejado escapar por el sumidero de su pila de intereses con Marruecos. Jamás se podrá reprochar al pueblo saharaui haber sido impaciente: 45 años de desprecio y ninguneo por parte de la Comunidad Internacional son demasiados.

El comunicado de nuestro ministerio de Asuntos Exteriores, en el que indica que “el gobierno de España apoya los esfuerzos del Secretario General de Naciones Unidas para garantizar el respeto del alto el fuego en el Sáhara Occidental acordado y supervisado por MINURSO”, le revuelve las entrañas a cualquiera que conozca mínimamente la sucesión de acontecimientos. Un desprecio más, la venta de los Derechos Humanos por un puñado de dirhams.

Haber dejado a la ONU la tutela de las negociaciones del referéndum de autodeterminación, que ya tenía unas bases perfectamente definifidas y que Marruecos nunca ha respetado, ha sido un error. Hacía falta cometerlo, quizás no de manera tan prolongada, pero era imprescindible para que nadie pueda dudar ahora ni un ápice de la legitimidad de esta guerra. 

Con todo, es preciso pararla. Que vuelva a correr la sangre de nuevo por la arena del Sáhara Occidental no es en absoluto lo deseable. España, la ONU y el resto de los actores implicados, desde Francia a EEUU, tienen una nueva oportunidad, después de 45 años perdidos, de enderezar el curso de la Historia, de evitar un baño de sangre y responder como merece la enésima provocación de Mohamed VI, que mientras todas las miradas se fijan en el sur,  está reprimiendo con una violencia atroz a la población saharaui en El Aaiún ocupado.

Todos los que nos sentimos hermanos y hermanas del pueblo saharaui estamos con él, agradeciendo todas las muestras de apoyo, coberturas de gran impacto como las de The New York Times, pero sin olvidar especialmente a quienes no les hace falta sangre para prestar atención a una injusticia que dura 45 años. Ojalá ésta no sea otra oportunidad perdida y al fin se ponga a Marruecos en su sitio, saliendo de su chilaba y haciendo cumplir de una vez por todas el Derecho Internacional sin que para ello sean necesarias más muertes.

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