Gambito de damaHay dos misterios, podríamos decir también dos utopías, que vertebran Gambito de dama, la teleserie de Netflix basada en la novela de Walter Tevis. El primer misterio es que una mujer gane un torneo internacional de ajedrez de máximo nivel; el segundo es que en su camino encuentre los mismos obstáculos que encontraría un hombre y prácticamente ninguno de los que encontraría una mujer. El ajedrez es, desde hace muchos años, el único deporte en donde las mujeres pueden competir en igualdad de condiciones contra sus rivales varones; de hecho, no existen torneos exclusivamente masculinos sino mixtos y femeninos: cualquier jugadora puede competir en un torneo mixto siempre y cuando acredite el nivel ELO requerido. Ahora bien, todavía no se sabe a ciencia cierta por qué las mujeres juegan peor que los hombres al deporte de las 64 casillas. Se han intentado diversas explicaciones, psicológicas, hormonales, y aunque haya factores sociológicos y educativos decisivos, sigue siendo un enigma por qué hoy en día únicamente hay una mujer, la Gran Maestro china Hou Yifan, situada entre los cien mejores jugadores del mundo.

Beth Harmon, la protagonista de Gambito de dama, nunca existió pero bien podía haber existido: si Judit Polgar (la gran jugadora húngara que llegó a clasificarse entre los diez primeros jugadores del mundo en 1996 y que derrotó al mismísimo Kasparov, a Kamski y a Anand) hubiera nacido medio siglo antes; si Bobby Fischer hubiese nacido mujer y además se hubiese comportado siempre con elegancia y corrección; y si Alexander Alekhine, el formidable campeón ruso que derrotó contra todo pronóstico al cubano José Raúl Capablanca en Buenos Aires en 1927, hubiese contado con el talento innato del cubano en la comprensión del juego. En lo que al ajedrez se refiere, Harmon parece una mezcla de los cuatro (Polgar en el sexo; Fischer en la nacionalidad, el ímpetu de su ascenso meteórico y la agresividad sobre el tablero; Capablanca en cuanto a dotes naturales y a la reticencia por la preparación teórica; Alekhine en el alcoholismo, la brillantez táctica y el estilo de juego), probablemente de varios jugadores más, pero si el personaje resulta inolvidable es gracias a los detalles de su ficticia biografía y a la magnífica interpretación de Anya Taylor-Joy.

Tevis confesó en su día que la infancia de Harmon está basada en parte en sus propias experiencias, cuando por culpa de una enfermedad reumática del corazón le administraron dosis de tranquilizantes a las que se volvió adicto. Gracias al efecto sedante de las píldoras, al tumbarse en la cama, todas las noches, la pequeña Harmon ve aparecer en el techo del dormitorio, invertidas bocabajo, las abismales posiciones del tablero. Es un ámbito que puede controlar, un mundo geométrico y estricto cuyas leyes no tienen nada que ver con el caos del mundo real al que su madre la arrojó después de suicidarse en un accidente de automóvil: el brutal sacrificio de peón en la apertura de su vida. Dentro del hospicio para huérfanos donde recala, Harmon descubrirá las maravillas del ajedrez en el sótano, bajo el magisterio del hosco y silencioso señor Shaibel, el bedel del orfanato.

La dependencia de los barbitúricos y el alcohol es uno de los pocos tópicos en que cae Beth Harmon, aunque también es verdad que la adicción, la extravagancia y la locura han sido emblemas del ajedrez incluso en las más grandes novelas escritas sobre el tema (las de Zweig, Nabokov y Arrabal). También hay grandes ajedrecistas que perdieron la razón: el genio estadounidense Paul Morphy, quien poco antes de morir paseaba por la calle disputando partidas a rivales imaginarios, o el austriaco Wilhelm Steinitz, primer campeón mundial, quien en su vejez se jactaba de haber jugado contra Dios y haberle dado jaque mate. Por culpa de diversos trastornos mentales, el polaco Akiba Rubinstein y el mexicano Carlos Torre vieron truncadas sus brillantes carreras. El nombre de Morphy aparece de refilón, cuando uno de sus amigos avisa a Harmon del peligro de obcecarse demasiado en el vértigo demencial del tablero.

No obstante, lo verdaderamente asombroso de Gambito de dama es que muestra un mundo reticulado donde el machismo no existe, donde no sólo prácticamente nadie desprecia o ridiculiza a una mujer por su talento (quienes se ríen de ella en el instituto son sus compañeras y lo hacen por su ropa y sus zapatos) sino que los rivales tanto femeninos como masculinos a los que vapulea muestran un comportamiento caballeroso y deportivo. Esto último tampoco es muy extraño en el mundo del ajedrez: el gesto de Borgov, el campeón mundial, al levantarse y aplaudir la obra maestra de Harmon, recuerda el emotivo aplauso de Boris Spassky en Reikiaviv, quien se unió a la ovación del público tras la tremenda exhibición de Fischer en la sexta partida del match por el campeonato mundial.

En realidad, por detrás de los brillos de la epopeya deportiva o del empoderamiento femenino, el centro tonal de la historia es la lucha de Beth Harmon por domeñar los demonios de su pasado y lograr acceder a una vida plena, algo que jamás consiguió el mítico Bobby Fischer después de derrotar a Spassky y poner fin a más de medio siglo de hegemonía soviética en el tablero. Cuando le preguntaron a quién temía enfrentarse en un torneo, Fischer respondió: “A nadie”. El Gran Maestro danés, Bent Larsen, dio una respuesta mucho más precisa y sincera cuando le hicieron la misma pregunta: “A Larsen”. Más allá de los rivales a quienes se enfrenta, Harmon lucha contra sí misma una interminable partida a vida o muerte, a orfandad o familia, a vodka o agua, a soledad o compañía, a pasado o futuro, una partida en que las negras y las blancas van formando en su cabeza combinaciones insondables, terribles sacrificios y metamorfosis inesperadas. Por eso Harmon avanza despacio, pero siempre hacia adelante, como un peón en busca de la octava fila; por eso la mariposa con el abrigo blanco que se pasea por un parque de Moscú y acepta una partida contra un anciano, simplemente por el placer de jugar, ya lleva una corona de dama.

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