Lecciones de una bailarina “rota”

El vídeo viral de la bailarina con alzhéimer que revive los pasos de “El Lago de los Cisnes” nos ha emocionado a todos, pero ¿qué nos dice sobre lo que recordamos y lo que somos? Estas son algunas de las cosas que sabemos sobre música y recuerdos

ANTONIO MARTÍNEZ RON

 

En el año 2019, Pepe Olmedo, psicólogo y fundador de la asociación Música para Despertar, puso la música de “El Lago de los Cisnes” de Tchaikovsky a una de sus pacientes con alzhéimer. En el vídeo, que se ha hecho viral estos días, la anciana parece revivir la emoción de los tiempos en que dirigió un grupo de ballet en Nueva York y repite algunos de los pasos de la coreografía. Aunque Marta C. González Saldaña (conocida artísticamente como Marta Cinta y fallecida recientemente) tiene un gran deterioro cognitivo por la enfermedad, la música parece despertar sus recuerdos más profundos, como si estuviera grabada a fuego en otros circuitos diferentes a los que ha dañado el alzhéimer.

Las personas que trabajan en su día a día con pacientes con demencias avanzadas están acostumbradas a este tipo de reacciones. Ancianos que han perdido la capacidad de recordar a sus seres queridos, o que han olvidado incluso su propia identidad, pero reconocen una música y se emocionan de nuevo al escucharla. En los últimos años se han acumulado las evidencias científicas de que la memoria musical puede permanecer más tiempo intacta en este tipo de enfermos. También se cree que la música puede conectar con nuestros recuerdos a través de unas redes neuronales diferentes de las que destruye la enfermedad de Alzheimer, como son los hipocampos y los lóbulos temporales donde se encuentran, pero los mecanismos por los que funciona siguen siendo hasta cierto punto una incógnita.

Escenas del vídeo de Marta Cinta, en el que recuerda la música de 'El lago de los cisnes'

Escenas del vídeo de Marta Cinta, en el que recuerda la música de ‘El lago de los cisnes’ Música para despertar

El investigador de la Universidad Politécnica de Madrid (UPM) Bryan Strange lidera el proyecto europeo ‘RememberEx’ que estudia precisamente esta capacidad selectiva de la memoria. Su interés por este fenómeno se disparó hace unos años cuando, durante un concierto de Navidad que se ofreció a pacientes de alzhéimer en la Fundación Reina Sofía, en Madrid, donde coordina el área de Neuroimagen, contempló con asombro cómo muchos de ellos se pusieron a cantar un villancico y que lo hacían con fluidez, a pesar de que algunos estaban tan mal que no podían casi expresarse. “Se pusieron a cantar “Los peces en el río” y me quedé noqueado”, recuerda.

“Los pacientes de alzhéimer se pusieron a cantar “Los peces en el río” y me quedé noqueado”, recuerda

Él y su equipo llevan más de un año trabajando en una serie de pruebas con los pacientes para conocer mejor cómo se produce este fenómeno. Para ello han combinado los datos de la resonancias cerebrales que se les hacen rutinariamente con una serie de test específicos para ver cómo estaba la memoria musical de cada uno. Durante los test les ponían una canción reconocible, pero sin letra, y comprobaban cuántos de los enfermos reaccionaban a la música y eran capaz de tararear o cantar la canción. “Hemos mirado en una muestra quiénes tienen mejor memoria musical y hemos comprobado a la vez qué estructuras cerebrales conservan más intactas”, explica Strange a Vozpópuli. “Se trata de personas en estado muy avanzado de alzhéimer y, si comparas esta prueba de memoria musical con una prueba psicológica normal, hay unas diferencias asombrosas”. Los resultados preliminares, a falta de pasar por todo el proceso de revisión y publicación, apuntan a que aquellas personas que reaccionan y reconocen la música tienen mejor conservadas las estructuras que tienen que ver con el movimiento y la coordinación, zonas que implican también a áreas subcorticales como el cerebelo, así como algunas regiones de la corteza.

Una rutina interiorizada

Viendo el vídeo de la bailarina Marta Cinta, y teniendo en cuenta las limitaciones de lo que se puede inferir a partir de unas imágenes, el doctor Strange reconoce una rutina motora muy interiorizada, que sería coherente con la conservación de zonas del cerebro relacionadas con la coordinación y el movimiento. “La bailarina reproduce una rutina no solo de movimientos individuales, sino de una segunda de coreografía que seguramente tiene un cierto orden que corresponde al orden en el baile mismo, es decir, que recuerda la secuencia”, explica el investigador. “Tristemente, cabe la posibilidad de que la música sea capaz de activar el recuerdo de la coreografía”, asegura, “pero que la mujer lo haga sin tener consciencia de que ha sido alguna vez bailarina de ballet en Nueva York”.

“Cabe la posibilidad de que Marta Cinta baile sin tener consciencia de que ha sido alguna vez bailarina en Nueva York”

Todo esto se explica porque en el alzhéimer se daña principalmente el acceso a memorias episódicas, pero no tanto a las emotivas o de coordinación. José María Ruíz Sánchez de León, profesor de Psicología de la Universidad de Complutense de Madrid (UCM), tiene más de 15 años de experiencia clínica con este tipo de pacientes. “En el vídeo lo que vemos de forma más evidente es una memoria motora, que está almacenada en sustancias subocorticales, en los ganglios basales, y que es una conducta motora superentrenada, y en ese sentido no requiere que haya recuerdo episódico autobiográfico y también está desprovisto de emoción”, apunta. Pero esta memoria que le permite recordar los movimientos es solo una de las tres patas que necesitamos.

En un cerebro sano, toda la “orquesta” funciona a la vez, en estos pacientes falla una de las “patas”

“Las otras dos patas son la emoción, que la vemos expresada en su rostro, aunque tiene algunos síntomas de parkinsonismo y la mirada un poco perpleja, y la tercera pata es el recuerdo episódico, autobiográfico, por el que ella recuerda que bailó eso. Aunque muy probablemente, por el deterioro cognitivo aparente que muestra”, añade, “ese recuerdo no exista y no esté accesible”. En un cerebro sano eso tres elementos están sintonizados, toda la “orquesta” funciona a la vez, pero lo que vemos en estos pacientes es lo que pasa cuando se “rompe” alguna de estas tres patas.

“En general, muchos pacientes de alzhéimer pierden las memorias implícitas pero no las explícitas”, explica el neurocientífico argentino Mariano Sigman. “Sin hipocampo no puedes formar memorias explícitas, es decir, esos recuerdos no los puedes convertir en historias que contar a los otros o a ti mismo”. En 1911, recuerda, el neurólogo suizo Édouard Claparède se dio cuenta de que si escondía un alfiler entre los dedos y le daba la mano a uno de sus pacientes amnésicos, en la siguiente sesión este no recordaba nada de los sucedido, pero ya no le daba la mano. “En este sentido es muy probable que la mujer del vídeo esté reproduciendo el baile como el paciente no le daba la mano al médico”, dice Sigman. “Parece que recuerda, pero todo puede ser básicamente un reflejo”. Bryan Strange lo relaciona con otro caso famoso, el del paciente HM, que quedó con el hipocampo dañado tras una operación y a quien enseñaron a hacer una nueva tarea motora compleja (dibujar una estrella mientras miraba el papel a través de un espejo). Cuando volvían, día tras día, HM hacía el dibujo mejor (había memorizado la tarea), pero no recordaba ni al doctor ni haber practicado nunca aquella forma de dibujar.

¿El poder de la música?

El caso de la bailarina Marta Cinta nos muestra también que la memoria es más compleja de lo que nos puede parecer y no es un “todo o nada” en estos pacientes, sino que su deterioro es paulatino. Los recuerdos, ahora lo sabemos, no se almacenan en el hipocampo, sino de una forma distribuida en distintas regiones del cerebro, aunque esta estructura dañada por el alzhéimer es la que tiene la “llave” para recordar cosas que nos pasaron en nuestra vida. “Los hipocampos son el bibliotecario, que ha registrado el libro y sabe dónde lo ha dejado”, explica el profesor Ruíz Sánchez de León. Pero, por así decirlo, cuando desaparece el “bibliotecario”, ese libro sigue estando en alguna parte, y puede que lleguemos hasta él por otras vías, ya sea por la emoción o algo tan primitivo e integrado en nuestros circuitos neuronales como es la música.

“Las memorias motoras están distribuidas en muchas áreas cerebrales, y están asociadas fuertemente a información de otras modalidades, como la auditiva o la visual”, asegura la investigadora de la Universidad de Londres Beatriz Calvo Merino. “Es interesante observar la precisión de la secuencia de los movimientos, y también a delicadeza que se aprecia en la posición de las manos en distintos momentos del vídeo”, explica. “Pero aún mas fascinante es la atención a detalles que ayudan a transmitir el contenido emocional asociado a esa pieza de danza”, añade. Porque los bailarines y músicos profesionales, con los que ella ha trabajado con frecuencia, no solo adquieren la capacidad de reproducir movimientos de forma precisa durante su entrenamiento, también aprender a transmitir la emoción elegida durante la reproducción artística. “Es fascinante observar que la escucha de la pieza musical recupera ambos aprendizajes, el motor y el emocional”, subraya.

El vídeo nos coloca, en cualquier caso, ante la terrible dicotomía que los familiares de pacientes se han planteado más de una vez: o bien la música despierta momentáneamente la memoria de la bailarina, y recuerda temporalmente quién fue en un momento de vertiginosa lucidez, o bien la música activa en ella una respuesta casi automática, como un resorte, y lo que vemos es un ser humano en el que la consciencia está casi desvanecida. Cualquiera de las dos opciones es terrible.

Estamos viendo un destello de lo que una persona fue antes de que la enfermedad le arrebatara lo que era y sentía

Dado que las memorias se guardan como episodios, señala Mariano Sigman, es frecuente que se queden “pegadas” a ellas las emociones que se sintieron en el momento. “De manera que, aunque no recuerde quién fue, es muy probable que mientras “baila” esté experimentando muchas de las cosas que se guardaron durante aquel instante, puede que esa emoción o hacia dónde miraba. O quizá reviva cosas malas, como el sufrimiento y el esfuerzo”. Al escuchar la música, su cerebro recupera aquel recuerdo de la ‘biblioteca’ y tal vez ella revive una serie de emociones sin anclar, como si volviera a bailar en medio de una habitación a oscuras. Por eso, aunque nos llegue al corazón, cuando vemos el vídeo del “último baile” de Marta Cinta no estamos viendo algo bonito. Estamos viendo un destello de lo que una persona fue antes de que la enfermedad le arrebatara casi todo lo que era y lo que sentía. El último baile de una bailarina solitaria y “rota”.

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